Anituy Rebolledo Ayerdi
Junio 04, 2026
El jefe Morelos
La toma del Fuerte de San Diego era para entonces una obsesión del cura revolucionario José María Morelos y Pavón. Recordaba que en alguna ocasión ya había estado ante sus puerta pero nunca podrá tomarlo. Vendrá luego un represión feroz que lo hará llegar rápidamente a su reducto.
–¡Necesitamos artillería urgentemente!, urgirá entonces el Jefe Chemita, convencido de que jamás podrán tomar la fortaleza mientras sus defensores dispongan de un aljibe interior y reciban sin contratiempos vituallas y parque de la isla de La Roqueta.
–¡Capturemos, entonces, La Roqueta!, propone el teniente coronel Pedro de Iturrigaray, poniendo en manos del comandante Morelos un plan para la toma de la isla.
La propuesta no es original y ya se ha intentado anteriormente aunque siempre derrotada por la enorme fuerza militar de que disponía la isla: Una compañía completa de infantes de Marina, tres cañones pequeños, dos lanchas, 14 canoas y la goleta Guadalupe, de la Armada.
Pablo Galeana
Morelos nombrará en aquél momento al frente de tan delicada misión a uno de los suyos, el coronel Pablo Galeana, un soldado treinteño a quien ha adoptado como a un hijo y cuyo valor adjudica a un linaje espartano.
Desde la playa de Caleta, utilizando la única canoa disponible, Galeana transporta soldados y armamento a La Roqueta y lo hace no obstante a lo severo de la tormenta. Dadas la dimensiones de la embarcación, el mayor número combatientes nadan desnudos junto a ella. Harán cuatro viajes subrepticios entre las 11 de la noche del 8 de junio y la madrugada del 9, logrando reunir una fuerza de 80 hombres del Batallón de Guadalupe. Oculto entre las piedras de la playa, don Hermenegildo Galeana ha seguido preocupado las acciones de su sobrino, Pablo.
La sorpresa frente a tanta audacia paraliza a los realistas. No obstante, opondrán una resistencia feroz aunque muy pronto doblegada por el valiente empuje insurgente. El botín de guerra –tres cañones, 50 fusiles, mucho parque, vituallas y material sanitario– será transportado al puerto a bordo de la capturada goleta Guadalupe, recién llegada de Guayaquil. Los prisioneros serán llevados a los cerros de El Grifo y San Martín, suceso que, según algunos historiadores, dará nombre a la Ensenada de los Presos.
Pablo Galeana, pierde a su señor padre, el coronel Juan Antonio Galeana y a su hermano, el oficial Luis Galeana, ambos durante el sitio de Cuautla. Él será entonces el púnico sobrevivientes de la valiente familia insurgente originaria de Tecpan (hoy de Galeana). Regresará a trabajar a la hacienda denominada El Zanjón (hoy, San Jerónimo de Juárez), propiedad de su primo José María del Pilar Galeana. Vivirá lo suficiente para enterarse de las traiciones sucesiva a los ideales del cura Morelos, su padre adoptivo.
El Grifo
Apenas asume el cargo de virrey de la Nueva España, en sustitución del popular Luis de Velasco, hijo, el arzobispo de la Ciudad de México , fray Francisco García Guerra (1608-1612), manifiesta su preocupación por las noticias procedentes de Acapulco. Están relacionadas con la alarmante proliferación del mal de lepra en la región, un mal histórico cuya propagación se relaciona con los orientales y entre estos la prostitutas o hetairas. Dispone por ello mayores controles para viajeros orientales, además de instalar una leprosería en La Roqueta, conocida entonces como isla de El Grifo.
La operación del isleño lazareto estará a cargo exclusivamente de indígenas mexicanos, atendiendo ello a una rara recomendación médica universal que eximía a los nativos de este país de contraer la lepra. Extraño e increíble diagnóstico que liberaba del mal bíblico a varias razas, pero agresiva particularmente para otras. La realidad lo desmentirá.
Los chinos
Cualquier contacto con la isla de Los Chinos, como se le bautizará cuando sea muy elevada su ocupación de orientales enfermos de lepra, será evitada por el comercio formal e incluso por los piratas. Estos no se expondrán a los cañones del Fuerte de San Diego, sino que esperarán a las naves en la Ruta de Asia. Isla de San Josef, será otro de los nombres dados a La Roqueta, ello por su fama continental de poseer enterrados los más ricos tesoros marinos.
