EL-SUR

Miércoles 12 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La Montaña como bandera de los políticos

Tlachinollan

Diciembre 28, 2020

Desde que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), presentó su informe sobre las escandalosas condiciones de vida en que se encuentra la población indígena de México, los candidatos a la Presidencia de la República han tomado como bandera a la Montaña para identificarse con la población más pobre del país. En julio del 2005, el presidente Vicente Fox visitó Metlatónoc después de conocer el informe del PNUD que señalaba que este municipio se ubicaba en el índice más bajo de desarrollo humano, comparado con los países de África subsahariana.
En esa fecha, el entonces presidente visitó a la indígena Angelina Vázquez Rojas, para mostrar su cercanía con las familias más pobres de México. Ahí probó las grandes tortillas que acostumbran cocinar las mujeres de la Montaña. Desde hace 15 años, el entonces secretario del ramo Julio Frenk se comprometió a revisar todos los centros de salud de la Montaña, para proceder de inmediato a su reparación y equipamiento para brindar servicios de salud de calidad. Por su parte, el secretario de Educación Reyes Tamez Guerra anunció que enviaría pizarrones computarizados para que todas las escuelas de la Montaña estén equipadas y que se programaría en ellos las lenguas indígenas que se hablan en la región. A la secretaria de Desarrollo Social Josefina Vázquez Mota, le pidió que garantizara la continuidad del Programa Oportunidades. Aprovechó la ocasión para anunciar el programa de Estufas en Alto, con el apoyo del empresario Ricardo Salinas Pliego y la fundación Vamos México, presidida por Martha Sahagún, la esposa del presidente. También asumió el compromiso de garantizar que todas las casas de las familias pobres cuenten con piso firme. Todos esos programas quedaron sin aplicarse y los millones de pesos que empezaron a llegar a los municipios despertaron la codicia entre los partidos y facciones políticas que hasta la fecha se disputan férreamente los cargos públicos.
El 19 de enero del 2006, el candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador inició su campaña en Metlatónoc. En este municipio anunció la aplicación de un “programa nacional de desarrollo social con participación de las comunidades indígenas”. Planteó que en cada región se definiría el programa para el combate a la pobreza. Protestó cumplir con todos los compromisos y dijo: “Vamos a empezar pagando la deuda con las comunidades indígenas, pues la paz es fruto de la justicia”. La población mayoritariamente indígena se volcó con mucho entusiasmo en apoyo a su programa de gobierno.
La Montaña ha representado ser no solamente un bastión de la lucha por la democracia con una población aguerrida dispuesta a pelear por sus derechos, sino también ha sido víctima de engaños y de abusos por parte de liderzuelos que se han especializado en realizar triquiñuelas para comprar y cooptar el voto de la población más empobrecida. Desde aquellas fechas, cuando el presupuesto federal empezó a fluir en los municipios, sobre todo en las regiones más pobres, se consolidaron los grupos políticos para hacer alianzas con los caciques regionales y estatales. Es parte de los usos y costumbres de la partidocracia, de que las candidaturas las decida el jefe de la facción política. Por eso las luchas intestinas son determinantes, porque de estas depende qué grupos y qué personajes pelearán las candidaturas para las diputaciones y las presidencias municipales. En esta disputa quienes menos cuentan son los ciudadanos y ciudadanas de a pie. Solo existen en las campañas y en el día de la jornada electoral. Es el modus vivendi de una clase política que se ha afianzado en los partidos, que son utilizados como franquicias que se venden al mejor postor.
Las comunidades indígenas de la Montaña han mostrado su casta de pueblo insumiso. A lo largo de los siglos han protagonizado cambios para liberarse del yugo opresor. Así lo hicieron en la Independencia y en la Revolución. Lo mismo se logró expresar con el movimiento disruptor que abanderó el maestro Othón Salazar, ondeando la bandera del Partido Comunista Mexicano (PCM) y bautizando a la región como la Montaña Roja.
Lo paradójico en este sistema de partidos es que quienes dan la pelea y hasta pierden la vida, es la gente del pueblo, que no busca un cargo público, sino que da la batalla para realizar las transformaciones de fondo. Esta historia se ha repetido de manera cíclica, causando graves daños y agravios a una población que sigue cargando con las promesas de los políticos que solo llegan para reivindicar su imagen y generar expectativas falsas ante una realidad que lacera la vida de quienes nacen y mueren en el surco.
Después de una cuestionada elección presidencial, Felipe Calderón Hinojosa asumió la presidencia a base de codazos y gritos de protesta. Fue muy claro el fraude electoral, sin embargo, la maquinaria del poder pudo más que la voluntad popular. En ese contexto, el presidente optó por visitar un lugar recóndito, que le diera respiro y le permitiera irse legitimando fuera de la ciudad. El 6 de diciembre del 2006 visitó Tlacoachistlahuaca, donde anunció el programa denominado Estrategia Integral para el Desarrollo Social y Económico de los cien municipios más marginados del país, para mostrar un perfil cercano a los pueblos indígenas. Optó por visitar un municipio gobernado por el PAN, para evitar cualquier protesta, utilizando nuevamente a la población indígena como bandera política.
