Federico Vite
Agosto 26, 2025
En días recientes pensé con recurrencia en las palabras finales de la novela que más me agrada de Malcolm Lowry, Under the volcano (1947). Transcribo acá esas líneas en mayúsculas, porque así la dejó Lowry, porque así está en la edición íntegra:
“¿LE GUSTA ESTE JARDÍN?
¿QUE ES SUYO?
EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN”.
Traslado estas líneas a la reciente novedad que se suma al carácter épico de los acapulqueños. Un rasgo de ese temperamento es la defensa del Jardín del Puerto, llamado ahora Jardín del Arte. Y lo pienso no cómo una tragedia, sino como un efecto cíclico (e incluso humorista) que describe muy bien el estira y el afloja entre la sociedad y los gobernantes, la exigencia y la aceptación de un inmueble que se edifica en el puerto, un proyecto que no es para los acapulqueños. Usted dirá, eso ya lo sabía, pero a mi descargo responderé: Sólo había que constatarlo.
Por principio, se debe tomar en cuenta una cuestión esencial: en Acapulco nada funciona como debe funcionar y si a eso le sumamos que la 4T ha hecho de la opacidad un instrumento de gobierno (para efectos prácticos traigo a cuento una máxima de la alcaldesa del puerto, de cuyo nombre no quiero acordarme: “En Guerrero todo se puede”) en el que lo correcto es apenas una entelequia, no un acto de congruencia institucional emanado del Estado. Pero lejos de asumir que de nueva cuenta se lleva al puerto a la jaula de oro, para encadenarlo al turismo (nacional), pienso que las protestas, algunas con matices performáticos, como la del fotógrafo, promotor cultural y activista ambiental Luis Arturo Aguirre, quien se lanzó a las aguas del Malecón y nadó hacia la figura de mayor autoridad en el país para que pudiera escuchar las exigencias de los manifestantes, porque los acarreados no dejaron que los disidentes llegaran hasta la presidente.
Entre tantas manifestaciones de rechazo a la comercialización de los espacios públicos hay una triste novedad sobre las poquísimas áreas verdes en el puerto. Pero lo más interesante de todo esto radica en un aspecto horrendo: en la práctica no hay maneras legales para manifestar inconformidad por los malos manejos, no digamos comerciales, sino de capitalismo salvaje de la Administración del Sistema Portuario Nacional (Asipona), una empresa emanada de la Marina y que posee el título de concesión del Recinto Portuario Acapulco y la Zona Federal Marítima, cuya misión es “posicionar a mediano plazo al puerto de Acapulco como uno de los puertos más importantes en el sudoeste del país, fortaleciendo el turismo y el comercio exterior”.
Si uno lee con cuidado la misión de la Asipona, entenderá que los costeños no tenemos ni voz ni voto en esta renovación del capricho añejo, hacer de Acapulco un consorcio militar expuesto de manera indiscriminada al turismo, porque someterlo al “amigo turista”, ya lo sabemos, no va a cambiar la tétrica distribución de la riqueza en esta región, ni mucho menos generará un cambio para revertir un poco al daño ambiental de nuestra ciudad. ¿Cómo es posible crear un nuevo Acapulco sin tomarnos en cuenta? ¿Para qué?
En meses pasados hubo una especie de coloquio con ponencias y mesas de discusión para enriquecer los proyectos de corredores culturales del puerto, hubo mucho ruido y pocas nueces, como ha ocurrido en otros proyectos o reformas del partido político hegemónico en el poder, cuyo sometimiento me gustaría explicar con una frase: “A nuestras propuestas no se les mueve ni una coma”.
