EL-SUR

Martes 24 de Mayo de 2022

Guerrero, México

Opinión

La reforma política en Guerrero

Héctor Manuel Popoca Boone

Abril 14, 2007

Lo primero que se necesita para llevar a cabo una reforma política es saber si los actores
políticos principales están dispuestos, junto con el pueblo, a promoverla hasta sus últimas
consecuencias. De lo contrario, que digan hasta dónde quieren llegar, para no perder
esfuerzo, tiempo y dinero.
Sobre todo tiempo, en virtud de que hemos gastado ya dos años de gobierno estatal. Si se
quita el último del sexenio, que es puro ajetreo político, quedan tres años; pero éstos,
además, están atravesados por el cambio del Congreso local y de los ayuntamientos; reste
como mínimo seis meses, lo que reduce aún más el tiempo para este proceso. No será
posible terminarlo.
La segunda cosa es saber si la reforma política se concibe como un divertimento político
más, de moda sexenal o un proceso trascendente para el estado. Preguntémonos
realmente si queremos ver el firmamento claro que se esboza; o tan sólo queremos mirar
lo fulgurante que provocaría, en algunos, en el Guerrero actual.
En otras palabras, se pretenden cambios cosméticos o transformaciones estructurales. La
reforma política en Guerrero no es, ni más ni menos, que poner de cabeza toda la
estructura organizacional de tipo gubernamental pública (aún cuando en artículos
posteriores veremos que eso no basta), para rearmarla según los nuevos tiempos y las
nuevas circunstancias que en lo político, económico y social demanda el pacto federal
mexicano en lo general y Guerrero en lo particular.
Para llevar una reforma política verdadera es requerimiento indispensable tener visión de
estadista y no únicamente obnubilación coyuntural; esto es, no se vale navegar entre las
olas sólo para estar en sintonía con los vientos que soplan hoy en día.
Partimos de que se efectuará como fruto de acuerdos básicos de las partes que integran la
sociedad sureña. Lograr consensos indispensables a partir de todas las expresiones
posibles y actuantes, incluyendo las cívicas. Lo plural enriquece, lo unilateral envilece a la
larga. Lo impuesto simula acatamiento; lo aceptado implica convencimiento.
Y aquí me refiero fundamentalmente a la participación civil y de los organismos no
gubernamentales, a los que no deben de concebirse como simples actores de reparto o de
buena coreografía. Hacerlo así, el daño sería grande, porque muchos ciudadanos son
reluctantes a la militancia política y no tienen otra vía de expresión más que sus
organizaciones y el eco que los medios masivos de comunicación les puedan obsequiar.
Del desdén que se les muestre deviene mayor incredulidad con las estructuras
institucionales públicas o semipúblicas. A las mujeres, pero más a los jóvenes e
indígenas, no los veo, no los escucho y no los leo. Y no porque no quiera hacerlo o porque
no tengan propuestas qué hacer en este proceso político tan importante para Guerrero.
Sencillamente no están participando como lo debieran de hacer.
Otra pregunta es si la reforma política en Guerrero se dará realmente dentro de un contexto
de democracia política; o la consulta popular en la que estamos participando será una
parafernalia meramente ritual. Porque posiblemente ya la tienen elaborada y acotada,
como muy a menudo sucede en la formulación de los planes y programas de desarrollo.
¿Cuáles van a ser realmente las funciones de la mencionada mesa de alto consenso, cuyo
nombre me recuerda a las Juntas de Notables que existieron en otras épocas menos
democráticas de la historia?
¿Se arrogarán de facto la facultad de decidir qué se aprueba y qué no se aprueba de las
propuestas de la reforma política? Ya hay contribuciones y propuestas valiosas, sin duda;
el problema estriba en si las van a tomar en cuenta o no. No hacerlo así, tendría una
consecuencia social frustrante y funesta.
¿A los promotores los tentará lo que alguna vez Lenin denominó el centralismo
democrático? ¿Ésa es la nueva base de la democracia renovadora, moderna o
meta-teórica? La disyuntiva está clara: una nueva constitucionalidad o simplemente una
modificación electoral, que les garantice a algunos mayores probabilidades de preservarse
y a otros de conseguir más poder.
Por último, pero no menos importante, ¿qué tanto están dispuestos a ceder o perder poder,
canonjías, influencias, impunidades, prerrogativas, de las que actualmente algunos gozan
y que pueden desaparecer con la reforma política? ¿Cuánta resistencia provocarán los
cambios por venir? ¿Estamos dispuestos a afrontarlos o a las primeras de cambio
recularemos? De todo esto dependen las posibilidades de éxito o fracaso de este esfuerzo
estatal, magno y loable.

PD1. Si el gobernar fuera tan sólo hacer ocurrencias, el Güiri güiri sería el gran estadista.
Pobre Acapulco.
PD2. El político, para preservarse en el poder, acepta ser falso y mentiroso. Con sus claras
y nítidas excepciones.
PD3. Pensándolo bien, yo me ubico en la izquierda snurf, por aquello de que soy un
masoquista social.
PD4. Imposible no manifestar públicamente la indignación que provoca el vil asesinato del
comunicólogo Amado Ramírez Dillanes. ¿Quién sigue? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿De qué
medio? ¿Cómo? ¿Por qué?

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