Federico Vite
Mayo 26, 2026
(Primera de dos partes)
En la biografía de la agente literaria española Carmen Balcells, traficante de palabras (España, Debate, 2022, 507 páginas), de Carme Riera, se delatan algunas cosas muy serias, pero disfrutables por el tono de la narración; por ejemplo: “No confiemos en la memoria de García Márquez”. Uno más: “Por su parte, El jardín de al lado, a mi entender, una novela fallida, posiblemente la peor de (José) Donoso, y no por el hecho de enmascarar a personajes reales con nombres ficticios, muchos de ellos tan reconocibles como el protagonista y su esposa, sino porque no consigue dar con el tono adecuado”. Aunque no estoy de acuerdo con la sentencia de que lo fallido es el tono en El jardín de al lado, me gusta que Riera sea desfachatada. Con ese recurso posiciona a Balcells como una mujer mucho más poderosa y eficiente que una vivaracha agente literaria.
También quiero darle cauce a algunas certezas que yo he ido edificando al leer Personaje secundario (2025), de Enrique Murillo, y El enigma del oficio (2022), de Guillermo Schavelzon. Hallo en estos referentes bibliográficos rastros del negocio que se encumbra con base en las luchas internas en el Continente Literario: agarrones tras bambalinas, peleas que se libran con jurados, con editores, con propagandistas y pocas veces tienen que ver con la literatura. Tal parece que los “autores consagrados” tienen una red de apoyo: poseen conexiones interpersonales que facilitan premios, libran escollos y propician giras interminables en busca de fama y buena rentabilidad en el mercado.
Riera detalla una serie de aspectos que no logra ver un lector debido a las innumerables cortinas de humo en el ecosistema mercantil de la literatura. “Al parecer, la persona fundamental en la Academia Sueca para que le dieran el Nobel a un autor de lengua española era Nils Artur Lundkvist, que los proponía cuando le gustaban y que, al parecer, conocía muy bien la literatura de los países latinoamericanos, por los que se sentía atraído desde que iniciara un largo viaje tras la concesión del Nobel a Gabriela Mistral; además, pasaba temporadas en España y había leído a los autores españoles más relevantes”.
Lundkvist, señala Riera, era un excelente traductor y escritor que destacaba especialmente como poeta, una persona de ideología progresista –había recibido el Premio Lenin de la Paz en 1968–, además de ser amigo de Olof Palme, que lo admiraba; también era amigo de un antiguo comunista español afincado en Suecia como traductor y profesor, llamado Francisco Uriz, que al parecer, ejerció un destacado papel de mediador de los escri-tores españoles e hispanoame-ricanos ante Lundkvist, en especial, a partir del momento en que este ingresó en la Academia Sueca, en 1968. “Si acepto entrar fue”, según confesaba en una entrevista, “para poder influir directamente en el Premio Nobel”. De hecho, se lo dieron a uno de sus poetas predilectos: Pablo Neruda, quien obtuvo el galardón en 1971.
Riera menciona dos sujetos de interés: Lundkvist y Uriz. “Posiblemente Lundkvist hablara con Neruda de Gabriel García Márquez –que había visitado Suecia en varias ocasiones, según documenta Gerald Martin– y del fenómeno extraordinario que supuso Cien años de soledad, del que también trataría el decano Uriz, quien habría entrevistado al escritor en los 70 en Barcelona. El nombre del colombiano sonaba como nobelable desde comienzos de los años setenta, como lo confirmara el propio Lundkvist. El académico sueco, al contestar para Mundo obrero en 1971 a una pregunta de Uriz sobre los candidatos al Nobel, señala, entre otros –Carpentier, Cortázar, Vargas Llosa y Fuentes–, a dos candidatos especialmente respetables: Octavio Paz y Gabriel García Márquez.
García Márquez, detalla Riera, luego de la ascensión al poder del dictador Pinochet, tras el golpe de Estado contra Allende, emprendió una huelga creativa. El colombiano prometió no publicar nada mientras el dictador estuviera en el poder. Era un silencio inusual para una protesta. De hecho, esa huelga me sorprende, y me motiva a enunciar una cuestión, ¿la literatura de verdad era tan poderosa como para “amenazar” a un dictador con una huelga creativa? Obviamente no. El único que salió mal parado fue García Márquez, y como tenía interés en ganar el Nobel, atendió el consejo de Balcells: volver a publicar. Entonces emprendió una serie de colaboraciones con el diario El Espectador en los que el autor de El otoño del patriarca “se refería a la Academia Sueca y también al comité Nobel de manera positiva. Además, movió los hilos para que los intelectuales de izquierda lo liberaran de su promesa de no escribir novelas. Así ocurrió en el verano de 1981 en La Habana, durante el Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, mediante un documento”. Dicho de una forma clara, estas son las patrañas más hermosas de un narrador al que no le satisface la literatura. Necesita el respaldo de un premio y de un grupo político para tener más dinero y más poder, para que su trabajo sea “más literario”.
Riera señala: “Por su parte, Carmen Balcells, siempre pronta y eficaz, escribió a Lundkvist el 9 de agosto de 1980 una carta que muy amablemente me proporcio-nó un amigo de Francisco Uriz”.
Por razones de espacio, me gustaría reseñar sólo aspectos esenciales de la misiva:
Distinguido amigo:
Alguna vez leí en L’Europeo un comentario de que a García Márquez le falta un libro para obtener el Nobel y tengo la corazonada, e incluso la certeza, de que esa obra también puede ser la que tenemos entre manos.
En efecto, tengo en mi poder, como agente literario de este autor, el original inédito de una nueva obra narrativa titulada Crónica de una muerte anunciada.
El autor ha declarado públicamente en diferentes ocasiones que no publicaría ninguna nueva producción narrativa hasta la caída de Pinochet. No sé qué cosa imaginar para decidir al autor a que publique su libro. En realidad, pienso que lo ha hipotecado, y que dejándolo inédito ahora que ya está terminado, lo convertirá en un involuntario homenaje al general Pinochet, pues tengo la convicción de que gracias al contacto con sus lectores, a través de su nueva obra, el contenido político de su promesa podría difundirse mejor y ser de provecho.
Por eso he tomado hoy la decisión de mandar copias del manuscrito a todos los editores extranjeros de García Márquez y a un reducido número de personas, entre las cuales he permitido incluirlo a Vd., con la esperanza de que esta primicia, que en cierto modo es un infidencia de mi parte al autor y que ruego a usted considerar como confidencial, será en todo caso de su agrado y que la lectura de esta obra le permitirá disfrutarla al tiempo que podría juzgar sus cualidades y la maravillosa maestría de este escrito”.
Para mí es evidente que muchos premios “importantes” y/o “trascendentales” se arreglan entre agentes literarios, jurados y editores; muchos premios se trabajan desde afuera de los márgenes del oficio escritural. Antes lo dudaba, ahora no. Sé de cierto que la razón por la que algunos autores ganan “prestigio” casi nunca está ligada a la literatura.
@Federí Vite
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