EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La primavera y la resequedad

Silvestre Pacheco León

Marzo 27, 2023

 

En mi pueblo la Primavera se vive y se notan las zonas de humedad con las plantas y árboles que florecen. Las aves se alegran y cantan a pesar de que en la mayor parte del campo domina la sequedad.
En este tiempo reseco tiene también su atractivo caminar por el campo a la hora en que menguan los rayos del sol, porque el espectáculo de la naturaleza sigue siendo llamativo por muchas razones que uno va descubriendo.
En el llano uno de los atractivos de este tiempo es encontrar los árboles que en la inmensa resequedad plomiza aparecen verdes, con su fronda como oasis de frescura en medio del desierto. Es el caso de los grandes árboles como las Parotas que luego de perder su follaje se cargan de sus peculiares y caprichosos frutos con figura parecida a las orejas humanas, crecen verdes y maduran oscuras tapizando el suelo para alimento de animales, y después los retoños llenan sus ramas como un portento de la naturaleza. En tiempos de hambre, como fue la época de la revolución, la gente se alimentaba con las semillas de estos árboles según contaban nuestros ancestros.
Los coscahuates que crecen generalmente en las barrancas e indican la presencia de agua subterránea están siempre verdes. En este tiempo comienzan a producir sus frutos verdes que crecen en racimos y ya maduros se tornan color café y se aprovechan para hacer jabón, especial para lavar ropa y de frecuente uso con fines medicinales.
El tallo de estos árboles es áspero, de un ligero verde y café, con manchas blancas y muy resistente, sus primeras ramas suelen crecer tan cerca y paralelas al suelo que dan ganas de subirse en ellas y desde lo alto recibir el viento fresco en el rostro.
Son un alimento espléndido para una especie de murciélagos cuyas semillas las esparcen en el llano.
Para disfrutar de ese espectáculo del contraste entre el verde de la humedad y el gris y plomizo de la resequedad, caminé una tarde en dirección al Volcán Negro, el más elevado de la cordillera, a 2 mil 600 metros sobre el nivel de mar, por la barranca más honda de la cordillera cruzando por las parcelas recién cosechadas y con el rastrojo en espera de que llegue el ganado.
Zona pedregosa por el efecto mismo del escurrimiento temporal que lleva la barranca, en un lugar que era para mí desconocido.
Unos toros cebú de color hosco salieron a mi paso y se acercaron peligrosamente creyendo quizá que llevaba algún alimento para darles, como sal o mazorcas, pero al verme blandiendo un leño se alejaron de mí.
Más adelante alcancé a ver la escena que en esta época se repite en muchos caminos del estado donde familias enteras dedican el día a cosechar las roscas que son los frutos de los guamúchiles para su venta o autoconsumo, otros de los árboles siempre verdes, refugio de pájaros que los buscan para alimentarse y prefieren para colgar sus nidos.
Toda su energía la guardan para florear y dar sus frutos para alimento y distracción de las familias que con sus largas varas de carrizo visitan estos árboles por los caminos polvorientos en la época de mayor escasez de agua en el campo
Los guamúchiles son árboles milagrosos porque con un poco de humedad, tierra y sol, nacen y crecen por su cuenta donde se les pega la gana y se defienden solos atenidos a sus espinas. La resistencia de estos árboles es proverbial porque crecen en la más larga resequedad y su aspereza sirve para hacer cercos. Sus frutos suelen ser dulces o amargos pero como alimento los pájaros no hacen distingos. Los guamúchiles crecen muy alto y resisten los vientos más violentos. Eso lo saben las primaveras y los luises cuyos largos nidos se mecen con el viento.
Ya en la falda de los cerros donde se escucha la campana del chivo macho van apareciendo los árboles de amate amarillo llamados también ficus petiolaris que lucen de color verde amarillo todo su tallo, casi siempre crecidos sobre una piedra, otro milagro de la naturaleza cuya raíz y el fruto tienen uso medicinal y son las avispas las que diseminan sus semillas.
Los huizaches también reverdecen en este tiempo reseco como los espinos cuyas vainas y retoños son el alimento preferido de los chivos, las cabras y los borregos.
Cuando una parcela deja de ser cultivada lo primero que sucede es la invasión de esta planta espinosa que se cierra en espesura y luego se convierte en una gran dificultad cuando se trata de tener limpio el terreno. Aquí la variedad más abundante es el huizache y el tepemezquite preferidos para la lumbre de las cocinas porque arden incluso verdes.
Los terrenos donde abundan estos matorrales son los preferidos por los pastores porque en ellos engordan y se llenan pronto sus rebaños.
Otros árboles verdes que son el contraste del plomizo color del campo son los cuahulotes, no confundir con cuajilotes. Los cuahulotes son del tamaño de un matorral, de ramas resistentes y correosas y hojas un poco aterciopeladas. Lo más atractivo de ellos, además de su sombra y frescura, son sus frutos negros y rugosos del tamaño de una pulgada y gruesos como un dedo pulgar, que tienen un néctar dulzón que se usa para curar la gastritis. Los chivos, las vacas, los cerdos y los caballos no lo saben, pero lo consumen como excelente forraje.
Con ese espectáculo voy subiendo por el también llamado cerro de Mezcaltepec hasta llegar al abrevadero alimentado por el escurrimiento superficial que baja la barranca. Este lugar se llama Las Pilas porque aquí los ganaderos construyeron pilas de concreto para almacenar el agua, propias para que los animales beban sin ensuciarla ni hacer lodazal.
La mala noticia es que se ha secado. No hay agua y ahora los animales tienen que recorrer largas distancias para beber.
Esto me recuerda lo que oí del poeta pampero argentino, Atahualpa Yupanqui quien decía que el secreto de la carne de res que exporta Argentina al mundo es que las vacas no andan en el campo buscando el alimento, pues su abundancia es tal que el ganado puede comer hasta hartarse sin casi moverse del lugar, por eso su carne es blanda y casi sin músculo. En cambio aquí los animales desarrollan músculo caminando hasta llegar donde hay agua y comida, por eso su carne es tan dura, aunque también diré que es esa característica la que le da el gusto especial a la carne y la leche del ganado criollo.
Sigo la cuesta y me pierdo entre los múltiples caminos que no son de humanos, sino del ganado, por eso conviene tener la perspectiva de donde se quiere llegar si no cuenta uno con su brújula.
En ese medio donde la vista se nubla por los arbustos encuentro en el mogote o chichón del cerro la guía que necesito para continuar. Imposible perderse siguiendo el filo izquierdo de la barranca.
En mi pueblo se cuentan muchas leyendas de ese lugar que sobresale en la ladera con una cima aplanada que ha dado pie a la afirmación de que se trata de un campo de aterrizaje de naves interplanetarias y de un centro ceremonial de las tribus originarias, pero lo cierto es que nada, ningún estudio serio hay del lugar donde se han encontrado vestigios arqueológicos, tepalcates y figuras de barro. De lo que yo vea en el lugar daré cuenta en una posterior colaboración.