EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La mar del sur

Silvestre Pacheco León

Octubre 22, 2006

Llegaron a Zacatula navegando por el río grande. Eran hombres de aventura y valientes
también. Después de avasallar a los aztecas que eran dueños del imperio, cualquier cosa
era menor para el apetito de conquista, fama y riqueza que los animaba.
En Tenochtítlan, en el encuentro con Moctezuma, los españoles se deslumbraron por el oro
que el emperador lucía en su atuendo. Dicen que algunos soldados al verlo creyeron que él
mismo era de oro.
Cuando Hernán Cortés se informó que el metal llegaba como tributo desde los mares del
sur, no lo pensó dos veces para ordenar la exploración.
Diego de Umbría encabezó la expedición y confirmó lo que el capitán conquistador ya
sabía, pero la realidad estaba lejos de parecerse a la imaginación de Cortés. Era cierto, los
lugareños de los pueblos asentados a orillas del río grande recogían de sus aguas el oro
arrastrado por la corriente en forma de pepitas. Nada que ver con las vetas a cielo abierto
que el conquistador imaginaba.
Pero el portento era haber llegado a la ignota mar del Sur, descubierta apenas por Vasco
Núñez de Balboa, la misma que seguía apareciendo dibujada en los mapas con feroces
monstruos marinos, indicando con ello que sus aguas nunca habían sido exploradas.
El amor –dicen algunos– fue el origen de la orden del monarca español de aquellos años
para que de Zihuatanejo zarpara la primera expedición buscando una ruta para llegar a
Portugal, reinado que brillaba más con la belleza de Leonor, la infanta española que aceptó
casarse con el monarca viudo, cuando en la corte de Carlos V los ojos de la alianza
estaban puestos en el heredero lucitano, más que en el padre.
Sea verdad o mentira, el hecho es que un marino español de apellido Loaisa, perdido en
los mares de dominio portugués, debía ser encontrado, tal era el deseo del monarca
español quien imposibilitado de pedir el favor a su vecino, ordenó que la expedición se
iniciara desde los mares de la Nueva España.
La trama del historiador, así nos revela los antecedentes del primer viaje realizado desde el
continente americano hacia el Oriente, que zarpó de la bahía de Zihuatanejo en tres navíos:
un bergantín y dos carabelas. La expedición era capitaneada por Álvaro de Saavedra y
Cerón, un español emparentado con Hernán Cortés, de la misma cepa aventurera al que la
historia le deparó un final menos atractivo.
Que Zacatula, en la desembocadura del río Balsas, no reunía las condiciones requeridas
para avituallar la expedición porque los pueblos ribereños eran pequeños y distantes unos
de otros, o porque en ése punto vecino de la inmensa bahía de Petacalco no era la latitud
recomendable para emprender la travesía, eso no lo sabemos.
Lo que sí tiene certeza es que en Zacatula, la expedición española se concentró en
establecer allí su astillero para construir las tres embarcaciones con las que planearon
atravesar la mar océano cumpliendo las órdenes de su soberano y con el deseo de
completar el sueño que Cristóbal Colón no pudo realizar.
Eran los años recientes de la conquista del imperio azteca. Los españoles estaban
seguros de su poder y lo ejercían en el amplio territorio conquistado. Sus arcabuces
vomitando fuego, los caballos con jinete, animales nunca vistos en el altiplano cuyo
relincho a los aztecas parecía que hablaban; las casas flotantes con las que llegaron a
Veracruz y los bravos lebreles (perros gigantes comparados con los conocidos entonces),
nada los detuvo en su marcha al sur, ni siquiera el mar que los lugareños tenían como un
valladar.
Podemos imaginar que el astillero de Zacatula se fundó entonces con el único propósito de
cumplir con la orden dada a Cortés por Carlos V, y también que fue el río Balsas la ruta
más rápida y segura que los soldados y marinos españoles usaron para venir de
Tenochtitlan hasta el lugar donde comienza el continente.
Se sabe y se tiene por cierto que en la construcción de las embarcaciones tardan un año
de rudas labores y uno se puede imaginar que las actividades en torno a la empresa
vinieron a alterar la vida en la desembocadura del río por lo que significa la llegada de
sopetón de más de cien personas, todas con necesidad de comer, vestir y descansar. Es
seguro que la riqueza de la zona garantizó el alimento de los recién llegados, que la pesca
