EL-SUR

Jueves 18 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La lujuria es mi amiga y estoy enfermo de mí mismo

Federico Vite

Septiembre 27, 2016

Tal vez con la misma sutileza que mostramos al propiciar un acercamiento con el otro, con ese temor infantil al rechazo, con la tibia certeza de la aceptación, incluso con la insolencia de saberse más vivo y más tramposo que el otro; probablemente espejeándose en soledad y reconociéndose débil en el otro. Siempre el otro. Somos la parte esencial de un mecanismo que se activa con el resplandor de una mirada. Así se inician las relaciones con los libros. Se hace más grande el mundo en torno nuestro gracias a la confirmación de una presencia placentera, a esa voz, Xavier Villaurrutia dixit, que madura, a esa voz quemadura. Se abren los libros para otorgarle continuidad a la existencia; ya sea desde otros ámbitos, quizá con otro enfoque, pero el panorama se amplía, el paisaje interno cambia, se consuma la novedad sensitiva gracias al contagio de un hecho sensible. Emocionados hasta las cachas, animando incluso los elementos de nuestra naturaleza muerta, cambiamos el matiz y el mundo canta por un brevísimo lapso para nosotros, presenciamos algo que nos desnuda y nos reconforta: depositamos la atención en otras voces que seducen y que alimentan nuestro asombro.
Para quienes dirigen instituciones culturales, la lectura debería ser comprendida como un ejercicio de la pasión; contrario a eso, tenemos una serie de confusiones que se traducen en actividades literarias mansas e incluso trasnochadas, actos menores de lo que habitualmente ofrece el puerto en materia literaria: una vida bohemia entendida como estado creativo. Así que cuando los directores de esas instituciones ofrecen espectacularmente en la IV Feria Internacional del Libro Acapulco nociones pequeñas de lo que se percibe como literatura (debemos imaginar que para ellos leer se representa con la imagen de una persona bebiendo algo mientras gasta el tiempo en pensamientos bondadosos que no benefician ni a la literatura ni a los libros, mucho menos a los autores que hablan de fantasmas. Y esa persona que bebe algo sólo está ahí por inercia en una especie de sesión espiritista. Ni fu ni fa pues), uno piensa que por lo menos se trata de un acercamiento con el acto creativo de la lectura; pero contrario a toda lógica lectora, a toda razón apasionada por los libros, y sus autores, se descubre que los organizadores entienden la literatura como una extensión de las actividades escolares, porque insisto en que leer no se trata de un hecho curricular, sino de una serenidad que templa la furia y el gozo.
Los libros, dice el enfebrecido lector Harold Bloom, son entidades personales y apasionadas, no son filosofía política ni religión institucionalizada, son parte indisoluble de la vida. En The anatomy of influence. Literatura as a way of life (Yale University Press, USA; 2011, 357 páginas), Bloom formalmente se encuera, no tiene miedo alguno en confesar: me gusta esto, defiendo lo otro, soy un puritano o un escandaloso occidental con sed de poesía; la lujuria es mi amiga y estoy enfermo de mí mismo. Habla con pasión de su trabajo, de la feliz novedad de las relecturas, de la disección del pensamiento fantástico y de la paráfrasis, o la glosa, como un estilete noble para encontrar el misterio que fascina su existencia: la literatura.
Durante 55 años dio clases; afirma que sus alumnos le han clarificado una simpleza: “La crítica literaria, el ejercicio profesional de la lectura, es un acto de apreciación perfectamente contextualizado”. La secuencia de esos actos de apreciación dotan de criterio al lector. Con ello, digámoslo así, uno sabe qué es lo bueno y qué es paja, qué es basura, qué son las mentiras y qué la publicidad. Si hablamos de literatura, también hablamos de egos y de orgullos, como bien señala Bloom. Los libros, agrega, enseñan la variedad del amor, del sufrimiento, muestran la tragedia familiar. “Pienso en Shakespeare, en su poder de contaminación: un centenar de personajes principales y mil figuras adyacentes pululan por las calles y entran sigilosamente a nuestras vidas. Dickens y Balzac, Austen y Proust más selectivamente poseen parte de esta fuerza que contamina un heterocosmos. Joyce envidiaba el público de Shakespeare en el teatro Globe, el poeta dramaturgo atraía a todas las clases sociales, a gente cultivada y analfabeta. Shakespeare, después de haber aprendido de Marlow, educó a ese público más allá de sus límites”, señala Bloom derramando miel, siendo apasionadamente humano. Se contagia el sentimiento al leer un hecho sensible. Bloom intenta explicar lo fenomenal que debió ser ese hito en la historia de la humanidad: presenciar en el escenario a tu igual, tu semejante (como bien diría Baudelaire: “Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat, Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère!). La emoción de estar vivos contemplando una lectura del otro, que no era otra cosa que la encarnación de un anhelo compartido: sentir, desaforadamente sentir pues.
Me parece que los organizadores de la IV Feria Internacional del Libro Acapulco tratan de crear un extraño canon de lector, alguien cuyos intereses oscilan entre el pensamiento antropológico social, la obra de Nicolás Guillén, el espléndido trabajo de Jorge Luis Borges como traductor y la relectura de la narradora Elena Garro. Tal vez quieran poner a prueba la tenacidad de los lectores. No sé, pero es obvio que no buscan la cualidad estética de la lectura ni el contagio emocional de lo grandioso o, por lo menos, de lo fascinante. Que tengan un literario martes.