En enero del 2014, Enrique Peña Nieto visitó Cochoapa El Grande, para anunciar el programa Cruzada Contra el Hambre, que arrancó en la cabecera municipal de Apango, municipio de Mártir de Cuilapan. En noviembre del 2013, después de las tormentas Ingrid y Manuel, que devastaron varias regiones del estado, Peña Nieto anunció un presupuesto de más de 45 mil millones de pesos para el Plan Nuevo Guerrero, que coordinaría la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, estando como gobernador Ángel Aguirre Rivero. Fue la estafa de la Montaña, la que hasta la fecha sigue padeciendo los estragos de una administración federal que se robó miles de millones de pesos para amasar fortunas de los políticos priistas encumbrados.
Han pasado tres sexenios y la población de la Montaña sigue ocupando los últimos lugares en los índices de desarrollo humano. Las promesas presidenciales fueron incumplidas, los presupuestos federales quedaron en manos de los altos funcionarios y los grupos de empresarios que trabajaron en contubernio, para continuar con el saqueo del erario público. Después de tres lustros, los servicios de salud siguen ausentes en las comunidades indígenas de la Montaña. La falta de medicamentos es la característica principal de estas administraciones, de robarse los fondos destinados para la salud y desentenderse de la deplorable situación que enfrentan los niños y niñas indígenas que mueren por desnutrición, y las mujeres que han perdido la vida por la falta de atención médica, ante las complicaciones durante el embarazo. El analfabetismo, lamentablemente, sigue marcando el destino de muchas generaciones de niños y jóvenes indígenas que no tienen acceso a la educación. Es el sello de la discriminación que favorece la explotación, el abuso y el engaño por parte de los políticos. Es un caldo de cultivo que les permite lucrar con la pobreza. El tema del hambre es secular entre los pueblos indígenas de la Montaña, sobreviven con la agricultura de temporal y se conforman con la cosecha del hambre, que no pasa de 300 kilos de maíz por cada temporada. Las secretarías destinadas a elevar la producción de granos básicos han dejado siempre de lado al pequeño productor, que es objeto de engaño y de clientela política. Los apoyos al campo siguen siendo insuficientes, además se mantiene el uso faccioso de estos programas. Son los que en ciertas circunstancias definen la votación, sobre todo el programa del fertilizante.
Por desgracia, a lo largo de cinco décadas no hemos tenido la fortuna de conocer un programa exitoso de los gobiernos federales, que se materialice en el mejoramiento de las condiciones de vida de las familias más pobres; en su nivel nutricional; en el abatimiento del analfabetismo; en la atención efectiva de los servicios básicos de salud; en la infraestructura hidráulica y un servicio de calidad de la energía eléctrica. Mantenerse en el aislamiento, sin puentes y con caminos pésimos, es el destino que la Secretaría de Comunicaciones y Transportes les ha impuesto a los pueblos indígenas de la Montaña. En el Coplademun, a las comunidades indígenas, los presidentes municipales siempre les va a regatear el presupuesto, y difícilmente les van aprobar obras millonarias. Para ellas solo hay pavimentación de calles, comedores comunitarios, fachadas de comisarías, techos para canchas de basquetbol y apoyos para sus fiestas patronales. Les niegan el derecho a solicitar dos o tres obras por año y se tienen que conformar con una, así como sacrificarse de no recibir nada, si la comunidad no lo exige.
Esta situación contrasta abismalmente con lo que sucede entre las élites políticas y económicas. Es claro que las disputas por las candidaturas no están centradas en hacer alianzas políticas, para revertir los escandalosos índices de pobreza, que cada año se profundiza entre las familias indígenas y guerrerenses. La reyerta está en los personajes políticos que lograron arribar a la recta final de las candidaturas, llevando tras de sí, una larga cauda de políticos improvisados, que solo le apuestan a que el jefe de su facción política sea el ungido. Los principios y el ideario político no importan, más bien saben que es parte de la liturgia del poder, del discurso que hay que utilizar para dar una buena imagen y para congraciarse con la gente.
En esta coyuntura política vemos desatados a quienes lideran la candidatura para gobernador. El sistema de partidos y de las alianzas políticas, sigue reproduciendo la pirámide del poder, donde supuestamente nuestra democracia esta cimentada en la voluntad ciudadana, sin embargo, en la práctica las definiciones de quienes serán los ungidos, queda en manos de los dirigentes políticos. Son las cúpulas del poder las que actúan con opacidad, y por lo mismo, se manejan de manera truculenta, siempre de espaldas a la sociedad y buscando el interés del grupo dominante. Esa perversidad es lo que contamina el proceso electoral, porque son otros factores e intereses ajenos al interés de los ciudadanos y ciudadanas que se involucran en este proceso, los que marcan rumbo de quienes traen los candidatos o candidatas. Independientemente de la simpatía que se pueda tener sobre estos personajes sus trayectorias distan mucho de lo que requiere y demandan el pueblo pobre de Guerrero. No se vislumbran en sus historias de vida compromisos serios con la población pobre, más se manejan en el nivel de las élites y su desempeño público, solo ha sido cuando tienen sueldos estratosféricos. Por eso, la desconfianza acecha entre las cúpulas partidistas, porque prevalecerán los intereses facciosos por encima de lo que realmente necesita el pueblo de Guerrero. La Montaña es un ejemplo nacional.