EL-SUR

Sábado 13 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

La reunión

Alan Valdez

Noviembre 05, 2022

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Para el Clem,
y sus tres semanas como jefe

Recibí el mensaje de mi amigo hace algunas semanas, y por primera vez en mi vida sentí un paralelismo enorme e inesquivable con mis padres. Me invitaba a una reunión con motivo del nacimiento de su hija. Parecería un gesto predecible el que a uno lo inviten a bodas o fiestas de bebés, pero la ocasión inaugural, donde ya no eres acarreado por tus padres y más bien te envistes con el rol de protagonista de esa invitación, quiere decir que se ha llegado a un momento de la vida sin retorno. Así que, como banderazo inicial, ahora mis redes sociales van a tapizarse, lento pero con contundencia, de fotos con personas en traje esperando que el arroz suspendido en el aire procure la fertilidad de los amantes que salen de una iglesia o fotos de ultrasonidos donde a menos que seas sonografista, no podrías intuir que una mancha también es una pierna, pero si por alguna razón eres sonografista, no sólo advertirías la pierna, sino también tendrías el ánimo de preguntarle a dos personas de sonrisa absoluta y monumental, si desean saber el sexo de la mancha.
La invitación era para un sábado. Acababa de pasar el día de San Judas Tadeo y en algunas calles aún quedaban huellas de los toritos, de los tamales en hoja de plátano y del atole que siempre es su maridaje perfecto, sobre todo si es en vaso de unicel; y de la liturgia de los borrachos que celebran al santo como si el cielo les hubiera sido garantizado esa misma noche, y entonces, la congestión alcohólica parece la forma más rápida de hacer pública su canonización Honoris Causa. Mi México, ¡carajo! Y como decía mi abuela o Cristina Pacheco en su programa del Canal Once, o las dos al unísono: “Aquí nos tocó vivir”.
Toqué el timbre del edificio E12. Una reunión con pocas personas. Algo sobre la amistad y la cercanía fue dicho. El abrazo y la felicitación por haber inventado la vida una vez más, a pesar de las contraindicaciones provistas por el capitalismo. Algo sobre las ojeras y el amor también fue pronunciado o el amor nos enunció a nosotros, aunque no importa mucho quién habló primero. No llovía, pero el cielo de finales de octubre ensayaba sus ademanes con un viento helado y gris, que insinuaba el diluvio con recato, pero aún así lo recuerdo hermoso, como sólo puede ser octubre reconociendo su final y en medio de todo eso, una madre aún recuperándose de un parto natural ocurrido hace menos de dos semanas, pero alegre o lo suficientemete alegre para presentarnos a su hija y a su novísimo, pero ya permanente cansancio. La bebé acostada en la cama, sin saber nada del mundo y sus nombres. De todas formas, qué debería ella saber de la violencia y los vicios que procura nombrar todo. Cuál obligación por entender lo que significa el olor metálico que es muy parecido al olor de la sangre, que siempre acompaña a las monedas. En fin, pensaba en todo eso con un pequeño dejo de envidia, porque obviamente al mirarla ahí tan dispuesta al descanso y al hambre, como el único motor de su existencia, me llegaba un recordatorio de la verdadera aspiración que nunca debí haber abandonado. Ni modo, nada que hacerle.
Cuando por fin acabé de quejarme de mis años y de impresionarme de sus manos tan pequeñas, que eran como dos frutas que aún no están listas para la mandíbula, regresé a ponerle atención a las palabras de los demás invitados. Las risas eran fáciles, una comedia procurada por observaciones que ahondaban en el recorrido del hospital, lo terrible que son sus salas de espera, la gelatina siempre ínsipida, al igual que los canales que no se pueden cambiar, y no se diga la raquítica condición de las tortillas que acompañan ese caldo de pollo que nos recuerda lo lento que es el cuerpo para perdonar la enfermedad, hasta que ya decide no perdonarnos nada.
Después la cosa se puso más seria, al hablar de las últimas veces que todos estuvimos internados. Así llegamos al dolor propio y, en consecuencia, enumeramos los diferentes nombres que se le otorgan al dolor ajeno para fingir que medianamente entendemos un poco de lo que le ocurre a los demás, aunque nunca sea cierto, y de ahí, pasamos a los apellidos del llanto, y ya cuando todo adquirió una solemnidad casi amarga, como la cera de los oidos, hablamos de las capillas de hospital, donde Dios, por alguna razón, siempre está mirando sin decir nada.
En la seriedad de esos últimos comentarios sobre el silencio de Dios, que fue interrumpido por el llanto de una bebé que apenas llevaba dos semanas en esta trama llamada horario de invierno, pensé en mis padres y en todas las reuniones de sus amigos a las que me habían tenido que llevar, seguramente porque no había quién me cuidara. Pensaba en mí jugando con algún otro niño, también llevado a ese ritual llamado adultos fumando y bebiendo mientras escuchaban clásicos instantáneos, como la canción del imprescindible poeta dominicano Wilfrido Vargas que decía “y que no me digan en la esquina, el venao, el venao”, en algún lugar borroso y en VHS de los años de 1990.
