EL-SUR

Martes 30 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS

Humberto Musacchio

Enero 08, 2007



Cambios en el Consejo de la Crónica

Con un abrazo solidario para Eduardo Langagne.

Tiempos hubo en que la capital de la República contó con un cronista. Lo fueron por méritos indiscutibles Luis González Obregón, Artemio de Valle-Arizpe, Salvador Novo, Miguel León Portilla, que renunció, y Guillermo Tovar y de Teresa, quien propuso sustituir la figura del cronista por un Consejo de la Crónica que inicialmente quedó integrado por algunos intelectuales muy notables, otros no tanto y la mayoría de ellos ajenos a la historia de la ciudad. El Consejo nunca ha funcionado, no para los fines que se creó, lo que, hemos de suponer, ha llevado a decretar reformas legales en 1998 y 2000 sin que se hubiera ganado en presencia ni en productividad. El 7 de junio del año pasado se publicó en la Gaceta Oficial del Distrito Federal un decreto que reforma y adiciona la Ley de Fomento Cultural del DF, según el cual el Consejo de la Crónica de la ciudad se convierte en “órgano auxiliar y de apoyo del Sistema de Fomento y Desarrollo Cultural para el Distrito Federal”. Como lo sabe cualquier capitalino, dicho “sistema” es inexistente, pero la intención no es darle corporeidad, sino someter al Consejo de la Crónica a las reglas del juego burocrático que tan profundamente arraigaron en la Secretaría de Cultura con Raquel Sosa, quien ahora forma parte del ilusorio gabinete “legítimo” de Andrés Manuel López Obrador, desde el cual, a Dios gracias, no puede hacerle más daño a la vida cultural de la metrópoli.
¿Quiénes son ahora los cronistas?
La vieja estructura del Consejo de la Crónica daba cabida a los cronistas espontáneos de las barriadas, lo que permitía recoger valiosas historias sobre gente, tradiciones, lugares y monumentos. Ahora, el consejo de marras estará integrado por 17 “consejeros cronistas” que serán designados por el jefe de gobierno del DF, uno por cada “órgano político-administrativo” (delegación) y uno más por el gobierno del DF, que a través de esos personajes tendrá en sus manos el control burocrático de los cronistas “regionales”, como ahora se les llama a los de barriada. El nombramiento de los consejeros tendrá vigencia de seis años y será a título gratuito, pero eso sí, quedarán cesantes si se ausentan más de cinco meses de la ciudad, por enfermedad, lesiones o inactividad por tres meses o más. Si se observa bien, algún genio maligno redactó ese decreto que condena a la inactividad a ese consejo que nada podrá aconsejar, pues sus integrantes serán nombrados por dedazo, sin atender a su obra, único mérito que debería contar para acreditarlos como cronistas. No sabemos que se haya nombrado a los nuevos integrantes del burocratizado Consejo, pero muy a nuestro pesar suponemos que, al desaparecer la secretaría general, quedará fuera Ángeles González Gamio, la única cronista real que había en ese Consejo. Esa sí es una pérdida.
La lectura en encuesta de Mitofsky
Una reciente encuesta de Mitofsky contradice la idea de que cada mexicano lee en promedio un libro al año, o bien, aporta cifras que serán objeto de discusión. De acuerdo con la muestra, leen libros tres de cada cuatro capitalinos, uno de cada dos regiomontanos y 56.4 de los tapatíos. Del total de entrevistados, 60.9 dice haber leído uno o más libros en el año (2006) y 33.5 confiesa que ninguno. El 30.9 declaró que había leído entre uno y dos libros, una cantidad similar aseguró que leía tres o más títulos y 4.2 por ciento dijeron haber leído 11 libros o más (¡Felicidades!). Pero el gozo, si hay alguno, se va al pozo cuando nos enteramos de que el autor favorito es Carlos Cuauhtémoc Sánchez, al que siguen en las preferencias Gabriel García Márquez, Miguel de Cervantes y Octavio Paz. Para acabar de destruir todo optimismo, los que dicen que sí leen no recuerda cuál fue el último libro que tuvieron en sus manos, lo que permite suponer que menos recordarán de qué trata, pues lo más probable es que no lo hayan leído. ¡Lástima, Margarito!
El Colmex avala mentiras
John Emerich Edward Dalberg-Acton, más conocido como Lord Acton, es el personaje según el cual el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente (a veces tantito poder corrompe del todo). De ese autor, muy activo en la prensa británica del siglo XIX, El Colegio de México acaba de publicar, en edición no destinada al mercado, una pequeña gran obra: Surgimiento y caída del Imperio mexicano, texto traducido, prologado y anotado por Adolfo Castañón, quien llama El Ahuehuete a El Ahuizote e impone una mayúscula reverencial a la palabra imperio. El opúsculo contiene imprecisiones notorias, pero representa, también, el punto de vista de un historiador que anteponía sus prejuicios y el interés británico a la verdad. Dice, por ejemplo, que Napoleón III “se hundió en una guerra mano a mano con Estados Unidos”, lo que resulta insostenible, pese a lo cual Castañón afirma que el emperador francés fue “orillado por las fuerzas de Estados Unidos a retirar sus tropas de México” y aun agrega que, terminada la guerra civil en el país del norte, el despliegue de fuerzas unionistas a lo largo del Bravo “hizo inevitable la retirada del ejército francés”, a lo que agrega una verdadera calumnia, pues dice: “De ahí que todos los historiadores reconozcan la deuda contraída por el gobierno de Juárez con el ejército de Estados Unidos”. Se trata por supuesto de una mentira cabal, como lo prueba la negativa de Washington a que las fuerzas juaristas compraran armamento o parque estadunidenses. La calumnia es vieja y Juárez la rechazó en su momento, pero ahora se repite y lamentablemente El Colegio de México avala la falta de rigor histórico.
Breviario…
En esta ciudad, donde nació en 1915, falleció a fines de diciembre la pianista María del Carmen Castillo Betancourt, viuda del violinista Higinio Ruvalcaba y madre del escritor Eusebio del mismo apellido, a quien enviamos nuestro pésame. @@@ La Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados convocará en este mes a una serie de mesas redondas sobre la llamada Ley del Libro. @@@ El Museo del Templo Mayor cumple veinte años, pero el desastre urbano que desató la aparición de la Coyolxauhqui tiene nueve años más, pues la piedra fue descubierta el 23 de febrero de 1978 y entonces empezó la destrucción del área.