Esthela Damián Peralta
Febrero 17, 2026
Hay momentos en la vida pública de un país en los que la discusión política deja de ser un intercambio serio de ideas para convertirse en un ruido constante que busca confundir más que aportar. Desde que llegó nuestra Presidenta Claudia Sheinabum, hemos visto con claridad cómo la oposición decidió refugiarse no en la autocrítica ni en la construcción de propuestas, sino en los brazos de intereses externos. Basta escuchar sus declaraciones para entender que su estrategia no ha sido pensar en el país, sino apostar por la descalificación permanente.
El problema de fondo es evidente: una oposición sin agenda difícilmente puede conectar con el pueblo. Durante años se acostumbraron a habitar la élite, a moverse en círculos de poder donde las decisiones se tomaban lejos de las familias mexicanas. Esa distancia que les impide comprender qué piensa, qué necesita y qué busca la gente es evidente. No se trata solo de un problema político, sino que se trata de una profunda falta de sensibilidad social. Cuando no se escucha, cuando no se camina, cuando no se entiende lo que buscan las y los mexicanos lo único que queda es la crítica vacía.
Por eso no sorprende que algunas voces recurran sistemáti-camente a los temas mediáticos del momento para lanzar señala-mientos estridentes; es lógico, la oposición no representa al pueblo, representa a la cúpula, aún no se dan cuenta que perdieron el poder desde 2018. Se repite la vieja lógica de pensar que el “león es de su condición”, asumiendo que donde gobierna un proyecto distinto necesariamente hay impunidad o falta de castigo. Sin embargo, la justicia no puede reducirse a percepciones ni a narrativas construidas desde la confrontación política; es un proceso institucional que exige independencia, legalidad y responsabilidad.
En un Estado democrático la justicia debe sostenerse en pruebas, procedimientos y garantías, nunca en intereses coyunturales ni en juicios anticipados. Ese ha sido el principio que se ha sostenido desde el gobierno federal, impulsado además por el liderazgo de la Presidenta, quien ha insistido en que la ley debe aplicarse con igualdad y sin concesiones.
Cuando la justicia se entiende desde esta perspectiva, queda claro que muchas de las narrativas que impulsa la oposición en redes sociales, a través de información imprecisa o voces que privilegian el escándalo sobre el rigor, no buscan genuinamente informar con veracidad, sino influir en la percepción pública desde la desconfianza. Sin embargo, pasan por alto algo fundamental: la ciudadanía de este país ha cambiado. Hoy es una sociedad más crítica, más consciente y con mayor capacidad para distinguir entre los hechos y la manipulación.
Así, en esa misma lógica de construir percepciones antes que discutir realidades concretas se traslada a otros temas del debate público. Ahí está, por ejemplo, la discusión sobre la llamada reforma electoral. Hemos escuchado declaraciones y más declaraciones, etiquetas de todo tipo, advertencias catastróficas y llamados a rechazar algo que ni siquiera existe aún en términos concretos. La pregunta es inevitable: ¿qué se critica exactamente si no hay un documento que analizar? La política responsable exige debate informado, lectura seria y argumentos verificables, no campañas de miedo basadas en especulaciones. Descalificar por adelantado solo evidencia la falta de propuestas y la necesidad de construir enemigos imaginarios para mantenerse vigentes en la conversación pública.
La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando observamos que, si hay cambios en posiciones políticas, se critica; y si no los hay, también. Es la lógica de dar “palos de ciego”, golpear por golpear sin rumbo ni propuesta. Esa actitud no construye democracia, solo desgasta la conversación pública y profundiza la polarización sin ofrecer soluciones reales a los problemas del país.
Gobernar nunca ha sido sencillo, y menos en un contexto global complejo. Sin embargo, vale la pena recordar que quienes hoy se presentan como críticos implacables tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron. Las políticas neoliberales que impulsaron durante décadas profundizaron la desigualdad, ampliaron la pobreza y beneficiaron a un grupo reducido que, en muchos casos, se enriqueció de manera ilícita al amparo del poder. Esa historia no se borra con discursos ni con campañas en redes sociales; está en la memoria colectiva de millones de personas.
Por eso sorprende –aunque quizá ya no tanto– ver cómo ahora intentan reinventarse sin reconocer sus errores. Recurren a estrategias que buscan desviar la atención de su propio pasado, porque saben que gobernar no es sencillo y que cuando tuvieron la responsabilidad, sus políticas neoliberales profundizaron la desigualdad, llevaron a millones a condiciones de mayor pobreza y beneficiaron a un grupo selecto del que ellos mismos formaban parte. Esa no es una oposición a la altura de los desafíos que México enfrenta; es una oposición sin estatura política.
El mensaje es claro, no se confundan. La política no se define en las burbujas digitales, se define en el contacto directo con la gente, en las conversaciones con mujeres, jóvenes y trabajadores que todos los días sostienen este país. Ahí es donde se entiende la dimensión real de las decisiones públicas y donde se construye legitimidad.
México vive un momento de transformación profunda que exige responsabilidad, seriedad y compromiso con la verdad. La crítica siempre será necesaria en una democracia, pero debe ser honesta y orientada a mejorar, no a destruir por consigna. Quien aspire a representar a la ciudadanía tiene la obligación de escuchar antes de hablar y de proponer antes de descalificar, pues la Presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado un precedente imborrable en las y los mexicanos a partir de la cercanía y responsabilidad pública que ha permitido mantener el rumbo en medio de un entorno complejo.
La historia reciente nos recuerda que los privilegios no pueden volver a ser la brújula de la política nacional. Hoy la conversación nacional debe centrarse en cómo consolidar un país más justo, más igualitario y más cercano a la gente. Y en esa tarea el pueblo sabrá distinguir entre quienes buscan un mejor país y quienes solo apuestan por sus privilegios, el ruido y la destrucción.
Nos leemos el próximo martes.
@EsthelaDamian