Niños polisones de una ceremonia que evidentemente no comprendíamos, pero que ahora yo replicaba con una risa que parecía coronar el parecido innegable con mis padres. Los espejos llegan de formas insospechadas. Este era mi espejo y lo que se reflejaba en él, era yo riéndome como lo hacían ellos, después de un comentario sobre la devaluación del peso frente al eterno y militar verde del dolar, la también eterna alopecia de Salinas, el supuesto heroísmo amarillo de Cárdenas, la muerte de Paco Stanley y la poderosísima cocaína que, por supuesto, conducen a recordar a Mario Bezares Mayito bailando el gallinazo, como una de las muestras más evidentes de decadencia pública que haya conocido la televisión construida para la tradicional familia mexicana, obviamente la canción del chupacabras y cada uno de los dientes falsos de esa bestia mitológica y corrupta, sobre todo corrupta, y los sonidos que hacía el teléfono cuando alguien estaba conectado al internet desde una computadora con Windows 95 y contando.
La reunión no sólo era para conocer a la hijita, sino que el pretexto concreto consistía en una ceremonia de entierro de ombligo y placenta, que estaba relacionada directamente con una tradición náhuatl, así que se dijo tlazohcamati, y algo sobre el fuego, las gracias y el amor que son lo mismo adentro de quienes articulan la palabra, nos fue entregado ahí en el patio compartido del complejo departamental que estaba en alguna parte de Iztapalapa. Yo jamás había escuchado sobre una ceremonía que tuviera en su campo semántico al ombligo y a la placenta de alguien, pero cuando comenzaron a explicarme sólo me invadió una sensación dulce, casi dorada como es la luz de las 4 de la tarde, cuando ya es noviembre y recuerdas que la felicidad puede ser un ciervo comiendo pasto mientras tomas de la mano a tu madre al lado de un río, y que otra de sus formas también es tu abuela explicándote porqué las flores de cempasúchil tienen el número de pétalos que tienen, y que morir no significa irse para siempre, sino aguardar a que el invierno termine del otro lado.
Me sentía genuinamente feliz por saberme parte de un momento iniciático en la vida de tres personas, que están preguntándose cosas nuevas sobre lo que significa habitar el aire y los colores de este mundo. ¿Cuántas veces puede uno ser parte del inicio de la historia humana? Y vimos los cuatro puntos cardinales, y en el piso había flores y fruta y olía a copal y todos eramos conducimos por una mano tan antigua como la misma mano que labró los cerros que vemos, y que a veces de tan lejos son azules.
Acabó la ceremonia, el primer ombligo de la historia había sido enterrado, y ahora funcionaría como fertilizante para un árbolito que la niña, al cumplir 13 años, tendría que asumir como la primera lección sobre lo que implica la permanencia y el cuidado. Se dijeron cosas sobre los árboles, sobre la forma en que las plantas entienden a la luz y también en lo muy agradecidos que estabamos todos después de haber vertido tabaco sobre el fuego. El primer fuego, el único fuego.
Regresamos al departamento, acostaron a la niña en la cobija más pequeña que haya visto y cuidaron que tuviera puestos en ambos piecitos los calcetines más pequeños que también hubiera visto en mi vida, y compartimos pan de muerto y mandarinas, y dijimos cosas como: les deseamos lo mejor a ustedes tres, cualquier cosa que necesiten no duden en marcarnos. Y nos dimos un abrazo de despedida, que era tan grande como otra montaña también azul.
Fui hacia el metro, había varias personas disfrazadas yendo a alguna fiesta con motivo del mentado Halloween. Recordé que yo nunca me he disfrazado, salvo cuando era niño en el festival de primavera. Un conejo corriendo en círculos celebrando el fin del invierno, seguramente el invierno al que se refiere mi abuela.
Me bajé en la estación Chabacano, salí a Calzada de Tlalpan. Vi muchas más personas disfrazadas y me pregunté si en realidad no eran disfraces y si más bien esa era la verdadera forma de sus cuerpos, y quise sorpresivamente mirarme. Y encontré el débil reflejo del polarizado de un auto y no me importó saber si había alguien del otro lado del vidrio. Aunque siempre hay alguien mirando ¿no? Me observé con pausa como hacía mucho no lo hacía, y vi en mí el hallazgo del rostro de mi padre y de mi madre, en una perfecta sincronía, como sólo una vez la tuvieron.
Ahora tengo más años de los que tenía mi madre cuando yo nací. Ahora ya casi tengo los años de mi padre cuando decidieron ponerme Alan. Me río como él. Me acomodo los lentes como él. Me preocupo del orden como ella. Y también abrazo a los demás como ella. Y en medio de ese silencio de sus nombres, es donde yo he fundado el mío, y a veces, torpe, porque así es uno, camino por las calles tratando de volver a casa, sin saber exactamente qué significa haber cumplido 30 años.