EL-SUR

Sábado 13 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La protesta social

Silvestre Pacheco León

Febrero 28, 2022

 

La protesta social nació con la aparición de la propiedad privada en la historia de la humanidad como un recurso utilizado para manifestar la inconformidad ante hechos determinados y para exponer ciertas ideas o también para evidenciar públicamente alguna problemática particular.
La lucha de los pueblos es lo que ha permitido que los derechos sociales se extiendan y adquieran legalidad y legitimidad. Por ese medio y a través de largos años de insistencia se logró el reconocimiento del derecho de los campesinos a la tierra mediante una revlución y la jornada laboral de ocho horas con salario mínimo para los obreros, conquistas que ahora nos parecen mínimas pero que se lograron en largos años de sacrificios sin dejar de estar a la defensiva frente a los patrones que todo el tiempo buscan la manera de pagarles menos y que rindan más.
Pero el derecho a la protesta es también un logro reciente mediante el cual se ha conquistado la igualdad de sexos, la equidad de género y últimamente el de las mujeres a decidir sobre su cuerpo.
Sin embargo tampoco ha sido fácil conquistar el derecho a la protesta porque a pesar de formar parte de las garantías individuales siempre se busca reducirlo o nulificarlo mediante disposiciones reglamentarias. (Las autoridades por lo general establecen la obligación de avisar, o pedir permiso, cuando se trata de una manifestación bajo el argumento de tomar previsiones para evitar los atascos o embotellamientos del tráfico por la ocupación de las calles).
El grado de sofisticación de esas medidas que buscan anular las manifestaciones llegan a que las organizaciones señalen el propósito de manifestarse, la hora del recorrido y las vías a recorrer, requisitos que si no se cumplen dan lugar a la anulación de los permisos, sino es que a la misma prohibición de las acciones, aunque eso contravenga lo establecido en la Constitución.
Mediante el ejercicio de la protesta social, las manifestaciones y las acciones de resistencia se terminó la segregación racial en los Estados Unidos donde las personas de piel oscura eran consideradas de segunda, y a pesar de que la esclavitud fue prohibida en 1865 pasaron muchos años para que la raza negra adquiriera plenos derechos, aunque convive con el racismo y el supremacismo, que son conductas arraigadas y solapadas por el gobierno en aquel país.
Pero frente a la sociedad la protesta social tiene una connotación negativa porque la clase dominante la ha hecho ver como una distorsión, si no es conspiración para cambiar el orden de las cosas, creyendo que eso mismo puede hacer con el comportamiento humano de la clase dominada.
Pero la protesta social de inconformidad existirá mientras vivamos en un sistema injusto porque es un recurso de supervivencia del que dispone la sociedad aunque por radical que parezca nunca pone en entredicho las bases sobre las cuales se erige la explotación de una clase social por otra. Solo que como la clase dominante sabe que la protesta constituye el camino más inmediato para que la sociedad adquiera conciencia de lo injusto que está en su origen, que así como tuvo un principio tiene un fin, ha construido en la superestructura un andamiaje de instituciones para mantener y reproducir el sistema capitalista haciéndonos creer que es eterno, como lo investigó el marxista francés Louis Althusser quien en la década de los setenta del siglo pasado agregó al marxismo el concepto de “reproducción” del sistema capitalista cuyo papel está más allá de la esfera económica y se encuentra en la ideología donde instituciones como la escuela, la iglesia y el derecho cumplen la función de dar la lucha en el nivel de las ideas para demostrar que esa sociedad desigual será eterna y que más nos vale ajustarnos a su realidad.
La escuela educa y moldea a los estudiantes de acuerdo con las necesidades del capital, sin cuestionarlo como sistema social.
La religión refuerza al sistema capitalista inventando que todo sufrimiento en la vida será compensado después de la muerte, aunque no muestre ninguna evidencia de su dicho, pues son largos los años que dedicó al adoctrinamiento para lograr, bajo la amenaza y el miedo, que ella es la portadora de la verdad, revelada por Dios a sus representantes en la tierra.
Toda la estructura del derecho se asienta sobre la idea de reproducir el sistema injusto y desigual en el que vivimos aunque jurídicamente nos hagan creer que todos somos iguales ante la ley.
Quienes se han convertido en defensores a ultranza del sistema capitalista parten del supuesto anterior y atacan sin medida toda acción que ponga en entredicho la creencia de que es de origen divina la decisión de que unos pocos exploten la fuerza de trabajo de los más. Por eso la protesta social fue criminalizada y castigada con cárcel durante casi toda la historia en salvaguarda del orden legal impuesto por los dominadores.
La legalidad de las protestas, siempre en entredicho, sirve también como desfogue de la enorme energía social acumulada y como medio para identificar a los sujetos que potencialmente pueden causar estragos en su trama de dominación, esa podría ser parte de la razón de que se permita.
Recordemos que cuando el gobierno italiano de Benito Mussolini en 1926 encarceló al líder comunista Antonio Gramsci la expresión que confirma lo aquí descrito fue: “Hemos de impedir que durante 20 años ese cerebro siga pensando” pues Gramsci fue uno de los exponentes más lúcidos dentro de la izquierda que aplicó las herramientas de la teoría marxista para ir a fondo de la realidad italiana guiando a su partido para hacerse del poder en aquel país.
Los personeros que el sistema dominante tiene encargados de denostar y criminalizar la lucha social y a sus líderes siempre llevan el propósito de sembrar la idea de que toda protesta tiene un trasfondo dirigido a minar el “sagrado” estado de cosas sobre el que descansa el sistema de explotación vigente.
Si no queremos cerrar los ojos ante la realidad nos podríamos dar cuenta de que la cantidad de injusticias del mundo en el que vivimos son producto del sistema social que divide a la sociedad entre pobres y ricos como lo que se denunció en 1999 en el puerto de Seattle por el movimiento altermundista frente a los delegados de la Organización Mundial del Comercio bajo el lema “otro mundo es posible” denunciando que la riqueza mundial se concentraba en el uno por ciento de la sociedad que no tenía ninguna consideración para las naciones ahogadas en deudas externas impagables y los miles de millones de pobres, impasible al daño ambiental en que se basa la explotación de los recursos naturales.
En nuestro estado la protesta social tiene carta de naturalización y sobre ella se sustentan los cambios que han de venir, aunque las buenas conciencias lamenten las consecuencias que tienen los bloqueos de calles y carreteras para llamar la atención de las autoridades que no pueden limpiar de burocracia y corrupción el aparato gubernamental tan atrofiado.