EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La junta de la cera

Silvestre Pacheco León

Julio 14, 2025

La fiesta patronal en Quechultenango poco ha cambiado con el paso de los años, lo esencial se sigue conservando, a pesar de la influencia externa que presiona sobre las tradiciones religiosas.
Cuando en 1972 participé en la danza de las Cueras, sólo la gente de “antes” mantenía vivas las tradiciones. Los jóvenes habían dejado a un lado las creencias de sus padres “porque sí” pero no había nadie que analizara la razón de lo que ocurría. Los curas católicos abonaban negativamente el acercamiento de los fieles a la iglesia porque las misas se convertían en regaño cada domingo. Como que todo envejecía a los ojos de los jóvenes estudiantes preparados para buscar otros horizontes, pues no hacía muchos años, en 1960 se había producido una revolución social y cultural que pocos apreciaron, pero el hecho es que en ella perdió presencia la Iglesia y ganó el libre pensamiento, porque se removieron todas las estructuras caciquiles y la gente se liberó de su dominio mirando con nitidez la intrincada red de intereses y complicidades que los sometían en beneficio de unos pocos.
En unos cuantos años una revuelta, mayoritariamente de mujeres, echó a la basura de la historia el poder del subrecaudador que usaba el dinero público en beneficio privado, en alianza con el cura que negociaba con el cobro del diezmo auxiliado por la fuerza pública, mientras la directora de la escuela manipulaba a los padres de familia que nunca veían un certificado de los estudios de sus hijos.
Los tres imponían y tenían secuestrado al presidente municipal y entre todos mantenían al pueblo en el oscurantismo.
El cambio que se produjo implicó la renovación de la plantilla de profesores en la escuela primaria y la creación de la secundaria que hizo toda la diferencia.
Yo formaba parte de la tercera generación de estudiantes que, completa, salió de Quechultenango a estudiar a la ciudad, y fui el primero en regresar nada menos que a cumplir la manda religiosa de participar en la danza de las cueras para honrar al santo patrón.
Llegué de regreso a mi pueblo a los 19 años portando la influencia del movimiento estudiantil del 68, mi experiencia en el multitudinario festival de rock en Avándaro y como activista en la organización sindical Ricardo Flores Magón en la Cdmx al tiempo que estudiaba en la preparatoria 5 de la UNAM.
Por eso mi regreso fue como una vuelta al pasado, visto por ojos distintos, 4 años después de mi ausencia.
El clima lluvioso y sus noches de intensa oscuridad apenas alumbradas por una tenue luz de los focos en los postes del alumbrado público parecían detener el tiempo.
Cuando crucé el río camino a mi casa recordé los largos años, harto de mojarme los pies para pasar al pueblo rumbo a la escuela y a los mandados.
Recordé también que mis hermanos y primos habíamos desarrollado tal sensibilidad sobre el medio que con solo oír el ruido de la corriente del río podíamos identificar su tamaño, corroborándolo con la vista que nos permitía el destello de luz de los relámpagos.
Hábiles para cruzar el río crecido lo pasábamos casi corriendo y gritando para darnos valor, con la ropa envuelta sobre la cabeza y caminando en línea recta, de arriba hacia abajo, para prestar menos resistencia a la corriente.
Preferíamos esa aventura riesgosa en vez de molestar a la familia del pueblo pidiendo posada, claro que algunas veces recurríamos a la casa de mis abuelos cuando era evidente que no podíamos pasar por el río crecido. Mi abuela Aurora nos socorría con atole de maicena y un pedazo de pan.
Pero el regreso a mi pueblo tuvo una gran repercusión en lo personal y en lo social. Yo dirigía entonces un comité de quechultenanguenses radicados en México, rescatado de sus fundadores que eran todos priistas.
Así llegó el pensamiento de izquierda a mi pueblo en una temporada lluviosa como la actual en la que se pusieron de moda las tardeadas juveniles con la música de Jimi Hendrix, el rockero estadounidense muerto dos años antes. Los jóvenes de mi pueblo aprendieron el mensaje y también a bailar con la pareja suelta.
La mirada juvenil de las tradiciones religiosas cobró entonces nuevo significado para nosotros, que antes sólo veíamos repetirse año con año sin que hubiera alguien explicando su contenido.
Como danzante abracé desde entonces esa tradición, más indígena que católica, al transfigurarme con la máscara y la vestimenta puestas para bailar, frenéticamente el ritmo musical de origen antiquísimo, sin pena alguna por el escrutinio público que se desvanecía con el disfraz del danzante.
De ese modo el festejo de Santiago, convertido en guerrero capaz de vencer al ejército pagano adquirió nuevos bríos con la participación de más jóvenes, hasta que llegó el tiempo que sin proponérselo todos los danzantes eran jóvenes y aparecían uniformados, con sus pantalones de mezclilla azul, acampanados, y zapatos tenis, a cual más luciendo los modelos y marcas de moda.
Como danzante superé con creces, durante los intenso ensayos del mes, la dificultad que entraña para todos los principiantes adquirir la condición física que se necesita para aguantar la repetición del ritual de dos horas durante todo el día.
Recuerdo que cuando me entregaron el vestuario de danzante llegué muy contento a mi casa, y no sin entusiasmo preparé mi machete de estreno que por fin podría oír en su choque el sonoro y atractivo sonido anunciando las batallas.
El día más importante de mi vida como danzante llegó el 24 de julio. Muy temprano nos citaron en la mayordomía. Recuerdo que todos nos sentimos importantes por el trato casi distinguido que nos daban. Primero fue el desayuno con café y pan dulce, luego nos vestimos para encabezar la ceremonia de juntar la cera.
Todos caminando de dos en fondo con el danzante en el papel de Santiago, encabezando la fila con el final la larga cola de los macehuales con el rojo chillante de sus vestidos recibiendo el aplauso de los vecinos que salían de sus casas a festejarnos.
La ceremonia consistía en pasar casa por casa a recoger las velas que los vecinos donan para alumbrar el altar de las imágenes del santo veneradas con su luz a lo largo del año, y también los toritos de luces pirotécnicas que cuentan como manda y que se queman junto al castillo todas las noches dentro del atrio de la iglesia.
Pero llegó el medio día con el calor sofocante que me hizo crisis al sentir lo opresivo de la máscara que me impedía respirar y casi me asfixiaba, al grado de querer abandonar en el acto la manda. Por eso acudí por ayuda ante el animador de la danza más antiguo, quien me salvó del trance.
–Tómate un trago de mezcal, eso ayudará a tranquilizarte. Sentirás que te relajas y te dará bríos para bailar sin cansarte.
Y así fue. Después del generoso trago pasé todo aquel día relajado y sin cansancio caminando todo el tiempo en la “junta de la cera” colgando de un travesaño cada una de ellas, exhibiéndolas entre los vecinos, quienes viendo la cantidad que se juntó, inmediatamente saben si la fiesta valdrá la pena.
Después todos los donativos recogidos se llevaron a la mayordomía y los danzantes pudimos irnos a descansar a nuestras casas con la advertencia de no faltar al día siguiente que era el más importante en el ritual, porque se trataba de la recepción del señor obispo quien para honrar al santo patrón llegaría a Quechultenango para oficiar la misa de tres ministros con la iglesia llena.