EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La Pascua y el cultivo de la esperanza

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 17, 2017

De origen hebreo, la fiesta cristiana de la Pascua propone una visión de la historia humana a partir de la vida y del mensaje de Jesús de Nazareth, que culmina en el acontecimiento de su muerte violenta en Jerusalén. De hecho, la Pascua hebrea era considerada la fiesta nacional de Israel, una fiesta religiosa con un componente social y político.
En sus orígenes, la Pascua hebrea fue una fiesta agrícola, en la que se celebraba la cosecha de los primeros frutos de la tierra. En esas tierras desérticas y áridas no era para menos el obtener una cosecha que aseguraba alimentos para un año más. Se celebraban los frutos de la tierra que saciarían el hambre y garantizarían la supervivencia del pueblo. La Pascua agrícola celebraba la preservación de la vida y la victoria contra el hambre y la muerte. Por eso era la fiesta central de las antiguas tribus hebreas, que conmemoraba el paso del hambre a la bonanza de los frutos de la tierra, el paso de la muerte a la vida. En la primera luna llena de primavera, de acuerdo con el calendario hebreo, se congregaban las tribus y las familias a celebrar esta gran fiesta. Es por esa razón que la Pascua es una fiesta movible en el calendario occidental.
Después de siglos de esclavitud egipcia, más de mil años antes de Cristo, el pueblo hebreo atravesó el desierto para liberarse del yugo y, entonces, la Pascua  cambió su significado y se refirió, ya no a un evento agrario sino a la liberación política de Israel. De ese modo, la Pascua se convirtió en la conmemoración del paso de la esclavitud a la libertad, la salida de Egipto y la entrada a la Tierra Prometida. Justo en el camino del desierto se da un proceso de reconstrucción de un nuevo pueblo. No sería fácil dejar de ser un pueblo de esclavos para convertirse en un pueblo libre. A este paso se le aplicó el sentido de una Pascua, una refundación del pueblo de Israel con una constitución político-religiosa basada en el Decálogo y en una serie de normas religiosas con carácter jurídico que garantizarían una convivencia justa y fraterna.
Jesús es asesinado, precisamente, en la fiesta hebrea de la Pascua. Esa matriz hebrea se convierte en el contexto de la Pascua cristiana, que conmemora el paso de la Muerte a la Resurrección de Jesús. Jesús abre su horizonte más allá del proyecto nacional hebreo, hacia toda la humanidad. Su causa es universal y no nacional. Abraza las causas de todos los pueblos desde sus particulares coordinadas históricas de espacio y tiempo. Es ajusticiado por razones religiosas y políticas por los poderes constituidos en Israel. Pero, más allá de los motivos que ocasionaron su ejecución, él tuvo sus propias razones para aceptar decididamente este humillante destino. Aceptó morir como una decisión de fe y de amor. Su proyecto, el que predicó y propuso siempre no podía restringirse ni a causas nacionales ni a intereses de poder. El llamaba Reino de Dios a su propuesta de justicia y de fraternidad universal.
La Pascua cristiana celebra, pues, el triunfo de la causa de Jesús, que ni su muerte lo pudo detener. Celebra el triunfo del amor sobre la violencia, de la muerte sobre la vida. Celebra que todos los fracasos humanos no son definitivos y que siempre es posible esperar contra toda esperanza. La Pascua cristiana abre un horizonte más allá de la deprimente realidad que duele y humilla y vislumbra algo nuevo, la vida, la justicia, la paz como el futuro posible.
Tantos fracasos hemos experimentado, particularmente, en nuestro país. Pareciera que nuestra vocación es el fracaso. Hombres y mujeres fracasados por carencias y falta de oportunidades, dondequiera. Pueblos fracasados en su empeño de vivir con dignidad. Nuestros gobiernos han fracasado y se han arrinconado en la imbecilidad de la corrupción e impunidad. Y sólo promueven fracaso tras fracaso. Las reformas estructurales son un fracaso, las medidas para prevenir y contener la violencia también son un fracaso, los sistemas de educación y de salud van hacia el fracaso, sin remedio. Y tanto fracaso nos hace resignados y acomplejados. Nos hemos acomodado a nuevas formas de esclavitud, de enajenación y de despojo. Pareciera que no hay salida y nos condenamos a ese restringido horizonte del fracaso y de la frustración social.
La Pascua como paradigma judeocristiano plantea siempre la superación del hambre, de la esclavitud y de la muerte, a la vez que abre el horizonte de la libertad, de la justicia y de la vida. Pero hay que atreverse a mantener la esperanza, a pesar de todo, a pesar de las mil razones para la desesperanza. Hay que largar esa maldita resignación que tanto daño ha hecho a nuestros pueblos y hay que extirparnos ese gen del fracaso que llevamos en el alma para mirarnos de otra manera y reconocer nuestras capacidades para vencer nuestras frustraciones, nuestras rabias y los muros que nos han impuesto, tales como la corrupción, la impunidad, la pobreza y toda clase de abusos del poder.
Tenemos que convencernos y asumir que el fracaso no forma parte de nuestro ADN y que, aunque hayamos perdido tantas cosas no somos unos perdedores ni fracasados. La esperanza como actitud fundamental, como en los casos del pueblo de Israel y de Jesús de Nazareth, es la que tanta falta nos hace para cultivar el coraje de salir de la tierra de la esclavitud para pasar a la tierra de la libertad. Tanto bien nos haría cultivar la esperanza, que en las tradiciones espirituales, judía y cristiana, tiene un sitio fundamental.
La esperanza tiene que convertirse en parte de nuestro código genético si queremos un país mejor. Este no nos va a caer del cielo a punta de rezos si nos mantenemos con los brazos cruzados. Hay que meter las manos para que la esperanza no nos falte. Esta esperanza se cultiva en el corazón de las personas y de los pueblos haciendo un recuento de los recursos espirituales, culturales, sociales y políticos que ya tenemos. Y podremos darnos cuenta de que contamos con inmensas riquezas que nos hacen capaces de construir un mundo diferente.