EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La malograda reforma aureliana y los ATP

Gibrán Ramírez Reyes

Agosto 23, 2017

Este lunes 21 de agosto inició el ciclo escolar 2017-2018, el último de este sexenio. Como siempre, los funcionarios federales se deshicieron en autoelogios, aunque entiendan poca cosa de lo que dicen. Luis Ignacio Sánchez, de la Administración Federal de Servicios Educativos de la Ciudad de México, dijo que este año será crucial, pues se transitará de “la memorización al aprender a aprender”, algo que también antes sugirió Aurelio Nuño con las siguientes palabras: los programas tenían una hectárea de extensión, pero un centímetro de profundidad, y ahora será lo contrario.
Quien le haya dado la idea al secretario de Educación Pública, no le contó que se trata de una cita frecuentísima de Olac Fuentes, quien condujera el proceso de reforma derivado del Acuerdo de Modernización Educativa, en 1993. O sea que la innovación de su “nuevo modelo educativo”, si nos dejamos guiar por el discurso, tiene por lo menos 24 años, pero bien podría rastrearse más atrás. Ese es el tamaño de su ignorancia y lo que explica que crean que están inventando el agua tibia, aunque no hayan dado ni con metáforas diferentes para citar. Además, lo que sostienen es falso.
A juzgar por las 673 páginas –en el caso de educación básica– y las 888 –en el de educación media– en que se publican, en letra chiquita, los aprendizajes clave del currículo del Nuevo Modelo Educativo, para los arquitectos de la reforma los tiros de precisión son iguales a los ataques masivos. Aquí una muestra, tomada al azar, de ciencias naturales para educación básica: se espera la “comprensión en un nivel descriptivo de características y procesos abstractos”, como los estados de agregación de la materia, su relevancia para las actividades humanas, la materia astronómica, los seres vivos imperceptibles, la estructura interna de la materia, la disposición y el arreglo de los átomos, y, desde luego, las interacciones entre éstos, porque “todos los procesos biológicos, físicos y químicos implican interacciones”; después se aprenderá cómo la materia se organiza en sistemas y se construirán explicaciones sobre el funcionamiento sistémico de la naturaleza (o sea que serán casi físicos, ver p. 363), para pasar a los sistemas del cuerpo humano, los ecosistemas y la integridad ecosistémica; y luego, al sistema planetario. Si así son los aprendizajes clave –en un par de páginas–, quién sabe cómo serán los currículos enciclopédicos.
La prisa por presentar nuevos contenidos responde, por una parte, a la necesidad de mostrar algún producto pedagógico de la reforma educativa, para que no se recuerden sólo su torpe y draconiano sistema de evaluación, las protestas y los muertos. Por otra parte, urge colgarse medallas, parecer estadista, aparentar un legado en el ocaso del sexenio, aun si lo entregado son apenas borradores que deberían discutirse si se quiere obtener un plan serio.
Pero el saldo de las otras etapas de la reforma sigue siendo desastroso. Por ejemplo, la evaluación, que está más basada en el conocimiento de la materia de trabajo y las reglas que en las competencias docentes para guiar aprendizajes, lo que ha sido bien acreditado por el Instituto Belisario Domínguez del Senado (Temas estratégicos 34). Tal como se ha concretado, la reforma además afecta trayectorias profesionales y de vida. Véase el caso de los asesores técnicos pedagógicos (ATP). Los hicieron evaluarse en 2015, para promoverse o para oficializar su posición de hecho. Y aquí empiezan los agravios: después de ganar su lugar, tuvieron que esperar más de un año para hacerlo efectivo, tardaron varios meses más en empezar a cobrar el estímulo y, en muchísimos casos, a quienes tenían más de 20 horas de trabajo semanal en su plaza no se les alcanzó a igualar el salario antes de su “promoción”, de modo que se evaluaron para ganar peor, aunque la convocatoria haya establecido que sus ingresos iban a aumentar, como correspondía.
Después siguió el tiempo de inducción a la función –que debió ser de dos años, tras los cuales los postulantes tendrían que evaluarse nuevamente. Y así se hizo, pero en no pocos casos la “inducción” estuvo totalmente desvinculada de la posterior evaluación. De manera que todo se hizo sobre las rodillas: tanto, que las guías que establecían las directrices para realizarla cambiaron ¡tres veces ya en el periodo de evaluación! Y con todo este desastre, los docentes-técnicos presentaron tres etapas de una examinación obviamente mal diseñada, que incluyó un examen inconsistente. Finalmente, el día en que debían darse los resultados –sólo hasta entonces–, el INEE y la SEP decidieron que su instrumento estaba mal hecho y que los docentes tendrían que esperar un año más –tercera ocasión– para evaluarse y obtener su nombramiento.
¿Cómo afecta esto el proyecto de vida de alguien a quien redujeron el salario con la promesa de aumentarlo? Básicamente, no importa: que se esperen otro año, si ya aguantaron dos. Nada podrá corregirse antes de 2018. Han legado ya una reforma fracasada y a la deriva. ¿No sería mejor que lo asumieran y heredaran al próximo gobierno una revisión en marcha?

* A LA CARGA será el nombre de la columna del autor que se publicará semanalmente en estas páginas.