EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La inundación de Quechultenango (II)

Silvestre Pacheco León

Septiembre 04, 2016

El desalojo por la creciente de los ríos

Con la ayuda de mis hermanos Hugo y Alma, a quienes desperté casi a gritos, logramos sacar del gallinero los tanques de gas para que no se los llevara la corriente del río crecido, que desde la ventana de la cocina se veía alcanzando el mismo nivel de la casa que está como a 10 metros de alto.
Todavía el sábado 14, ninguno de mis hermanos hablaba de salirnos de la casa, pero comenzamos a subir los muebles a lo más alto, pensando en lo peor.
Como siempre habíamos escuchado de las pláticas de los abuelos que decían que ni la creciente más grande, ocurrida hace 100 años, había inundado la casa, teníamos cierta confianza de que el nivel del agua no pasaría del gallinero, sobre todo por las construcciones que hay delante de nosotros y que sirven como protección de nuestra casa.
La Santa Cruz, a la que apenas ayer le habíamos rezado, continuaba en el altar que le pusimos en el corredor de la casa, y nadie pensó en quitarla, sobre todo cuando vimos que mi madre le pedía que detuviera la lluvia, cada vez que pasaba junto a ella.
No movimos la cruz ni cuando comenzamos a ver que el agua de la creciente comenzaba a encumbrar nuestro patio, porque entonces todos pensamos que ella sería quien protegería la casa y, al contrario de guardarla, nomás le encendimos sus velas dejándola en el mismo lugar.
Yo era la más preocupada de todos, y quizá hasta la que más sufría por el estado del tiempo. El ruido del río crecido que se escuchaba tan cerca no me dejaba dormir. Mis hermanas y hermanos decían que era por mi falta de costumbre de la vida en el campo, porque desde muy niña me fui a vivir a la ciudad.
“Será el sereno”, pensaba yo cada vez que me levantaba y me asomaba para ver si el río ya había rebasado las señas que le ponía en la oscuridad de la noche, alumbrada con mi linterna.
Por eso pude darme cuenta, primero que todos, de que el río seguía creciendo y que cada vez aumentaba más rápido su nivel.
Como a las 4 de la mañana del día domingo, que era 15 de septiembre, les dije a mis hermanos que nos teníamos que salir de la casa para buscar refugio con mi sobrino Amauri, que vive en la colonia Insurgente, atrás de la loma.
A esa hora todo seguía a oscuras, ni las luciérnagas se veían de lo cerrado de la lluvia. Los pocos vecinos que tenemos iban y venían con sus capotes, alumbrándose con lámparas de pilas, preocupados por la creciente y pensando qué hacer.
Ya estábamos subiendo las cosas importantes a los carros, que los teníamos al pie de la casa, cuando pasó María nuestra vecina, la mujer de Toño Hernández, iba con toda su familia para el cerro, cargando unas cuantas pertenencias.
“El río ya encumbró en la casa de Cachi y se llevó la milpa de doña Cayita”, nos dijo la vecina acongojada.
Después supimos que esa noche toda la familia de María estaba durmiendo cuando llegó Cachi a despertarlos para avisarles que el río se había metido a su casa, que se salieran porque pronto iba a llegar adonde estaban.
Cuando María se asomó al patio, alumbrándose con el reflector miró que llegaba la punta de la creciente arrastrando la basura.
Se salieron corriendo siguiendo a Cachi y a doña Cayita que ya habían decidido subirse al cerro para alojarse en la casa de otros familiares.
Apenas estaba amaneciendo cuando ya íbamos subiendo el cerro para llegar a la casa de Amauri, en la colonia Insurgentes.
Era el 15 de septiembre cuando vimos desde la loma el espectáculo de Quechultenango inundado. Sólo los techos de las casas y la copa de los árboles, y la iglesia con sus torres sobresalían en aquella inmensidad de agua sucia.
Era tanto el caudal y la fuerza de los dos ríos que se juntan a la entrada del pueblo, que frente a nuestra casa, además de rebasar el puente abrió camino por los dos lados y enderezó por la casa de mi tío Nicolás que estaba protegida por un muro natural de barro macizo como de 10 metros de alto.
La creciente se llevó todo lo que teníamos en el estacionamiento, empezando por la cerca de malla ciclónica, el portón y dos decenas de árboles frutales adultos, limones, aguacates, mameyes, naranjos, ciruelos y un roble blanco que empezaba a florear.
Después supimos que en el pueblo, desde la tarde del sábado comenzaron a desalojar las casas del barrio de Manila.
Mi primo Isidro, que vive a dos cuadras del río Huacapa le llamó al cuñado de mi hermano Hugo para que le prestara su camioneta y pudieran sacar sus cosas de valor, porque el agua ya se había metido a su casa.
Algunas calles, las más bajas, como la Hidalgo, donde viven Arturo Olivares y los Zavala, junto con la principal que llega al jardín, se veían como ríos cruzando el pueblo por la cantidad y la fuerza del agua que llevaban.
Mi prima Albina, que vive en la última manzana, cerca del río, en la calle 16 de septiembre, llegó corriendo con su marido y una de sus hijas desde la casa de mi tío Copio, porque le dijeron que ya el agua se estaba metiendo al patio.
Dice que, cuando llegaron a su casa ya el patio estaba inundado y los dos marranos de engorda que tenían casi se estaban ahogando, que los soltaron rápido para ver si se salvaban, pero después ya no supieron nada de ellos.
Mi prima sufrió un disgusto grande porque su marido no quiso dejar la casa, quería salvar su caballo que también estaba en el patio y no podía hacerlo pasar por la sala para salir a la calle que era la única manera de sacarlo. Dice que se resbalaban sus pezuñas en el piso de cemento y que estaba muy asustado.
Al último, mi prima dejó al marido cuando su hija la urgió a que se fueran porque el agua seguía subiendo de nivel.
?Si mi papá no quiere irse, nosotros no nos vamos a quedar con él, déjalo si quiere quedarse, ?dice mi prima que le dijo, mientras se regresaban a la casa de sus papás en el centro del pueblo, donde tampoco ninguno de la familia se quiso salir a los albergues, y todos se refugiaron en la planta alta de la casa de mi primo Jesús.
Después a mi prima Albina se le quitó la congoja, porque le avisaron que su marido había podido sacar al caballo y que se lo había llevado al barrio de la Grupera, hasta el cerro del camposanto.