EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La noche en Iguala

Silvestre Pacheco León

Junio 12, 2016

Aquella noche, Suria, Elba y yo bebimos y cenamos en Iguala charlando animadamente sobre la suerte de habernos reencontrado ejerciendo con pasión y entrega el trabajo de reporteros, corriendo todos los riesgos que la profesión entraña en el país y especialmente en Guerrero.
Con la euforia provocada por el alcohol y las ganas de quitarnos el estrés cada quien contó algún episodio en el que estuvo en riesgo su vida.
Elba no podía creer nuestra experiencia en la Costa Chica a manos de los criminales que nos mantuvieron secuestrados.
-Se salvaron de milagro.
-Nos salvamos porque no nos rendimos, le dije, porque en un episodio como el que pasamos, quien se rinde, se jode.
-Cuando nos toque morir hay que hacerlo con dignidad, pues al fin para morir nacimos, dijo Suria ya con la exitación del tequila.
-Pues yo la única vez que me vi en peligro, ni siquiera era tan seria la situación, pero el miedo casi me mete en un problema mayúsculo. Fue en la caseta de Paso Morelos, en pleno día, un mes después de la desaparición de los normalistas, contó Elba.
-Venía de Cuernavaca manejando muy quitada de la pena –contó- y casi llegando a la caseta alcancé un autobús de pasajeros que ya no pude rebasar. Apenas se detuvo para pagar cuando salieron y la rodearon no menos de 20 jóvenes deteniendo el tráfico. Ni siquiera integré que estaban desarmados, sólo vi su corte de pelo a rape, todos con tenis y playeras, algunos con tatuajes en el cuerpo. Seguro son sicarios, pensé, mientras veía la posibilidad de regresarme con una maniobra rápida. Nos van a asaltar, concluía mi razonamiento, y hasta me veía bajada del auto con violencia, despojada de mis pertenencias, obligada a caminar por el campo. Con el corazón dándome un vuelco intenté prender el motor olvidando que estaba en marcha. El ruido del carro al dar vuelta la llave hizo que tres de los embozados más próximos voltearan. Fue su mirada la que me salvó porque me di cuenta que ninguna se ocupó de mí. Entonces entendí que no estaban asaltando, y más bien dejaban pasar a los autos sin pagar, porque su propósito era secuestrar autobuses. Eran estudiantes de Ayotzinapa secuestrando camiones.
-Cuando me tocó turno para pasar entregué con gusto la cuota de peaje a los que boteaban, y apenas me contuve porque me dieron ganas de bajarme y de abrazarlos disculpándome porque los había confundido con sicarios.
-Lo que pasa es que después de lo ocurrido en esta ciudad el miedo se apoderó de todos, le dije compadeciéndola.
-No de todos, porque los familiares de los desaparecidos dicen que a ellos hasta el miedo les quitaron.
Nuestra plática seguía amena cuando nos dimos cuenta de que la única mesa ocupada que quedaba era la nuestra, decidimos que era hora de retirarnos.
Los tres salimos satisfechos del restaurante por la atención en el servicio y la calidad de la cena, la alegría fue a cuenta del tequila.
Si no hubiera sido porque el sentido común nos indicaba que lo más conveniente era encaminarnos al hotel, con gusto podíamos habernos seguido de antro en antro.
-No olvidemos que una de las conquistas de nuestro gremio es considerar el alcoholismo como una enfermedad profesional, les recordé.
-El alcohol cura el estrés, siguió Suria.
-Pues los especialistas dicen que levanta el estado de ánimo sólo si lo tomas con reserva. Las beta- endorfinas nomás necesitan poquito para quitarnos el estrés y ponernos eufóricos, pero aunque no es nuestro caso, me siento feliz, concluyó Elba.
-Festejemos entonces que somos prisioneras de las beto-endorfinas, dijo Suria riéndose de buena gana.
Esa noche sería la primera vez que compartía habitación con dos mujeres que sucesivamente habían tenido una relación íntima conmigo y que, por lo visto, cada una deseaba reanudarla.
En el corto camino al hotel me faltó tiempo para pensar en algún estratagema que me sacara airoso de la situación, sin tener que comprometerme con una, quedando mal con la otra.
Sólo tuve tiempo para recordar la escena con Elba a la hora del helado y pensar en la respuesta que le estaba debiendo.
No era la primera vez que me reclamaba la “rara” manera de quererla.
-El mundo se puede estar cayendo y tu sigues tan campante.
Su reclamo cuando vivíamos juntos era constante y la verdad siempre se quedó insatisfecha con mis respuestas.
Nunca me había dado tiempo había de mirarme introspectivamente en mi relación con las mujeres. ¿Será que nunca me he enamorado realmente?
Esa podía ser la explicación de que sólo me esforzaba en quedar bien con una mujer mientras duraba la conquista, y después mi interés se desvanecía.
Creo que era Octavio Paz quien decía que hay hombres de veras negados para amar. Nos quedamos en la conquista, en el placer de la posesión, pero le huimos a la entrega que el amor reclama como recíproca.
Mi experiencia con Elba ya la he contado. Muy atenta, solidaria y servicial. Un encanto de mujer, con amplia cultura, y unas ganas enormes de confrontar siempre sus opiniones y puntos de vista con pasión y argumentos. Nunca quedaba satisfecha en una discusión, porque le parecía que yo era condescendiente al darle la razón, que no me convencía. Mis pensamientos iban y venían con ése tema camino al hotel.
Cuando llegamos y abrimos la puerta de la habitación ya me había resignado a que sucediera con mis amigas lo que tenía que suceder y que el mundo se arreglara como pudiera.
De la manera más natural Elba y Suria se acomodaron en una cama, y de pronto éramos los tres ocupándola.
Seguimos en la plática animada hasta que Suria dijo que no cabríamos todos en la cama.
-Bueno, échense un volado para ver quien de las dos se va a la otra cama, dije en broma.
-¿Y si las juntamos?, respondió Elba siguiendo la broma refiriéndose a las camas.
-Bueno, a mí realmente me cuesta trabajo dormir sola, dijo Suria.
Iba yo a contestar que mi solidaridad estaba para eso y más, cuando Elba se adelantó.
-Dormiremos las dos juntas, así no incomodaremos a Pedro.
-Pero es que yo tampoco puedo dormir solo, dije riendo.