EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La roja insignia del valor

Silvestre Pacheco León

Marzo 07, 2022

 

Henry es un joven norteamericano que admira a los héroes de batallas narradas por los rapsodas de la Grecia antigua y sueña con ir a la guerra a probar su valentía, por eso se lamenta que aquellas hayan quedado para la historia.
Por eso cuando sucede la guerra civil en su país decide enlistarse aunque contradiga las advertencias de su madre.
El día de su partida es desconcertante porque habiéndose preparado para un drama de despedida mira que su madre le ha preparado su hatillo con un tarro de la mermelada que le gusta, recomendándole que sea precavido y obediente, que no se exponga porque su deseo es verlo de regreso con vida.
Henry marcha con cierto vacío en el corazón porque la ha visto llorar en silencio sin dejar el trajín de la finca, pero se siente satisfecho admirado por la gente en su uniforme azul y latón.
El soldado joven llega al teatro de la guerra para cumplir con el adiestramiento de rigor mientras transcurren los días en espera de ir al frente habituándose al estruendo de los cañones y el desfilar de las camillas con los heridos levantados en el campo de batalla.
Conforme pasa el tiempo Henry ya no está muy decidido a convertirse en héroe y piensa en la vida de la finca donde se respira paz y seguridad. Pero sus pensamientos quedan en suspenso cuando en su regimiento corre el rumor de que pronto serán movilizados al frente. Entonces la angustia lo invade y busca entre sus compañeros a alguien conocido para saber si le pasa lo mismo, pero al encontrarlo se contiene en su duda cuando el soldado alto se adelanta a cualquier comentario poniéndole en sus manos un paquete de cartas para que las envíe a su familia si al otro día no vive.
Así llega a la primera batalla luchando por sobrevivir mientras mira caer a muchos de sus compañeros en el inútil esfuerzo de contener la ira enemiga. Antes de reponerse del primer ataque escucha los gritos de advertencia sobre una nueva acometida tan violenta y letal contra la que ya no tiene fuerzas. Entonces el miedo se apodera de su voluntad y lo hace correr tras sus compañeros que también huyen para salvar sus vidas.
En poco tiempo Henry, liberado del peso de su rifle está ya en la punta de los que corren, cuando se encuentra un nuevo regimiento que marcha a la línea de fuego y ve con ello la oportunidad de regresar para descargar el peso de su cobarde huida, sólo para volver a correr ante una nueva acometida enemiga.
Así camina perdido en el bosque donde descubre que entre tantos heridos es el único soldado sano. Todos los demás muestran en sus cuerpos la roja insignia del valor como poéticamente se diría de los soldados heridos y sangrantes.
Henry sabe entonces que tarde o temprano los demás terminarán descubriendo su cobardía y traición y en adelante buscará la forma de ocultar su impostura a medida que se hunde en las mentiras.
Es cuando el soldado joven se da cuenta de que su experiencia en la guerra le ha servido para aprender que, igual en la vida, el ser humano actúa preocupado por lo que piensan de él los demás sin descubrir lo que es uno mismo.
La roja insignia del valor es el título de la novela más famosa de finales del siglo XIX en Estados Unidos. Formó parte de la lectura obligada para los estudiantes pre universitarios por muchos años, y es también la que descubrió a su autor Stephen Crane como un escritor genial quien según la definición entusiasta de su biógrafo Paul Auster, es “el principal responsable de cambiar el modo en que vemos el mundo a través de la lente de la palabra escrita”.
Paul Auster, también estadunidense, cuya obra publicada ha sido traducida a más de 40 idiomas y merecido infinidad de premios, se dedicó a investigar la vida y obra de Crane deslumbrado por La roja insignia del valor y escribió el año pasado La llama inmortal de Stephen Crane, como homenaje al malogrado escritor nacido en Nueva Jersey en 1871 y muerto en 1900, una biografía comparable a la que conocemos de Gerald Martin sobre Gabriel García Márquez, o Las Trampas de la fe de Octavio Paz sobre Sor Juana Inés de la Cruz o la que escribió Walter Isaacson de Leonardo Da Vinci, las cuales arrojan tal calidad de información sobre esos personajes que los lectores encontramos nuevas vetas en la interpretación de lo que escriben.
Los mexicanos de izquierda de mi generación que entre los muchos prejuicios cargamos aquellos que nos alejaron de la historia y vecindad del imperio, nos privamos de conocer la obra de grandes escritores que como José Martí, vivieron en el monstruo y conocieron sus entrañas.
Su biógrafo nos cuenta que Stephe Crane fue hijo de pastores metodistas, digamos que de ellos heredó su cercanía con los libros, pero como sabemos no es solo eso lo que hace a los grandes escritores, sino la genialidad que persiguen en sus sueños.
Crane creció con la obsesión de conocer la realidad de las guerras sabiendo que en ellas muchos mueren pero hay quienes siempre ganan.
A Paul Auster le interesó mostrar a los lectores la valía del escritor que nació y vivió en una sociedad que se convirtió en la primera potencia mundial consumiendo la energía humana de grandes contingentes de obreros europeos, chinos, latinos y africanos que luego desechaba como desperdicio ofrendados en el altar del progreso.
Contra esos valores se rebeló Stephen Crane quien los confrontó desde que se propuso escribir como medio de vida soñando que un día fuera reconocido por su estilo único.
Nunca tuvo un empleo ajeno a lo que hacía por gusto. Se ajustó al ingreso exiguo de su trabajo aunque solo le alcanzara para comer una vez al día, y a no pedir más de 15 céntimos a su hermano mayor como préstamo cada vez que no tenía otro modo de pagar el precio de su almuerzo.
Defendió a una prostituta sabiendo que eso lo enfrentaría a la corrupta policía de Nueva York y antepuso su sentido de justicia al desprestigio social que vivió en esa sociedad conservadora de finales del siglo XIX.
Paul Auster cuenta que Crane, además de austero y rebelde disfrutaba del beisbol, era amable con los niños, le gustaba acampar en el bosque y galopar en su caballo que fue lo primero que compró con su dinero.
Se entregó en cuerpo y alma al periodismo que le permitió publicar sus crónicas y relatos. Buscando la objetividad se hizo minero, marino, corresponsal de guerra y pordiosero. Conoció como nadie los bajos fondos de la sociedad neoyorkina escandalizando a las buenas conciencias. Descubrió los fumaderos de opio originario de China que ganaron adeptos e hicieron adictos a los blancos de Nueva York.
A finales del año pasado, mientras buscaba reponer en la librería Gandhi de Cuernavaca la autobiografía del premio nobel judío Amós Oz, me encontré La Llama inmortal de Stephen Crane biografía de Paul Auster quien repasa lo principal de su obra como El bote abierto, el hotel azul, El Monstruo, Maggie y La novia llega a Yelow Sky, entre otros.
Me atrajo el resumen de la contraportada y aunque el precio es prohibitivo, su extensión de poco más de mil páginas me pareció excelente para consumir las horas de confinamiento invertidas en el placer de su lectura.
Está editado por Seix Barral con su primera edición en español en el 2021. El lector no quedará defraudado en estos días de confrontación bélica.