EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La Parota, desarrollo de alto riesgo

Jesús Mendoza Zaragoza

Diciembre 11, 2005

Hace unos días, de manera sigilosa, me preguntaba un comunero de Cacahuatepec en relación al proyecto de La Parota: “Quiero que me diga, ¿es bueno o no es bueno?”. Reconociendo el desafío de su súplica cargada de confusión, sólo atiné a responderle: “Yo no puedo decirle si es bueno o no, eso lo tiene que descubrir usted con sus propios ojos, teniendo en cuenta las palabras evangélicas de Jesús, ‘el árbol bueno produce frutos buenos y el árbol malo produce frutos malos, por los frutos lo reconocerán’. ¿Cuáles son los frutos, concluía yo, que el proyecto de La Parota está produciendo entre ustedes los campesinos?” Él se quedó pensativo y, lleno de pesar me contesta: “Son frutos muy amargos. Este proyecto nos tiene confundidos y divididos, tenemos miedo y no sabemos qué va a pasar con nosotros. Nunca antes nos habíamos sentido de esta manera”. De este modo, con el criterio de la enseñanza evangélica, el campesino sacó sus propias conclusiones.

Escuchando muchas historias de campesinos y campesinas de la región afectada por el conflicto de La Parota, cada vez se hace más firme la convicción de que este proyecto infectado de mentiras no promete nada bueno para los campesinos, quienes han sido objeto de abusos al estilo del viejo régimen político. La imposición de este proyecto ha tenido que recurrir a las formas más rastreras e inmorales para poder concretarse. Primero, la elaboración del proyecto al margen de los dueños de la tierra, en un clima de desinformación y de desprecio a la opinión de los campesinos; después vinieron las negociaciones con autoridades comunales y líderes naturales a espaldas de los mismos comuneros para manejar amañadamente el proceso de legalización del cambio de uso de la tierra, mediante múltiples engaños, la compra de votos y asambleas manipuladas.

Hay que decir que la CFE no convenció a los campesinos de las bondades del proyecto de La Parota al grado que tuvo que recurrir, mediante operadores de la CNC para ensuciar el escenario al grado de poner en alto riesgo el tejido social de muchas comunidades campesinas, donde el fantasma de la violencia está presente al quedar como resultado un campesinado dividido y hasta enfrentado. Esto quiere decir que los promotores de la presa no han tenido argumentos convincentes para los campesinos, tanto que han tenido que recurrir a métodos inmorales que promovieron la división entre familias y comunidades. Y aún se escudan señalando que los opositores son una minoría irracional y violenta para justificarse y para hacer avanzar sus planes.

Por otra parte, las autoridades federales y estatales o no están informadas de la situación real o han decidido apoyar una imposición de altísimo riesgo. Tendrían que revisar el asunto con más cuidado y aun preguntarse si sus operadores políticos están haciendo bien su trabajo. Tal parece que se han dejado seducir por un proyecto que promete magníficos indicadores macroeconómicos, pero no han valorado suficientemente el costo social de los mismos.

Si por una parte la planeación del proyecto ha estado infectado de abusos y mentiras, por otra parte Las Parota corresponde a una visión y a un modelo económico, de suyo adverso a los pobres. Mucho se ha propagado –mediante la publicidad– la idea de que del proyecto se desprenden innumerables beneficios como empleos, agua, energía eléctrica, en fin, desarrollo económico. Pero hay que advertir que invariablemente este desarrollo económico no se traduce en mejores condiciones de vida para los pobres pues, en sí mismo, lleva una dinámica excluyente. El desarrollo económico es siempre bienvenido con la condición de que incluya a todos, sobre todo a los pobres en sus beneficios. El Papa Paulo VI decía en la Populorum Progresio (El desarrollo de los pueblos) nº 34, que “todo programa concebido para aumentar la producción, al fin y al cabo no tiene otra razón de ser que el servicio a la persona. Si existe es para reducir las desigualdades, combatir las discriminaciones, librar al hombre de la esclavitud, hacerle capaz de ser por sí mismo agente responsable de su mejora material, de su progreso moral y de su desarrollo espiritual”. Al contrario, en la construcción de presas en México y en América Latina, hay una constante: beneficia a los privilegiados de siempre como una maldición.

El proyecto de La Parota está encerrado en una visión economicista, como si el desarrollo económico por sí mismo significara un real desarrollo humano y social. Pero las cosas no son tan simples. El impacto ambiental, que va a ser tremendo, dada la magnitud del embalse planeado, asegura riesgos para el ecosistema y la biodiversidad. No puede arrastrarse al medio ambiente hacia una catástrofe por el mero hecho de impulsar el desarrollo económico, pues los desequilibrios ecológicos, tarde o temprano revierten el mismo desarrollo.

Un aspecto ignorado, de manera demencial, es el cultural. La cultura campesina, ligada entrañablemente a la naturaleza es como el agua para los peces, todo un entorno que da sentido, resistencia, esperanza y anhelos de vida a los moradores de las comunidades. Imponerles una decisión que los expulse de ese entorno es como sentenciarlos a muerte. Esta manera de ver las cosas no es sensiblería sino una simple valoración de la sensibilidad y de la vida campesina, matriz de ricas expresiones humanas. Otro escenario sería aquél que, habiendo valorado este aspecto cultural, hubiera tomado en cuenta a los campesinos para este cambio y los hubiera preparado para el mismo con su plena participación. Pero el desarrollo económico no sabe de cultura ni menos de humanidad, no sabe de sentimientos ni de amores. Es frío y calculador de ganancias, solamente.

Los campesinos que se oponen a La Parota están en su pleno derecho, pues hasta ahora son los dueños de la tierra y no pueden ser tratados como estorbos para el desarrollo. Necesitan ser escuchados, pero con una escucha verdadera, con el corazón y con sensibilidad. Son portadores de ideas valiosas y de verdades ligadas a la sabiduría que han acumulado de su larga historia de sufrimiento y abandono. Ya es tiempo de que se les deje de tratar de manera despectiva y se les dé la oportunidad de hacer valer su derecho a expresarse y a poner en la mesa sus razones. Sería un error, en todo sentido, el imponerles a la fuerza un proyecto que nunca fue pensado para beneficiarlos a ellos. Graves daños se les han hecho ya con el juego sucio de quienes impulsan La Parota, pues la herida de la división campea por muchas comunidades y el riesgo de la violencia es muy visible.