EL-SUR

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Guerrero, México

Opinión

La libertad de elegir

Adán Ramírez Serret

Agosto 11, 2017

Margaret Atwood (Otawa, 1939), con Alice Munro, Premio Nobel de Literatura 2013, es una de las escritoras más prestigiosas de Canadá. Atwood, usualmente candidata al galardón, es extremadamente prolífica; su obra abarca más de 30 volúmenes de poesía, numerosas colecciones de cuentos y más de 15 novelas. Al igual que Munro, escribe tenazmente sobre el amor, o de manera más específica, sobre las relaciones amorosas. Pero Atwood no es ni sutil ni sugerente como Munro, sino que es contundente por no decir despiadada.
Por último el corazón, el libro más reciente en español de Margaret Atwood, es una novela sorpresiva y vibrante de la primera a la última página. Trata sobre una pareja, Charmain y Stan, que erran en un auto alrededor de un pequeño pueblo de Estados Unidos. Da la impresión, al principio, que es una novela apocalíptica: hubo una gran depresión económica que ha hecho desaparecer al Estado en una parte del país, y lo que hay ahora es un mundo rapaz en el cual prevalece la ley del más fuerte. Es por esto que la pareja vive en el automóvil: porque es lo último que tienen.
Sorprende Atwood porque a diferencia de George Orwell en 1984, Aldous Huxley en Un mundo feliz o Ray Loriga recientemente con Rendición, no necesita ir al futuro o a un tiempo ambiguo para desarrollar una distopía.
Desde nuestro tangible presente, la escritora es capaz de situarse en pleno apocalipsis y plantear entonces la posibilidad de una utopía redentora en nuestro tiempo; la cual, naturalmente, se transforma en lo contrario. Ya que cualquier intento contemporáneo de hacer el bien, de cambiar la realidad, se transforma de inmediato en un presunto engaño, en una posible obra malvada.
Dije al comienzo que Atwood escribe casi siempre sobre las relaciones amorosas, y esta novela no es la excepción. Pues mientras Charmain y Stan viven en un coche, su vida corre peligro y sus comodidades como un baño, una regadera y una cama, son sueños del pasado imposibles en el presente y sobra decir que su privacidad, su vida sexual, está expuesta a todo tipo de mirones y el espacio del que disponen para llevarla a cabo se limita al asiento trasero de la má-quina. Sin embargo, durante este sufrimiento, persiste en ellos una certeza romántica: están juntos a pesar de todo y mientras se tengan el uno a la otra, la vida sigue no sólo teniendo sentido sino pueden ser felices aunque sea por muy breves lapsos.
Hasta que un buen día ven en la televisión la posibilidad de un cambio, un anuncio capitalista de una utopía: un lugar en donde tendrán tres comidas al día, regadera, baño y una cama limpia: el en otros tiempos terreno acostumbrado de la clase media casi extinta. Obtendrán todo esto con tan sólo una condición: por cada mes que disfruten de estas comodidades, deberán pasar otro en prisión, ella en la femenil y él en la varonil, conviviendo con internos.
Una vez planteado este contraste de escenarios, Margaret Atwood se arroja de manera despiadada sobre las mentes, sobre las conciencias de la pareja; indagando el resultado del experimento.
Las percepciones de la pareja cambian de manera radical, pues mientras estaban en el auto, y la sobrevivencia era su preocupación más importante, tenían la certeza de que su elección era la adecuada: estar juntos para no morir. Ahora, que tienen la subsistencia segura y otras comodidades, y sobre todo que otros han decidido qué es lo que deben hacer, ya no están tan seguros de nada y su tensión sexual se vuelve incontrolable. En esta condición, en un mundo que se presume perfecto, comienza un nuevo vacío, una desdicha diferente, pues su corazón, de alguna forma, ha quedado al último. Han perdido, han olvidado, la libertad de elegir.

(Margaret Atwood, Por último el corazón, Barcelona, Salamandra, 2017. 412 páginas).