El mal de San Lázaro
Cuando esté aún muy lejana la cura de la lepra y se mantenga el aislamiento como su mejor profilaxis, científicos mexicanos sorprenden al mundo con un estudio sobre la endemia. Los doctores Rafael Lucio e Ignacio Alvarado presentan ante Academia Nacional de Medicina el Opúsculo sobre el mal de San Lázaro o Elefantiasis de los griegos. Documento elaborado con base en las experiencias recogidas en el Lazareto de Xochimilco, Distrito Federal, mismo que describe por primera vez una variedad de la enfermedad conocida como Leprae difusa tipo Lucio. Sin duda, la aportación mexicana más importante a la leprología universal.
Dr. Antonio Butrón Díaz
En Acapulco, el doctor Antonio Butrón Díaz, estudioso de los trabajos de su colega Lucio, invertirá recursos propios equivalentes a cuatro mil pesos para levantar un nuevo lazareto en la isla llamada, finalmente, La Roqueta. Consistirá en una casona de adobe levantado en la cumbre de la montaña, rodeada por amplios corredores además de contar con servicio de cocina, comedor y sanitarios. Los enfermos descansarán en catres de lona cubiertos todos con pabellones y contarán con agua procedente de una fuente natural
Las instalaciones serán inauguradas por el alcalde Antonio Pintos Sierra, en 1886, con el compromiso de apoyar al prodigioso centro hospitalario.
Crudelísimo relato
El cronista José Liquidano Tabares visitó leprosario de La Roqueta y con unas cuántas palabras describe su horror:
“Cubiertos de llagas sangrantes y pestilentes a unos enfermos se les desprendían en pedazos las carnes de sus mejilla. Se les desprendían las puntas de la nariz, además de los dedos de manos y pies. Sin duda la peor enfermedad de la Tierra”.
La Revolución
Un cuarto de siglo más tarde, Acapulco es disputado por los revolucionarios El caos se apodera de la ciudad provocando la huida de buena parte de la población y entre otros los encargados de la leprosería, imitados desde luego por los leprosos que tomarán las de Villadiego. Será este el fin de la leprosería de La Roqueta y con ella las de todas sus similares en el país.
El médico Antonio Butrón Díaz, mitad gallego- mitad cubano (¡y acapulqueño, coño!) fue un personaje idolatrado por los porteños en respuesta a su entrega profesional, generosidad y filantropía. Será presidente municipal de Acapulco hasta en tres ocasiones y en la primera de ellas construirá un hospital en el cerro de Las Iguanas, conocido por años como Hospital Civil Morelos.
Ocupando por tercera ocasión la alcaldía de Acapulco, la última del siglo XIX, a don Antonio Butrón le preocupa mucho la zozobra y la angustia de la población frente al vaticinio universal de que la Tierra estallaría en el primer minuto de 1900. Para amainar el fatalismo ante tan dramática amenaza, el presidente municipal organiza un nutrido programa de festejos, desde un desfile por las calles de la ciudad, encabezado por él mismo, hasta una gran baile en La Quebrada, con la concurrencia de centenares de parejas. Le llamará mucho la atención que ninguna dama o caballero luciera en el cuello las joyas características, sólo escapularios.
Llegada la noche fatal, nadie se dará por vencido. Toda la ciudad se convierte en un pandemonio de locura cuando cada uno de sus habitantes golpea desesperadamente algún objeto sonoro, botes, latas, bacinicas, cacerolas y toda clase de cachapes (práctica aprendida a lo largo de los eclipses de Luna y de Sol)
Cuando el reloj de palacio municipal suene sus doce campanas y la tierra siga girando vendrá la redención y entonces la celebración cobrará nuevos bríos y nuevas apetencias. Y un advertencia futura:
–¡Ahora que se cuiden los acapulqueños del año 2000!
El faro
La modernidad impulsada por don Porfirio alcanzará todas las áreas de la administración pública. Apenas asume en 1905 la secretaría de Guerra y Marina don Manuel González de Cosío emprende la construcción de faros en los sitios costeros donde sean necesarios. Acapulco, entre ellos.
Aquí se consulta con el alcalde Nicolás Uruñuela y él lo hace a su vez con gente versada en la materia. Se recomienda la isla de La Roqueta como el lugar perfecto para instalar la atalaya luminosa. A nadie extrañará que el contratista de la obra sea al propio gobernador de Guerrero, el ingeniero Damián Flores. El mismo lo encenderá con la representación presidencial, en 1810. Al hacerlo, establece un parangón entre las fogatas de leña encendidas en la playa de Hornos para guiar el Galeón de Manila y el aceite del faro. Este sucumbirá en 1912, durante el devastador ciclón en octubre de ese mismo año y reconstruido por el alcalde Manuel Muñúzuri.