EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La literatura entendida como lo insular barbarizado

Federico Vite

Febrero 02, 2021

(Segunda de tres partes)

Desdiferenciadora (no reconoce géneros, ni realidad de ficción ni viceversa) y desterritorializante (tampoco reconoce marcas, fronteras, límites, interiores, ex­teriores, subsuelos, ciudades, naciones, lenguas), así define Josefina Ludmer la literatura postautónoma. Este tipo de escritura es una fábrica de realidades. Digamos, entonces, que se trata de un presente donde todo coexiste, donde las fronteras se caen y nuevamente se trazan, donde todos lo pasados pueden verse, esa es la manera de pensar el presente y, por deriva, la literatura. Estamos ante una escritura que reorganiza fronteras. Y esas fronteras son parte de un fenómeno de la imaginación pública. Repito: la literatura ya no es manifestación de identidad nacional ni territorial; es una forma de territorializacion de otras subjetividades, de otras políticas contrapuestas a las políticas e identidades nacionales.
En el libro Aquí América Latina: Una especulación (Eterna Cadencia Editora, Argentina, 2010, 215 páginas), Ludmer señala que “el último acto del drama es la desnacionalización. La voz antinacional profana la nación y después la abandona. La regla número uno de la construcción de la nación es el territorio. Y la regla final del tono antinacional es el abandono de ese territorio, la emigración. Estos personajes cambian no sólo de país y de nacionalidad, sino de nombre y en muchos casos de lengua”.
En 1990 el neoliberalismo abre las fronteras de América latina para múltiples inversiones extranjeras relacionadas con los recursos naturales. Muchos estados latinoamericanos renuncian a disponer del subsuelo, ceden el agua de los ríos; también, territorios para industrias sucias. Ergo: el estado latinoamericano cede soberanía y se desnacionaliza. Entonces los autores nacionales, me temo, se desnacionalizan también.
La literatura actual, de acuerdo con Ludmer, no es una representación de la realidad. Es la realidad en sí. Y en esa realidad el dinero se manifiesta de una manera mucho más poderosa. Lo postautónomo es un asunto cultural y el dinero, obviamente, también forma parte de la cultura, por tanto, la postautonomía está directamente relacionada con el dinero. Van de la mano lo literario y lo económico. Sí, no hay que negarlo. Un ejemplo en el que el dinero manda, por encima del autor, es justamente el de María Kodama.
Cuando el editor de Emecé, Alberto Díaz, anunció muy acongojado, como si estuviera sufriendo la muerte de un familiar, que la obra de Jorge Luis Borges pasaba a manos de Random House Mondadori por decisión de María Kodama, la postautonomía adquiere vigencia. “Estoy muy apenado por la trascendencia de la obra a nivel mundial y porque Emecé fue la editorial que publicó sus libros en vida”, dijo. Refirió los tres tomos de las obras completas, revisadas y corregidas por el mismo Borges; también habló de un cuarto tomo con textos sueltos –que no se publicó en Emecé–, y los tres tomos de los textos recobrados que abarcan desde 1928 hasta 1955. Los siete tomos del paquete Borges fueron vendidos por razones estrictamente económicas. Random House ofreció más de 2 millones de euros, oferta que Emecé, después de varios meses de negociar, no pudo igualar.
Otro caso sobresaliente es el de Roberto Bolaño. En noviembre de 2016, trece años después de la muerte del escritor chileno, se presentó en la Feria de Libro de Guadalajara El espíritu de la ciencia ficción. La viuda de Bolaño, Carolina López, fue quien llevó la batuta.
Bolaño dejó bastante material inédito: cuentos, novelas y poemas. Y los derechos de la obra del escritor también se volvieron tema de disputa. Carolina López decidió que Alfaguara publicara la totalidad de la obra de su esposo. Rechazó a la editorial Anagrama, empresa que publicó gran parte de la obra de Bolaño cuando el autor estaba vivo. En el fuego cruzado de declaraciones entre el editor Jorge Herralde, de Anagrama, e Ignacio Echevarría, crítico literario y amigo de Bolaño, Carolina López aclaró en el periódico El País que dio los derechos de la obra de su esposo a Alfaguara por “razones profesionales”.
Herralde afirmó en una entrevista concedida al periódico La Vanguardia que la suma que el grupo Penguin Random House ofreció a la viuda de Bolaño ascendía los 500 mil euros. Obviamente Anagrama no igualó la proposición monetaria.
Más que la producción de literatura, el dinero se convierte en una meta, no sólo a raíz de estos dos casos sino por el fin último de la obra de autores contemporáneos que a la par de la publicación del libro (impreso en medios tradicionales o en electrónicos) trabajan con agentes literarios en pos de las traducciones a diversos idiomas, las versiones audiovisuales de los textos y, por supuesto, estandarizan la publicidad de la obra en diversos idiomas y en múltiples países.
Esta serie de reflexiones propicia otras interrogantes, ¿es posible definir lo latinoamericano como parte diferencial del mundo? ¿Sólo la lengua nos hará diferentes del resto de la literatura mundial? Asumo entonces que la literatura contemporánea está pensada como una exclusión de regionalismos por efecto de la estandarización global. En cierta manera se uniforma el pensamiento y se regulan los campos semánticos. Esto, por supuesto, aterroriza. Pero es una característica de lo contemporáneo, una muestra más de esa prosa que algunos teóricos consideran pura y meramente capitalista.
Imaginemos esto, asevera Ludmer: “Muchas escrituras del presente atraviesan la frontera de la literatura [los parámetros que definen qué es literatura] y quedan afuera y adentro, como en posición diaspórica: afuera pero atrapadas en su interior. Como si estuvieran “en éxodo”. Siguen apareciendo como literatura y tienen el formato libro (se venden en librerías, y por internet y en ferias internacionales del libro) y conservan el nombre del autor (se los ve en televisión y en periódicos y revistas de actualidad y reciben premios en fiestas literarias), se incluyen en algún género literario como “novela”, y se reconocen y definen a sí mismas como “literatura”. Aparecen como literatura pero no se pueden leer con criterios o categorías literarias como autor, obra, estilo, escritura, texto, y sentido. No se las puede leer como literatura porque aplican a “la literatura” una drástica operación de vaciamiento: el sentido (o el autor, o la escritura) queda sin densidad, sin paradoja, sin indecidibilidad, “sin metáfora”, y es ocupado totalmente por la ambivalencia: son y no son literatura al mismo tiempo, son ficción y realidad. Representarían a la literatura en el fin del ciclo de la autonomía literaria, en la época de las empresas transnacionales del libro o de las oficinas del libro en las grandes cadenas de diarios, radios, televisión y otros medios. Ese fin de ciclo implica nuevas condiciones de producción y circulación del libro que modifican los modos de leer.
Estamos, desde hace tiempo, en una renovación de valores literarios, pero lo curioso es que si usted lee suplementos culturales del país se dará cuenta que los reseñistas y los críticos valoran las novedades con el mismo canon que las grandes joyas de la literatura. Ellos no lo aceptan, pero en realidad se la pasan hablando de la ficción comercial, no de literatura. De eso charlaremos la siguiente semana.