abundaba y la caza también. El clima era llevadero, por no decir agradable en la vega de
aquel río estruendoso.
Era agosto el mes en que las naves fueron botadas al mar entre gran regocijo de todos los
que en su construcción intervinieron. Ahora se ocupaba terminarlas, buscar el sitio
adecuado para la partida, y avituallar la expedición. La tripulación tomó luego su lugar en
los tres navíos. Encabezaba la flota que por primera vez surcaba los mares de la costa, la
nave insignia que capitaneaba Álvaro de Saavedra, La Florida.
Quizá nadie pueda imaginar la impresión que le causó a los aborígenes costeños el
espectáculo aquel de los navíos bordeando el continente. Tampoco podremos por nuestra
cuenta imaginarnos la impresión de aquellos hombres echados a la mar sintiéndose
elegidos para la aventura sin par que significaba escudriñar en lo desconocido.
Van las naves surcando las aguas de la bahía de Petacalco, de vez en vez se acercan a la
costa, con cuidado porque no conocen las condiciones del fondo marino. Ven los cerros e
identifican el de La Raspada, frente a donde hoy localizamos a Chutla de Nava. Siguen
buscando las condiciones a modo para terminar los preparativos. Adelante avistan la isla
de Ixtapa, la rodean y van después por la isla de a Pie, les llama la atención la planicie de
Ixtapa que entonces se cubre de una alfombra de mangles. La arena blanca los deslumbra
pero el oleaje les indica que nos es el lugar. Entonces prosiguen su marcha. Navegan
cerca de la costa y admiran los cerros altos cuyas rocas desnudas el mar lava a
lengüeteadas. Los morros en la bahía del Palmar parecen cobrar vida por los cientos de
guacamayas ruidosas que albergan.
Cuando llegan a la Piedra Solitaria, instintivamente viran a la izquierda. Están ya en la
bocana y no dan crédito a la belleza que los recibe. Es un día despejado. El mar calmo los
recibe. Gente no hay por ninguna parte de la playa. Los navíos se quedan anclados en el
centro de la bahía de Zihuatanejo donde los marinos han descendido para medir las 17
brazadas de profundidad. Después botan las lanchas que los conducen a la playa
principal. Es un lugar de amates y parotas cuya sombra los cobija, después una gran
variedad de frutas tropicales que están al alcance de la mano. A poco andar saben que
están en una isla cuyo frente de mar es de apenas medio kilómetro. Es cierto, la franja de
tierra está limitada por agua en cada extremo de la playa. Es agua dulce que viene del
arroyo del Limón y de La Correa. Ambos se juntan en un estero cuyas puntas se sumergen
en la bahía.
Después, los expedicionarios descubren que tienen a la mano fina madera de cedro rojo y
roble blanco para los acabados de los navíos. En fin, en Zihuatanejo encuentran el lugar
ideal para emprender el viaje a las Filipinas.
Después de que los expedicionarios descubren la bahía de Zihuatanejo y le respetan el
nombre que los nativos cercanos le han puesto, inician su frenética tarea que les pondrá
camino a la gloria. El trabajo rudo no lo hacen solos, están los aborígenes que colaboran,
Ellos aportan las ollas de barro para almacenar el agua, acarrean la madera y abastecen
de frutas al ejército laborioso.
Un día de trabajo contrasta con la calma en torno a la bahía. El martilleo, el clap, clap, del
golpeteo madera con madera, viene a cambiar la vida de lo sonidos en esta parte del
planeta. Un acontecimiento grande está por llegar, pero no se anuncia en el cielo como
antes ocurría en la vida de los europeos. Aquí en la costa es el paisaje el que marca los
acontecimientos.
En dos meses de arduo trabajo los preparativos del viaje están terminados. Ya es octubre,
los cerros que circundan la bahía comienzan a salpicarse de blanco, son los árboles de
bocote cuyas flores después las vamos a relacionar con el día de los Santos Difuntos. Y
precisamente por eso, porque en el calendario de los católicos la fecha de Todos Santos
es día memorable, al joven capitán que lidera la expedición le parece conveniente
adelantarse aquella fecha.
La mañana del 31 de octubre de hace 479 años marca la fecha en que la bahía de
Zihuatanejo nace en la historia de la navegación como el punto de partida de la primera
expedición española desde territorio americano para conquistar la mar océano que
después recorrerá la Nao de Manila, antecedentes ambos que darán nacimiento después
a la estratégica cuenca del Pacífico, donde el comercio mundial sentará sus reales.