Ninguno de los coloquios ni congresos, ni reuniones en favor de este Acapulco en reconstrucción se vinculan a este proyecto, ni les interesa, porque ellos (Asipona, Marina) hacen y deshacen a su conveniencia lo que quieren; actúan así porque pueden y porque la hegemonía no se discute: se acata. Esto vivimos, porque nuestra épica tropical es grande, persistente y desgastante. ¿Cuáles son los frutos de esa lucha? Quizá la tradición del combate en nuevas y anchas pistas del ciclo interminable. Pero visto así, sería como ordeñar a una vaca que tiene poca leche.
Es la misma batalla de siempre. Se unen los creadores para defender un proyecto que ya debería estar bien fundamentado como un bien común (otros ejemplos de lucha son Feria de Libro, Teatro Domingo Soler, Casa de Cultura, Casona de Juárez, et al.), garantizado para las siguientes generaciones, pero acá se entiende de otra manera el patrimonio, como una suerte de épica inacabable que deriva en anécdotas de resiliencia. Nada más.
Puesto así, estamos tan lejos de la normalidad, de todo aquello que en teoría ya debería haberse dado por sentado para germinar otras cosas que no fueran la épica per se, sino los frutos de una labor cultural ordenada y progresiva. Cuestión que ya debería estar lista para que las siguientes generaciones no tuvieran que migrar, pero por alguna razón en Acapulco se repiten los mismos problemas y es justo por la disonancia cognitiva de los gobernantes que entramos en este ciclo interminable de lo inacabado. Ningún diputado, senador, ningún regidor, ningún político con tacto y sensibilidad ha tenido el decoro de mirar esto que no es tan difícil de atender: sentar las bases del futuro inmediato en materia cultural. No lo hacen porque ni lo entienden ni quieren entenderlo, además, les quita presupuesto, fama y poder.
Para los gobernantes, un Jardín de Arte es una idea bonita, coqueta e incluyente, algo políticamente correcto que en la práctica será distinto. Un proyecto que se hará con la venia de la presidente de la República, la gobernadora y la alcaldesa (del mismo partido político). Aunque las tres juren que habrá un 90 por ciento de vegetación y un 10 por ciento de concreto, yo tengo otra expectativa. Y veo otro resultado.
A mí me no resulta extraño que ni la secretaria de Cultura, Aída Martínez Rebolledo; ni el director de Cultura de Acapulco, Christopher Salgado Brito, hayan tenido la lucidez para opinar al respecto. ¿Por qué tanto silencio? Bueno, porque Asipona manda y los funcionarios referidos son parte del decorado. Lo mismo digo del secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Ángel Almazán; y del director de Ecología y Medio Ambiente, Miguel Balleza.
La Asipona tiene por objetivo estratégico “desarrollar infraestructura portuaria sostenible, con el fin de generar y desarrollar nuevas oportunidades de negocio, el cual generará una ubicación estratégica de comercio.
Incrementar la participación logística y la competitividad.
Impulsar el aprovechamiento de la infraestructura portuaria con servicios de calidad y ofreciendo seguridad y protección”.
Como bien nota, en estos lineamientos no hay ni ecología, ni arte, ni folclor, ni ganas de oír a la gente, sólo de comercializar lo que les dio como regalo el gobierno del estado. Habría que preguntarse entonces si en los contornos de esos lineamientos no se desnuda la verdadera intención del segundo piso de la 4T en Acapulco: apropiarse a toda costa del territorio para agrandar los grilletes del turismo.
Vuelvo a la idea de ese final de novela de Lowry. En aquel Acapulco de los años 50 los políticos del viejo PRI se apropiaron de las playas y montaron allí los hoteles para adueñarse de la bahía. También se apoderaron de algo invaluable: nuestro paisaje. Ahora los sucedáneos de aquellos infames son quienes nos gobiernan. La nueva mafia del poder es la misma que años atrás estaba peleando un hueso en el atril político y tenía un discurso distinto al actual, algo relevante para agrandar la disonancia cognitiva y el doble rasero ético con el que se conducen. Puesto así, las palabras de Lowry tienen mucho sentido: “EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN”.
@FederìVite