EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La pandemia como oportunidad

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 06, 2020

 

En este tiempo de cuarentena han aparecido una serie de necesidades que anteriormente eran invisibilizadas por el estilo de vida y por las inercias globales y locales. La cultura dominante occidental, tan individualista, mercantilista y consumista ha promovido necesidades artificiales y aún inhumanas que ahora estamos advirtiendo y, a la vez ha ocultado las necesidades más humanas y trascendentes. La reclusión colectiva que nos ha impuesto ese ente microscópico e invisible ha facilitado la atención a esas necesidades descuidadas y desatendidas en los seres humanos y en nuestros pueblos.
Necesitamos cambios, y cambios profundos en nuestro modo de vivir y de intervenir en el mundo. Este es el clamor de muchas voces. Hay que pensar en este tiempo como un parteaguas en la historia humana. Incluso, parece que emerge un nuevo paradigma que puede sustituir los modelos de vida, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento y las fuentes inspiradoras de la humanidad vigentes. El rumbo de nuestra historia puede cambiar si nos atrevemos a ser audaces y responsables de la misma.
¿Qué es lo que estamos entendiendo ahora?
Que necesitamos vínculos humanos de mayor profundidad, vínculos comunitarios y sociales que nos ayuden a vivir y a sobrevivir. El distanciamiento social como estrategia de prevención nos ha hecho sentirnos mal, necesitados y urgidos de esos vínculos, de la cercanía afectiva y espiritual. Es insoportable el aislamiento para tantos. La carencia del contacto físico, del espacio comunitario, del centro laboral, de las reuniones públicas y demás, nos hacen sentirnos disminuidos. Está a prueba la fortaleza de las personas y de sus entornos. Por eso mismo, están emergiendo carencias, heridas, disfuncionalidades y dificultades en la reclusión en el entorno familiar. Muchos vínculos interpersonales y comunitarios han resultado frágiles y se han manifestado dañinos. De suyo, el tejido social ha estado tan deteriorado por la inseguridad y por la violencia y por las tendencias individualistas vigentes. Y ahora lo podemos observar con más claridad. Necesitamos atendernos en cuanto personas, sobre todo las necesidades emocionales, afectivas y espirituales. Por otra parte, observamos que también hay fortalezas de vínculos en las iniciativas de solidaridad y de ayuda que se han ido generando en medio de la adversidad.
También estamos entendiendo lo que significa la necesaria interdependencia. Todos nos necesitamos y todos tenemos que asumir nuestras responsabilidades para el bien común. Nos estamos dando cuenta que las actitudes de irresponsabilidad de algunos, puede causar graves daños al conjunto del cuerpo social. Si una persona no se cuida poniendo las medidas de prevención, se convierte en un potencial contagiado, que ocasionaría mayores contagios colectivos. Eso mismo pasa con la violencia, con la corrupción y con la discriminación. Ese principio individualista que tanto se ha difundido, que pregona la libertad individual como absoluto tiene graves consecuencias. La vida de una persona no es neutral: o beneficia o daña a la comunidad. La libertad no puede ser absoluta. Tiene sus límites en los derechos de los demás y de la comunidad. También hay que decir que cada segmento social es interdependiente con los demás. Esa interdependencia puede ser nuestra fortaleza o nuestra debilidad. Por poner un ejemplo, la salud social de México está amenazada por sectores irresponsables que prefieren sus intereses violentos y corruptos. En este caso, el Estado no ha sido capaz de garantizar la interdependencia y la corresponsabilidad. ¡Cuánta educación necesitamos al respecto!
Estamos entendiendo también que hay tantas cosas que ya no funcionan o han caducado y que necesitan reconstruirse o reinventarse. ¿Qué podemos decir del sistema económico, del capitalismo que ha generado estragos históricos y que ahora resiente también el golpe de la pandemia? ¿Y qué decir de nuestra relación con el planeta? ¿Qué podemos decir de nuestra democracia? ¿Nos sentimos representados y está funcionando para el bien común? ¿Cómo advertimos la fortaleza de nuestras instituciones, de todas las instituciones? ¿Desde la institución familiar hasta las instituciones económicas como empresas y sindicatos? ¿Y las instituciones políticas, el Congreso, los partidos políticos, los gobiernos? ¿Están funcionando para liderar de manera adecuada las respuestas gubernamentales ante la pandemia? La pandemia puede ser un referente para hacer un juicio sobre ellas.
La globalización ha manifestado la “aldea global” en que nos hemos convertido. Pero ha sido enfocada, predominantemente, desde la perspectiva económica. El capital ha sido el gran ganón de este fenómeno con la invisibilización de las fronteras al poder financiero internacional. El gran problema actual es que se han endurecido, de manera abusiva y brutal, las fronteras para los seres humanos. Esto lo miramos, sobre todo, en las fronteras de los países ricos, aunque no exclusivamente, en los que hay campos de detención para extranjeros indocumentados. La cruel lógica de los nacionalismos sigue imponiéndose para salvaguardar los intereses de los países ricos.
Tenemos que entender que somos una gran familia: la familia humana. Así lo ha mostrado el coronavirus, que no ha respetado fronteras y ha resultado tremendamente democrático. No discrimina a nadie y va por todos. Y nos está mostrando que las fronteras nacionales son artificiales y, tantas veces impuestas por los poderosos. Somos una familia que incluye absolutamente a todas las razas, nacionalidades, religiones y sistemas económicos. Lo que sucedió hace unos meses a la población de un rincón de China, nos está afectando a nosotros ahora. Por eso tenemos que aprender a buscar los beneficios para toda la familia humana y no solo para algunas naciones, razas o pueblos. Todos navegamos en el mismo barco. O nos salvamos todos o naufragamos.
Eso mismo tenemos que pensarlo en los ámbitos nacional y local. Pensarnos a todos, sin excluir o discriminar. Se requiere ese pensamiento incluyente de mayorías y de minorías, de buenos y malos, de privilegiados y desprotegidos. Sólo así se pueden romper las dinámicas destructivas, como la violencia, la corrupción y la desigualdad. Hay que pensar en el bien de los empresarios uncido al bien de los trabajadores; en el bien de las autoridades ligado al bien de los trabajadores; en el bien de las ciudades vinculado al bien del campo.
Si en estos días de inactividad intensa nos dedicáramos a pensar de manera responsable, a cuestionar nuestras mentalidades y estilos de vida de cara a la fragilidad que mostramos ante la pandemia, saldríamos ganando. Con la pandemia vamos a tener muchas pérdidas, sobre todo humanas, que son las más lamentables. También tendremos pérdidas económicas, sin duda. Pero al lado de esas pérdidas podemos salir con ganancias. Y ganancias mayores que las pérdidas. Podemos abrirnos a una nueva mentalidad y a un nuevo estilo de vida, a nuevas relaciones, a nuevas actitudes, a una vida más saludable y abierta.
Si miramos la pandemia como una crisis que nos ofrece oportunidades, la pasaríamos mejor. Tomaríamos una actitud, ya no de lamento sino de búsqueda. Necesitamos mirarnos y mirar al mundo con los ojos de la razón pero también con los ojos del espíritu, a descubrir esas necesidades más hondas y esenciales que hemos olvidado para vivir con más dignidad y con más plenitud.