Silvestre Pacheco León
Octubre 27, 2025
Ninguno de los productores que acuden los sábados a ofrecer sus productos en el ecotianguis Zanca de Zihuatanejo sabe quien diablos fue Adam Smith y tampoco su teoría de la mano invisible que mira el lado positivo del interés particular de una ganancia que guía a quienes producen para el intercambio, señalando que para tal caso existe una fuerza que no se ve pero ayuda a determinar el precio de las mercancías, orientando a la producción en el sentido que la sociedad necesita, sin necesidad de la intervención del Estado.
Y es que, juzgue usted, el proyecto del ecotianguis no comenzó con el interés egoísta de los productores primarios buscando la manera de vender sus productos, porque en realidad el turismo que se pensaba como una panacea a la agricultura de autoconsumo, se impuso de manera tan salvaje que inhibió y liquidó el modo simple de vida de los costeños y zancas, obligando a quienes querían sobrevivir con su modo simple de vida, a competir en el mercado con, por ejemplo, los productores de leche de la cuenca lagunera que venden su producto pulcramente en envases de cartón, mientras la leche bronca de vacas criollas de la costa perdía toda competitividad en la medida de que los niños costeños se habían educado al gusto de la leche perfumada y sin pelos de la vaca.
La agricultura del maíz, el ajonjolí, la calabaza, el pepino, la sandía y la papaya, sobrevivió al margen de un modelo de turismo depredador de la economía local, que nunca pensó en integrar al productor local a su red de proveedores, sino que se aprovechó de ellos extorsionándolos y robándoles sin compasión. En los hoteles les recibían sus productos y nunca se los pagaban porque carecían de facturas, por eso los productores del campo que aún quedan en esta ciudad que va invadiendo el pavimento, sobreviven de manera marginal, con intentos derrotados de crear un mercado alterno a las tiendas departamentales que se disputan hasta el último cliente de nuestra tan desigual sociedad, sin parar mientes que así como se producen cocos en abundancia para consumirse como fruta, también hay plátanos machos y repúblico, los mejores mangos, el tamarindo, la jamaica y el café, la papaya, suficientes para complementar la demanda y vivir en armonía con el entorno.
Pero frente a la agricultura tradicional derrotada, ahora con grandes dificultades se abren paso los nuevos agricultores que estudiaron en universidades, herederos de parcelas en las que desarrollan la agricultura orgánica como una opción revelada por los indicadores de que crece rápidamente en el país, aprovechando la demanda de un sector cada vez más numeroso de consumidores con capacidad de compra para esos productos que están dejando de ser exclusivos.
Aquí en esta sociedad costeña dominada por el turismo y acosada por los huracanes, productores orgánicos y consumidores urbanos vivían en mundos paralelos, sin ninguna mano invisible que los indujera por el camino de la oportunidad y la ganancia, hasta que se encontraron, y de la forma más extraña formando una simbiosis ejemplar.
Por un lado había un grupo adelantado en la producción de albahaca para la exportación que tenía sus campos en el municipio de Petatlán, auspiciados por algunos estadunidenses que les vendieron la idea de hacer ese negocio. Y les fue bien porque el precio de venta era en dólares, pero no todo el tiempo podían estar exportando, sino solo en invierno, cuando el frío inhibe su producción en los campos de California y Florida, y luego tenían que enfrentar una serie de requisitos para garantizar la certificación orgánica y la entrega oportuna del producto que no se compensaba con la fluidez de los embarques y su paso en las aduanas. Por eso cuando cesaba la demanda temporal del mercado estadunidense los productores costeños buscaban dónde acomodar localmente su producción que solo algunos restaurante muy contados entre los hoteles caros demandaban.
Mientras, por el otro lado, se desarrollaba entre la población costeña un sector educado en la alimentación sana y con cierto nivel de ingreso, que al paso del tiempo se había organizado en una cooperativa de consumo Vegana, aquella que evita consumir cualquier producto de origen animal porque está contra su maltrato. Durante años los veganos se han dedicado a realizar un taller con mujeres de las colonias populares para enseñarles a preparar comida con los productos locales que tienen a su alcance, logrando popularizar esta nueva cultura de consumo que tiene a cientos de seguidores, pero con una dificultad creciente para conseguir el abasto de los productos locales requeridos para su dieta.
Hasta que felizmente llegó el momento de que ambos sectores de productores y consumidores se encontraron hace ya 12 años.
Los Veganos convertidos en los principales clientes del grupo de productores orgánicos que les proveen albahaca, arúgula, jitomates, calabaza, pepinos, lechugas. Entre ellos nació y se concretó el proyecto de abrir el ecotianguis sabatino que atrajo a otros productores locales de frutas de la temporada, cocos, limones, mangos, carambolas, maracuyás, café, jamaica, miel, salsas, elotes, y sobre todo alimentos frescos como los panes integrales, mermeladas variadas, calabaza endulzada, guisos veganos con tortillas de maíz, tamales, aguas frescas, chilate, café y diversas bebidas refrescantes.
Esta novedad de mercado fue recibida con entusiamo por un sector de la población local y el amplio grupo de extranjeros residentes del puerto. Para todos, los sábados son días de desayuno y almuerzos sanos. La gente compra ensaladas de fruta, jugos, café, mientras escuchan alguna plática de interés en el espacio dedicado a la cultura, y que intercala música viva con una fila interminable de artistas locales y extranjeros que quieren ser vistos y escuchados.
Después de esos 12 años de experiencia cumplidos, a todos los socios del mercado Zanca les gustaría contar con un espacio fijo para vender más de un día a la semana porque con su venta semanal todavía no les resulta rentable, pero les gana el compromiso y el deseo de fortalecer esa alternativa que ha encontrado acomodo en la sociedad de los zancas.
Todos piensan que en el futuro la conquista de un espacio común para su venta se pueda ampliar físicamente y extender en el tiempo, mientras algunos alientan la idea de organizarse en sus comunidades para que sea una persona a la vez la encargada de llevar los productos de todos al mercado para bajar los costos del transporte. Al respecto Nick Wolf comenta, por ejemplo, el sentido caso de Oscar, un cafeticultor de la sierra de La Unión que por temporadas baja al ecotianguis con sus guanábanas descomunales, café, aguacates, plátanos y piñas cuyo volumen de ventas no es tan alto para reponer lo que se gasta en el viaje y por eso uno ve esporádicamente los productos que ofrece.
Eso es parte de lo que ha detenido al ecotianguis para buscar a los productores del programa Sembrando Vida más cercanos para que se sumen al ecotianguis Zanca que en Zihuatanejo, después de 12 años de vida es la mejor garantía de continuidad y crecimiento cuyo modelo se resume en el encuentro feliz entre productores y consumidores que es la mejor prueba de que en la sociedad se puede ganar ganar si hay dos partes que se ponen de acuerdo. No importa si en este caso dejó de servir la mano invisible que el economista escocés utilizó para explicar el lado socialmente positivo que actúa en el mercado como guía de los productores.