EL-SUR

Miércoles 26 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La periodista subjetiva

Jorge Zepeda Patterson

Octubre 03, 2005

El jefe de bomberos afirmó que la oportuna intervención de la autoridad había resuelto la fuga de combustible que se encontraba en las alcantarillas. Los reporteros escucharon la declaración y se fueron a escribir la nota. Al día siguiente los diarios publicaron que “la oportuna intervención de los bomberos había conjurado el peligro”; a las 10 de la mañana algunos voceadores que vendían esos diarios volaron por los aires, junto con 8 kilómetros de calles de Guadalajara y otros cientos de víctimas. Pero Alejandra Xanic, una joven reportera escribió otra cosa. Conmovida por la indignación de los vecinos, cuando el jefe de bomberos terminó su rueda de prensa ella simplemente se fue a verificar la información. Se asomó a las alcantarillas de donde entraban y salían los bomberos y calibró la cara de pánico que mostraban. Cuando ella insistió en bajar al drenaje, uno de ellos le confesó extraoficialmente que aquello era una bomba de tiempo. Ella documentó los detalles. Sólo el periódico de Xanic publicó el riesgo inminente de explosión y alertó a sus lectores.

Más allá de la honestidad y profesionalismo de Xanic, que le valieron el premio nacional de periodismo en aquél lejano 1992, lo que ella demostró es la poderosa herramienta que representa el recurso de la verificación en el trabajo periodístico. A mi juicio esa es la mejor defensa contra el interminable debate entre la objetividad y la subjetividad en el periodismo.

Hace una semana escribí sobre el enorme impacto que tuvo la cobertura periodística de la tragedia sufrida en Nueva Orleans, luego del paso del huracán Katrina. Los reporteros fueron capaces de conmover al mundo y poner en entredicho a la Casa Blanca, gracias a su capacidad para transmitir el drama humano que se estaba viviendo en esos barrios abandonados por Dios (y por Bush).

Muchos de estos periodistas relataron con lágrimas en los ojos la desesperación y el hambre de los damnificados y confrontaron con fiereza las respuestas demagógicas de algunas autoridades. Además de la negligencia gubernamental, los reporteros hicieron evidente que la gran mayoría de las víctimas eran negras y pobres, mostrando de esta forma el racismo y la desigualdad que la sociedad se empeña en negar.

Una vez pasadas las aguas, se ha desatado una enorme polémica en todo tipo de foros en Estados Unidos sobre la carga emotiva con que los reporteros hicieron esta cobertura. Para muchos críticos de la derecha, la pasión mostrada provocó todo tipo de exageraciones y pérdida de “objetividad”. A su juicio, los periodistas carecieron de distancia profesional. Para otros, en cambio, la sensibilidad de los reporteros fue lo que permitió mostrar al mundo el grado de desesperación de las víctimas y propició que se acelerara la ayuda de las autoridades (que hasta entonces se empeñaban en minimizar los daños). Algunos aseguran que más allá de valorar si es mala o buena, la conmiseración y la indignación eran inevitables ante el sufrimiento de las víctimas.

A mi juicio, el buen periodismo o el mal periodismo tienen que ver menos con la carga emotiva y más con el procedimiento. La “objetividad” de un periodista para dar cuenta de un suceso no es una cuestión de “distancia emocional” ante los hechos, sino de aplicación de códigos profesionales a la hora de cubrirlos y relatarlos. Dicho de otra manera, un periodista con lágrimas en los ojos y rabia en la garganta pudo haber hecho un trabajo de reporteo impecable, al lado de otro igualmente conmocionado pero de trabajo chapucero y exagerado. El primero habría verificado las denuncias de las víctimas y dimensionado el problema; el segundo simplemente habría ilustrado sus quejas.

Lo que debe ser objetivo es el método de trabajo, no el reportero. El periodista es un sujeto, y por lo tanto es subjetivo. Como cualquier persona tiene ideología, gustos y apegos particulares. Lo que lo convierte en un profesional es la disciplina de verificar la información: buscar distintos testimonios y fuentes de información, indagar la naturaleza e intereses de esas fuentes, recoger los distintos puntos de vista, conocer técnicamente de los asuntos que se reportean. Justamente la constatación de los datos es lo que diferencia al periodismo de otras formas de comunicación como el entretenimiento, la literatura o la propaganda.

El periodista puede ser subjetivo en cuanto a sus motivaciones para cubrir un tema, pero debe seguir un método objetivo (por llamar de alguna manera a la aplicación de determinados estándares profesionales). De hecho la subjetividad, las filias y las fobias son herramientas útiles para investigar temas. La pasión por una causa, la reivindicación de una injusticia, son el combustible para algunos de los mejores trabajos periodísticos que conozco. Pero es útil sólo si va acompañado por un respeto aún mayor al propio trabajo periodístico: la obsesión por ser justo, por recuperar la evidencia independientemente del resultado de la misma. El debate público requiere información confiable. El buen periodismo está obligado a ofrecer las evidencias que alimenten la discusión de los problemas y la mejor manera de resolverlos.

El gran riesgo del periodismo, más allá del peligro obvio de la corrupción y la adicción de poder, es el cinismo. Los periodistas pasan tanto tiempo en contacto con los vicios públicos y privados, con la hipocresía de la vida pública, que terminan lastrados de la capacidad de asombrarse o conmoverse. Lo que sucedió en Nueva Orleans nos reconcilia con el mejor de los periodismos: aquél que tiene alma pero cultiva la técnica del rigor. La mayoría de los reporteros reencontró en la tragedia sentimientos de solidaridad y compasión por las víctimas, por los débiles; lejos de comprometer su trabajo, ello permitió una cobertura con una calidad y de una trascendencia como no se veía en muchos años.

 

([email protected])