EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La lógica del miedo

Jesús Mendoza Zaragoza

Mayo 02, 2016

Acapulco sigue sin reponerse aún de la crisis generada por las balaceras del domingo de la semana pasada. Y no es para menos, pues ha quedado demostrado que ninguna zona de la ciudad es segura para los acapulqueños y para nuestros visitantes. Estamos ante un asunto muy grave que demanda atención y responsabilidad de parte de todos.
Como siempre, las autoridades minimizaron este evento y siguen haciendo maromas para demostrarnos que la cosa no es tan grave. Las redes sociales se encargaron de informar, aún con todas las ambigüedades propias de las mismas. El resultado ha sido desolador. Una ciudad prácticamente paralizada que abandona las calles, detiene sus actividades económicas, educativas y sociales y se refugia en su miedo.
Algo que ha llamado la atención es esa respuesta de los ciudadanos que decidieron encerrarse en sus casas hasta por varios días. Pareciera desproporcionada. Las mismas autoridades se apresuraron a pedirles que salieran a las calles y asegurarles que la emergencia ya había pasado. Sucede que a la lógica oficial del “no pasa nada” la población está respondiendo con la lógica del miedo. Lo que sucedió en días pasados en Acapulco hay que entenderlo desde una perspectiva histórica que inicia con los trágicos eventos de la Garita en enero de 2006 cuando la policía municipal se enfrentó contra un convoy de criminales y que ha evolucionado de mal en peor. En estos años, el miedo se ha estacionado en nuestra ciudad y lo llevamos incubado en el alma.
Hay que entender este repliegue de la población desde esa lógica del miedo que se ha cultivado durante una década y que no ha sido atendida. Ya sabemos que esta lógica es irracional y que complica la vida emocional hasta perder el control. Y, cuando el miedo se convierte en terror, paraliza a personas, grupos y masas como una forma de protección y defensa. Desde este punto de vista, lo mejor que pudieron hacer los ciudadanos ante dicho evento fue encerrarse en sus casas, consideradas los lugares más seguros para cada uno de ellos.
La lógica del miedo se ha convertido en una manera de ver la vida y de afrontarla a partir de la experiencia básica de sentirnos amenazados. Esta experiencia es ya parte de lo cotidiano en Acapulco, en muchos sitios de Guerrero y de todo el país. ¿Que hay detrás de esta lógica del miedo? Todos nos hemos sentido amenazados en muchas formas. Amenazados por la delincuencia organizada que ha multiplicado sus formas de golpear a la población. Pero también amenazados por un sistema económico excluyente que puede dejar sin empleo y, en el mejor de los casos, exprime la fuerza de trabajo de la población. Y, para completar, amenazados por un sistema político autoritario y corrupto que ha cometido mil abusos y tropelías contra la gente.
Sentirnos amenazados de manera cotidiana va dejando un sedimento de miedo en la conciencia, que se va acumulando poco a poco y que ante una amenaza mayúscula se dispara y genera terror, como el de días pasados. Lo grave es que el miedo se ha instalado en la conciencia colectiva y que va enfermando a las personas y a las comunidades. Así, el miedo genera una mirada enferma que va deteriorando las relaciones interpersonales y sociales y no nos permite acercarnos a la realidad de una manera sana. Desconfianza, enclaustramiento, prejuicios y fobias con consecuencias de la lógica del miedo.
Lo que sucedió ese domingo es una señal de alarma que tiene que ser atendida de manera responsable. El miedo sigue siendo alimentado por el clima de inseguridad y violencia y se sigue acumulando. Sin la atención y el cuidado necesarios, podemos desencadenar catástrofes sociales aún mayores. Hay que prevenir que éstas no sucedan.
Si la lógica del miedo tiene como uno de sus factores la lógica del “no pasa nada” de las autoridades, ésta tiene que ser desactivada. Cuando se escucha decir a las autoridades que “no pasa nada” o se percibe su desdén a las necesidades de la gente, se experimenta un sentimiento de orfandad, de indefensión, de vulnerabilidad. La percepción de las amenazas es más imponente y el miedo se acelera. Por lo tanto, la amenaza original se refuerza con la omisión o la colusión de la autoridad. Esta tiene que percatarse del grave daño que está causando con su actitud irresponsable y hasta criminal, en ocasiones.
Y los hechos del domingo nos mostraron el mismo esquema de siempre en el comportamiento de las autoridades, de todas, las que tienen obligaciones de actuar ante estas emergencias: no informaron a tiempo y la información que dieron después era dudosa para los ciudadanos, se limitaron a llamados a no tener miedo y, de plano, mostraron que no tienen el control de la seguridad de la parte más preciada de la ciudad para ellos, como es la zona turística. Nos sentimos más indefensos y vulnerables. Y esto no cambia con simples llamados ni con recomendaciones. Se requiere que la autoridad sea eso, autoridad, y que cumpla con sus obligaciones, las que le marca la ley y les da su investidura. Que empiece a generar confianza en la población y que le responda al pueblo.
¿Y cómo? Fácil. La política que han utilizado como herramienta de sumisión y de control, tiene que convertirse en herramienta de servicio y de desarrollo. Tienen que dejar de simular para estar en condiciones de encabezar una ruta para la paz que abra caminos hacia la democracia participativa y hacia el desarrollo integral y sustentable. Así de fácil, cada autoridad desde su propio puesto. Es de esperarse que haya autoridades que se pasen a las filas del pueblo y larguen las filas de los privilegiados y de los criminales. A las autoridades no les pedimos milagros, les pedimos, simplemente, que recuperen su conciencia, que la desaten de los intereses de los partidos y del sistema y que se sumen al clamor de la gente y hagan alianzas con quienes trabajen por la paz, sea cual sea su lugar en la sociedad.
Reconstruir la confianza es fundamental para desbaratar la lógica del miedo. Se requieren señales claras para restaurar la confianza en las autoridades y en las instituciones para que ante las amenazas, el ciudadano se sienta protegido y defendido. Esto pude desactivar toda clase de rumores e intereses que tengan por objeto atizar el miedo en la sociedad.