EL-SUR

Lunes 24 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La marcha de los olvidados

Tlachinollan

Noviembre 05, 2007

La fiesta de los difuntos sintetiza la tragedia y la esperanza de los pueblos de La Montaña. En el ritual de la muerte se expresa la
alegría fugaz de los que sufren durante toda su vida. A pesar de la precariedad económica, el gasto suntuoso es imprescindible,
porque sin flores ni velas la magia de los símbolos pierde su eficacia. La música de viento, el incienso, los cohetes y el aroma del
cempasúchil forman parte de la atmósfera mística que recibe con cariño a los antepasados. La mejor convivencia se da en los
panteones, donde se recrea la comunidad al lado de los antepasados. La tierra tapizada de pétalos de flores amarillas es el
mantel comunitario donde se comparte la comida con la parentela y los abuelos. La máxima zapatista cobra relevancia: “Para
todos todo”, y para los difuntos también. Es el tiempo de la abundancia, donde lo más importante es el intercambio de tamales,
atole, pan y aguardiente, hasta que el cuerpo aguante.
La fiesta, como la ruptura de la vida cotidiana, es el espacio lúdico donde la comunidad reafirma su identidad y fortalece el
sentido de pertenencia a una cultura y a un espacio propio, que los dignifica y les da razón de ser. Su dimensión comunitaria está
construida en la cultura del don, en el intercambio de bienes, en el vaciamiento de sí para reecontrarse y reconocerse en el otro;
en el pariente, compadre o amigo.
El cargo más importante entre los pueblos de La Montaña es el mayordomo, porque en los días de fiesta es el que se encarga de
alimentar a todos. El prestigio de esta autoridad no radica en la jerarquía que adquiere, en el poder que ejerce o en el fuero que
tiene, sino en su generosidad, en su plena disposición para poner sus bienes al servicio de la comunidad. La lógica económica no
es la acumulación sino la distribución y la lógica política no es mandar sino servir y obedecer. Sólo esta prueba del servicio
permite a los ciudadanos mayores alcanzar el rango de principales y consejeros del pueblo.
En el panteón se ritualiza la gran asamblea donde están presentes los antepasados, por eso es importante que las autoridades
civiles y los mayordomos pongan el altar en honor a las autoridades y principales difuntos, y además, recojan la ofrenda de
todas las familias para poder compartirla el día 3 de noviembre, la fecha triste que marca la marcha de los muertos y también de
los vivos. Los primeros retornan al Mictlán, los vivos emprenden el viaje de la ignominia, a los campos agrícolas de Sinaloa,
Chihuahua, Baja California Norte, Michoacán, Jalisco y Sonora, bajan al inframundo de la esclavitud.
La irracionalidad de un modelo económico que se alimenta de la sangre de la clase trabajadora y que lo expulsa de su pueblo
para transformarlo en paria, es cómplice de un etnocidio que para desgracia de los mismos pueblos, se torna invisible, por las
altas dosis de racismo y discriminación que proliferan en los círculos del poder político.
Para las autoridades, mientras menos conozcan las tragedias cotidianas de los migrantes es mejor, porque se ahorran dinero y se
evitan situaciones embarazosas.
El silencio y la invisibilidad de los jornaleros agrícolas es la otra tragedia que cargan porque no son sujetos de atención ni de
derecho. No existen en los programas ni en los presupuestos. Cuando aparecen en los medios, son sólo objeto de conmiseración,
nunca de la solidaridad y el compromiso para defenderlos y alcanzar la justicia.
Nada pasa con los casos de niños indígenas que mueren trabajando en los campos agrícolas, ni con las mujeres que mueren de
cáncer por los agroquímicos o los jóvenes que quedan dañados de sus pulmones por el manejo de pesticidas sin el equipo
adecuado. Lo patético es que ni siquiera existen estadísticas de la tragedia de los migrantes.
A pesar del esfuerzo de la sociedad civil para contribuir en el mejoramiento de las condiciones de estancia, alimentación, traslado
y contratación de los migrantes, no existe un esfuerzo gubernamental orientado a subsanar los rezagos en la atención y el
acompañamiento.
La peor experiencia de un jornalero en tránsito es que no sabe a qué autoridad acudir, porque nadie se hace responsable de sus
problemas. Las autoridades municipales están muy lejos de comprender la dimensión de esta problemática y mucho menos de
asumir algunas acciones que se aboquen a brindarles apoyo y asesoría.
En el lugar de embarque, Tlapa, quienes controlan la situación de los jornaleros son los enganchadores de la región, los
transportistas y contratistas que vienen representando a los empresarios. Son ellos los que imponen su ley, los que prometen
sueldos y beneficios falsos, los que deciden el número de personas que llevarán en el autobús, donde regularmente viajan entre
60 y 65, porque los niños no cuentan y por eso se van acostados en los pasillos. Los choferes con cinismo argumentan que sólo
están autorizados para trasladar a los adultos que van a trabajar y por esa razón no les cobran el viaje. Los hijos no son problema
de la empresa, sino de los padres. La necesidad de las familias las obliga a padecer el maltrato, el mal servicio y el riesgo de
morir toda la familia en un accidente.
Es lamentable la ausencia de las instituciones; a pesar de que por Tlapa, Chilapa y Ometepec pasan miles de familias indígenas
analfabetas, enfermas, desnutridas, desinformadas y temerosas, no hay un intento de coordinación para poder cargar con la
responsabilidad pública de no dejar en un estado de indefensión total a una población silenciada, que va en busca de trabajo
para poder hacer viable la vida en La Montaña, y con ello contribuir a la estabilidad política y social de la región.
Gracias al trabajo de los jornaleros agrícolas y al de los migrantes internacionales La Montaña sigue amortiguando el golpe de
una mayor confrontación social y política, su contribución ha impedido que el hambre de los pueblos toque fondo. La paciencia y
generosidad de la población indígena tiene límites, su buena fe no debe confundirse con ingenuidad o idiotez. Es tiempo de
volver los ojos y los presupuestos a La Montaña, no para continuar con las migajas, sino para que florezca la justicia. Las
catástrofes naturales y los estallidos sociales se pueden prevenir y evitar.