EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

La polarización occidental y el INE

Abelardo Martín M.

Noviembre 01, 2022

El llamado mundo occidental vive, sin duda alguna, la peor crisis de toda su historia, no solamente en los aspectos económicos, de liderazgo y preponderancia global, sino también en su cultura, sus valores y sus tradiciones. La polarización de la sociedad occidental, ya sea en los países más desarrollados o en los emergentes y retrasados, es constante y común denominador.
Causa y efecto de toda la problemática mundial, esta polarización exacerbada y creciente mantiene divididas no sólo a las comunidades, sino a familias y países. La mejor prueba, al menos la más notoria o evidente, es el resultado electoral en una gran mayoría de los procesos de selección de gobernantes. Ahí está el caso de la hoy ex primera ministra inglesa, Elizabeth Truss, quien duró en el cargo un poco más de seis semanas, o los resultados de las elecciones en distintos países. La sociedad y los países, salvo la gran mayoría de los asiáticos, se debaten en la polarización y la división aparentemente irreconciliable.
Lo que ha ocurrido antier en Brasil ha sido algo más que un nuevo triunfo de Luiz Inácio Lula Da Silva y su retorno personal a la Presidencia o el regreso de la izquierda al gobierno, después de sortear una larga, penosa y hasta dolorosa persecución que lo mantuvo preso no sólo detrás de las rejas, sino inmovilizado y con la pérdida de todos sus derechos políticos, después de haber ocupado el cargo más importante de su país, y de haber alcanzado un liderazgo a nivel internacional por su estilo personal, su desempeño político y una larga historia que hoy se prolonga aún más.
Con su asunción al cargo de presidente de Brasil, en enero próximo, una mayoría relevante de las grandes naciones de América Latina serán gobernadas por partidos y movimientos de izquierda en todas sus variantes, desde el régimen abiertamente socialista de Cuba hasta versiones matizadas por el fervor nacionalista como México.
La fuerza de esa oleada izquierdista no tiene precedente en la historia reciente, y tal vez sólo es comparable con los años en que se produjo el gran movimiento independentista del subcontinente, hace más de dos siglos.
Hace seis décadas, por ejemplo, la revolución cubana se encontró con el aislamiento en América Latina, sólo apoyada en la región por el gobierno mexicano.
Ahora, en cambio, los que lucen muy aislados en el contexto internacional son los gobiernos de derecha, que todavía los hay en algunos países, sobre todo en los más pequeños. Pero en la actualidad ni siquiera despiertan el apoyo desmedido que en otras épocas les otorgaba Estados Unidos, otrora siempre preocupados por los avances de los movimientos populares en la región.
Sobra decir que ese ascenso izquierdista fortalece a regímenes como el de Andrés Manuel López Obrador, el cual, pese a contar con una amplia base democrática que lo respalda, se enfrenta a los poderosos intereses que a lo largo del siglo pasado e inicios de éste dominaron el país, los que ahora no se resignan a la pérdida de su hegemonía en el Estado y en la sociedad.
En el caso mexicano, esa sinergia es más que oportuna para el movimiento encabezado por el Presidente, y puede convertirse en un factor fundamental para refrendar el triunfo que necesita en las elecciones federales que se celebrarán en poco más de año y medio, cuyo resultado determinará si la transformación emprendida en 2018 se consolida a lo largo de un sexenio más, o si sus adversarios retoman el poder y dan marcha atrás a todo lo logrado.
Tal vez por ello el primer mandatario ha adelantado los tiempos y en México se vive un ambiente de sucesión adelantada, con los precandidatos del partido en el poder en abiertas precampañas y obsequiándose patadas que antes eran por debajo de la mesa pero que ahora ocurren abiertamente, a la vista de todos, sin pudor alguno.
Incluso hacia el interior de su partido, hay quienes critican esa premura porque genera tensiones y desgastes innecesarios, mientras desde fuera la oposición lo ubica como una estrategia de distracción ante lo que considera fracasos y rezagos acumulados.
Visto en la perspectiva regional y en la dinámica de ese avance generalizado de la izquierda, queda claro que hay un anhelo de nuestros pueblos por un cambio profundo que le dé un nuevo futuro al continente y a cada uno de los países que lo integran.
Para asegurar el refrendo en las urnas es que el Presidente López Obrador ha retomado su activismo por todos los rincones del país; el pasado fin de semana estuvo con los yaquis en Sonora, y el anterior visitó Guerrero, en donde supervisó la construcción de caminos rurales artesanales y de sucursales del Banco del Bienestar, para hacer llegar con oportunidad los apoyos de los programas sociales.
En otros ámbitos también se dan avances en el cumplimiento de compromisos del actual gobierno. En el muy lamentable caso de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala hace más de ocho años, el fin de semana ocurrió la aprehensión del militar retirado Leonardo Octavio Vázquez Pérez, quien se desempeñaba como secretario de Seguridad Pública estatal cuando ocurrió la agresión contra los estudiantes.
Como en otros temas, el informe dado por el gobierno federal en las vísperas del aniversario de la noche de Iguala primero desató esperanzas de que se iría a fondo en el esclarecimiento del crimen y en el castigo a los responsables; luego las cosas han empezado a enredarse e incluso el fiscal a cargo del caso terminó por renunciar.
De cualquier forma, uno de los pendientes en esa materia era la aprehensión de uno de los personajes clave a quien se acusa de complicidad con el crimen organizado para desaparecer a los normalistas.
Regresando del foco guerrerense a una conclusión de fondo, en América Latina se vive un momento estelar, producto de la toma de conciencia de los pueblos sobre la necesidad de transformar su vida; está en las manos y en la inteligencia de sus gobernantes lograr la trascendencia de esos movimientos, y consolidarlos pese a los naturales claroscuros y contraposiciones que en la realidad siempre suceden.
Sin embargo, la polarización, la división, el rompimiento y la amenaza de violencia permanente son las constantes.
En México, uno de los debates más polarizados, sin duda, será en los próximos días la utilidad del Instituto Nacional Electoral, un organismo que requiere transformarse desde sus primeros años de su creación, objeto de diversas reformas para otorgar más recursos a los partidos políticos, no al enriquecimiento de la democracia, con una burocracia cada vez más onerosa y costosa, pero en torno al cual se pretende erigir banderas y posturas irreconciliables. Sí a la democracia, no a la burocracia, ambas premisas son posibles.