EL-SUR

Lunes 17 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La patria de unos cuantos

Adán Ramírez Serret

Septiembre 08, 2017

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha escrito una novela extraordinaria y polémica, Patria: una obra sobre el conflicto, sobre la explosión sangrienta del nacionalismo vasco. Una de las etapas más oscuras y controversiales de la historia reciente de España, la cual, por extraño que parezca, ha aparecido poco en la ficción contemporánea de esa nación.
Pienso que Patria retoma la tradición de la Gran Novela que hicieron algunos autores del boom latinoamericano. Por citar tan sólo algunas, me vienen a la mente Conversación en la catedral, La muerte de Artemio Cruz o recientemente, no del boom pero con su impulso, El ruido de las cosas al caer. Obras inmensas, casi totales, fundamentadas, inspiradas en un momento, en un conflicto real específico; novelas históricas que recrean un ambiente, un nudo en la trama de un país pero que son antes que nada, novelas, ficción amarrada a la historia de una nación.
Si bien Mario Vargas Llosa cuenta el comunismo en Perú, Carlos Fuentes la Revolución Mexicana o Juan Gabriel Vásquez el surgimiento del narcotráfico en Colombia; lo hacen por medio de historias que, hay que decirlo de nuevo, son ficticias; historias de individuos no de héroes. Así, Aramburu a partir de la historia de sus personajes, relata la vida privada de dos familias destruidas por el fanatismo –iba a decir fanatismo estúpido pero es una redundancia–, narra las tres décadas de diferentes vidas bajo las sombras de los terroristas de ETA.
Patria cuenta, pues, la historia de dos familias que viven en un pequeño pueblo en el País Vasco, las cuales tuvieron en el pasado una cercanísima amistad hasta que un evento turbio y las diferencias sociales, unos son clase baja y otros alta, los distancian.
La novela comienza con Bittori que tras declararse en 2011 el cese a la violencia, al conflicto entre los euskaras y el Estado español, acude al panteón a visitar la tumba del Txato, su marido asesinado por ETA, y decirle que llegó la paz y no hay culpable, que su homicidio fue en vano. La viuda decide también volver a la casa que abandonó luego de que su marido fuera asesinado, con el fin de saber quién fue el encapuchado que lo abatió a tiros.
El pueblo se encontraba en una calma aparente hasta la llegada de esta mujer que con su presencia les viene a refrescar a todos las culpas y naturalmente el pueblo entero quiere que se vaya.
La novela se interna en la grietas de las conciencias de los personajes, en donde descubrimos algunos grados de cobardía tales como dejar de saludar a los amigos por miedo a los nacionalistas y mitigar la culpa pensando que se les sigue saludando, pero en la mente, sin que el otro lo sepa.
Aramburu sigue las huellas que la vida y ETA dejaron en estas familias; amores destruidos por enemistades fanáticas y sueños colapsados por el asesinato de familiares. Pone el dedo sobre la llaga de uno de los problemas más fuertes de España, obviar el pasado. Aramburu al igual que Javier Cercas escribe sobre el pasado vivo que no puede/debe ser evadido, soterrado.
Patria con un gran sentido de la ironía nos muestra cómo el fanático sentir patriótico de tan sólo un puñado y que incitaba a la violencia, trajo sangre y resquebrajó familias. La patria de unos cuantos que destruyó generaciones.

(Fernando Aramburu, Patria, Ciudad de México, Tus-quets, 2017, 648 páginas).