EL-SUR

Lunes 27 de Junio de 2022

Guerrero, México

Opinión

La puta de Babilonia y el cardenal

Jorge Zepeda Patterson

Diciembre 26, 2007

 

In hoc signo vinces
Hace unos días el cardenal Norberto Rivera hizo sonreír a no pocas personas, cuando acusó a fuerzas malévolas: prostitutas y
toda clase de pervertidos de pretender difamar y socavar la honorabilidad de los santos ministros de la Iglesia Católica, cuando,
según el escritor Fernando Vallejo, desde que esta institución fue acogida por el imperio romano, se convirtió no sólo en un fiel
espejo de los vicios de cada época de la humanidad, sino, en ocasiones, en inspiradora de los mismos.
A principio de este año Fernando Vallejo (autor de La virgen de los sicarios, que fue llevada al cine por Barbet Schoroeder) publicó
el libro titulado La puta de Babilonia, un apretado recuento histórico sobre la Iglesia católica. Acostumbrados a leer sus libros de
ficción, ahora el escritor colombiano nos sorprendió con este relato histórico, donde en 317 páginas nos guía por los dos
milenios de vida de esta institución.
Sin desconocer su amplia investigación, Vallejo no nos dice nada nuevo; su obra es un amplio fichero de los horrores cometidos
por la iglesia de Roma en estos dos milenios, desde San Melquíades, hasta Benedicto XVI; persecuciones, torturas, despojos,
violaciones, sodomía, asesinatos, guerras, incesto, mentiras, calumnias, difamación y todo el catálogo de los vicios y crímenes de
que es capaz la humanidad.
¿Quién no sabe que durante mil 500 años, desde el Edicto de Milán, apadrinado por Constantino el grande en 313, hasta
nuestros días, la Iglesia ha sido cómplice y alcahueta del Estado y de los poderosos?; ¿Quién no sabe que de perseguida por el
imperio romano, la iglesia cristiana se convirtió en perseguidora de herejes, de musulmanes, de judíos, de indígenas, de brujas,
inventando para ello uno de los instrumentos más horrorosos de la historia de la humanidad, el Tribunal de la Inquisición, par
triturar conciencias y cuerpos?
¿Quién no sabe de la guerras santas llamadas Cruzadas, que terminaron con la vida de miles de soldados, mujeres, ancianos y
niños infieles, para rescatar el santo sepulcro? ¿Quién no sabe de los horrores cometidos con miles de mujeres acusadas de
infidelidad, y brujería, chamuscadas en las hogueras alimentadas por la mano del Dios cristino? ¿Quién no sabe de la complicidad
del Vaticano con Hitler en el asesinato de millones de judíos? ¿Quién no sabe de las bacanales y depraves del padre Maciel y su
legión de sodomitas y pedófilos? ¿Quién no sabe eso y mucho más?
Incluso Vallejo se queda corto, pues no siendo historiador, dejó de lado un sinnúmero de atrocidades cometidos por la
institución católica en miles de pueblos, ciudades, y todos los lugares del mundo, hasta donde ha llegado aquella a pastorear
almas. Si, desde Voltaire, todos sabemos que, como dicen los albigenses, esos ingenuos cristianos, masacrados por miles por el
papa Inocencio III y repite Vallejo, la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana es “La gran puta, la grandísima, puta, la
santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina….”, el opio de los pueblos, le llamaba Marx,
sólo que habiendo tomado Vallejo de forma personal las ofensas de la iglesia (“tiene cuentas conmigo desde la infancia y aquí se
las voy a cobrar”), al libro le faltó profundidad, densidad y contundencia, atosigándonos con gran cantidad de información sin
desmenuzarla ni darle contexto histórico.
Sin pretender defender a esta institución, hay que reconocer que, la Iglesia católica es todo lo que dice Vallejo y mucho más, pero
no se podría entender la historia de occidente y aún de medio oriente, sin profundizar en la historia de esta institución y sin la
doctrina cristiana, en general. Dice Leopol Von Ranke (Fondo de Cultura Económica): “En los primeros siglos nos encontramos
con un gran número de pueblos independientes. Viven al borde del Mediterráneo… las ideas de Dios y las cosas divinas tienen un
fuerte sabor local”. Pero todo cambia al surgir el poderío de Roma, “a consecuencia del dominio político confluyen todas las
religiones en Roma”, y agrega el historiador alemán que, arrancadas del suelo que les dio origen, estas religiones dejan de tener
sentido. Era necesario, entonces, encontrar una mitología unificadora. “En ese momento del mundo nace Jesucristo”.
En un mundo brutal, en el que la vida de un hombre pende de un hilo, en el que cada ser humano es ajeno a los demás, por
haber nacido en un pueblo distinto, surge, según Von Ranke “una fe que llama a todos y a todos acoge”. Si el término humanidad
es una creación histórica, tenemos que reconocer al cristianismo el mérito de haber sido el partero de este concepto.
¿Depredadora? Desde luego ¿Promotora de guerras de exterminio, disfrazadas de santas conquistas? Claro que sí ¿Enriquecida
con el sudor y la sangre ajena? Pero por supuesto, y no podía ser de otra manera, pues todas las instituciones, iglesias, escuelas,
partidos, prensa, son instrumentos del desarrollo del capitalismo, pero la iglesia, como las otras herramientas creadas por el
hombre, han sido generadoras también del arte, la literatura y, a regañadientes, el conocimiento. Omnipotente en la Edad Media,
cuando alcanza su máxima fuerza y el feroz control de las conciencias, la Iglesia fue, sin embargo, promotora y mecenas del arte
gótico; de las grandes sagas literarias medievales (recordemos el más bello monumento literario de la Edad Media. La divina
comedia), de la filosofía escolástica, de la que tal vez Vallejo diría que es un enorme edificio sostenido en mentiras, pero es un
escalón obligado en la larga escalera del pensamiento humano; todos estos son méritos que, para bien y para mal, debemos
reconocer a la Iglesia.
Todo esto no tiene porque evitar la denuncia de otras sagas, las de los oscuros amores del cacofónico padre Marcial Maciel y de
las docenas de pederastas con sotana, las riquezas acumuladas por el Opus Dei, las complicidades de la jerarquía católica con los
gobiernos de derecha y las campañas hipócritas contra el control natal, contra los homosexuales y la defensa de las causas más
atrasadas.
Como dijimos, el libro de Fernando Vallejo no agrega nada nuevo, sin embargo, no está demás en esta época darle una repasadita
a la historia de esta santa institución, para acompañar en su indignación al cardenal Norberto Rivera por el acoso de las malvadas
prostitutas para hacer caer en tentación a los hombres de Dios.

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