Ángel Aguirre Rivero
Julio 18, 2025
Quienes alguna vez hemos participado en algún movimiento de lucha, alguna vez escuchamos la consigna “¡No pasarán!”, pero pocos saben del origen de esta expresión que nació producto del movimiento emancipador en contra del franquismo allá por el año de 1936, encabezado por Dolores Ibárruri Gómez, mejor conocida como La Pasionaria.
La Pasionaria era hija de un minero vasco, quien fundó en 1920, junto con otros líderes, el Partido Comunista de España.
Sus discursos eran apasionados, en los que exhortaba al pueblo español a luchar contra el general Francisco Franco, quien representaba las fuerzas fascistas, porque “es mejor morir de pie que vivir de rodillas”, decía La Pasionaria.
La Pasionaria tenía motivos personales para detestar a Franco al haber sido testigo de la represión en 1934 de la revolución de Asturias dirigida por mineros.
La historia de este personaje está tejida con el dolor de los oprimidos y la esperanza de los que no se rinden. Dolores Ibarra nació en un hogar humilde, en una España marcada por la desigualdad y el autoritarismo. En 1920, fundó junto con otros dirigentes el Partido Comunista de España, convencida de que era posible construir un país más justo. Su voz no era solo combativa, era profundamente maternal y solidaria; hablaba desde las entrañas del pueblo.
Cuando el general Francisco Franco se levantó en armas para imponer un régimen fascista, Dolores Ibarra no dudó en ponerse del lado de la República. Su célebre frase “¡No pasarán!” fue pronunciada en un contexto de asedio, de bombardeos, de muerte, pero también de firmeza moral. Con esas palabras no solo convocaba a la defensa de Madrid; inspiraba a resistir, a creer que incluso en la oscuridad más densa, el pueblo tiene la capacidad de levantarse. Decía también: “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas”, y en ello sintetizaba una ética que desbordaba ideologías: la dignidad como principio de vida.
Su legado nos recuerda la importancia de la participación política, de no permanecer indiferentes ante la injusticia, de reconocer que los derechos conquistados no son regalos sino fruto de luchas muchas veces dolorosas. Y su figura ha sido guía para generaciones de mujeres que rompieron el silencio, para trabajadores que se negaron a aceptar condiciones indignas, para pueblos que enfrentaron dictaduras, desapariciones y represión.
La Pasionaria no solo fue parte de su generación: fue y sigue siendo símbolo para las que vinieron después. Su figura trascendió fronteras. En América Latina, su consigna fue replicada por miles en dictaduras militares y en movimientos de liberación nacional. En el mundo moderno, aún resuena en protestas feministas, estudiantiles y sociales. Porque aunque hayan cambiado los nombres de los opresores, la causa de la libertad sigue siendo la misma.
Recordarla no es sólo un ejercicio de memoria histórica: es un acto de responsabilidad con quienes aún luchan. En un mundo que a menudo parece resignado al cinismo, volver a escuchar el “¡No pasarán!” es un llamado a la conciencia y al coraje colectivo.
Del anecdotario
Cada vez que voy a mi hermosa tierra, me nutren de nuevas anécdotas. Alguien muy querido para mí me compartía que hace muchos años llegó una partida de militares encabezados por un general de apellido Monroy, quien tenía fama de ser muy severo, drástico y, para algunos, hasta sanguinario.
Los ancianos platican que el general Monroy había pacificado la región a base de prácticas que hoy desde luego están fuera de la ley, pues a la salida del pueblo, en los frondosos árboles conocidos como “Parotas”, el general colgaba durante tres días a quienes cometieran alguna fechoría, y cuando el cuerpo entraba en descomposición lo entregaba a los familiares para darles cristiana sepultura.
Sucedió que una Semana Santa, los muchachos de Ometepec acostumbraban aventarse unos a otros en las sillas voladoras, cuando a uno la cadena protectora no le funcionó, por lo que el jovencito salió por los aires, ¿y qué cree que pasó? Que fue a dar justo al abdomen del general Monroy, quien se encontraba apreciando el espectáculo de los juegos mecánicos.
El golpe en la panza del general, quien era bajito y con un abdomen pronunciado, fue tan severo que se desmayó ipso facto, tirando su gorra por un lado, sus insignias por otro, mientras un grupo de señoras le daban a respirar alcohol, ajos y cebollas para que volviera en sí.
Después de cerca de veinte minutos, el general reaccionó y lo primero que hizo fue desenfundar su pistola: ¿Dónde está el cabrón que me pegó? –decía, hecho un energúmeno. ¿Dónde? ¿Dónde está?… ¡Porque lo voy a matar!
Un maestro del pueblo llamado Uriel, a quien el general le guardaba cierto respeto, le explicó la situación: –Mire, mi general, se trató de un accidente. A usted nadie lo golpeó. Uno salió volando de las sillas y le vino a dar a su estómago por accidente.
Entonces el general Monroy insistió: –¡Lo quiero conocer!
Ya en la feria todos los muchachos habían desaparecido y al muchacho que le cayó en la panza muchos lo habían convertido en héroe, después de todas las tropelías que cometía el famoso militar.
La política es así…
PD. Muy triste regresé de mi Ometepec, pues los servicios de salud están pésimos, como nunca tal vez en su historia. En tan sólo seis meses han muerto más de 17 bebés. No hay instalaciones adecuadas, no hay medicamentos, no hay sondas, (sí, sondas). Aunque usted no lo crea, la gente tiene que comprar sus medicamentos; y nos presumen que el IMSS Bienestar está brindando un gran servicio. Nada más apartado de la realidad. Qué triste, qué triste. Qué rabia, qué rabia…