EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La sal de las tortillas

Silvestre Pacheco León

Enero 28, 2007


“La cuerda se puede romper por lo más delgado y eso somos los industriales de la masa y la tortilla” amenazaba así, en un programa de radio en Zihuatanejo, uno de los dirigentes locales que hace negocio con la fabricación y venta del alimento básico del pueblo mexicano. Remataba acusando al gobierno federal de ser el principal responsable de la escasez ficticia de maíz y de tibieza para sancionar a los responsables del desabasto.
Los partidarios del gobierno de Felipe Calderón, por su parte, en la Costa han tratado de explicar la crisis actual aduciendo intereses extraños de fuerzas oscuras que pretenden desestabilizar al segundo gobierno federal panista. “Lo sorprendieron” –dicen de Calderón como si fuera víctima de los especuladores que impunemente aumentaron el precio de las tortillas a sabiendas de que no hay ley que los defienda.
Los “listos” del gobierno panista intentaron recomponer las cosas abusando de la inteligencia ciudadana, haciendo aparecer como la solución al problema, un acuerdo que, en esencia, se ocupa de legalizar el atraco del que han sido víctimas las familias que se alimentan básicamente de tortillas. Ese estilo, por cierto, no es de manufactura panista, sino de todos los gobiernos neoliberales que se ocupan de hacerle el trabajo sucio a los capitalistas. Ahí están para corroborarlos, los famosos acuerdos y pactos de las cúpulas empresariales con el gobierno y los líderes obreros espurios en santa alianza para contener el aumento a los salarios mientras liberan los precios de las demás mercancías.
La voracidad de los industriales está dando cuenta, todavía, del magro salario de los trabajadores quienes deben destinar la mayor parte de su ingreso a la compra de las tortillas, como si el salario mínimo legal no contemplara otros satisfactores para la reproducción familiar. En este puerto el precio más bajo en el kilo de tortillas es 10 pesos y son kilos mexicanos porque sólo pesan 800 gramos.
Los consumidores estamos inermes frente al desenfreno y voracidad de los empresarios que actúan con toda impunidad cobrando la factura del trabajo sucio que hicieron en la campaña electoral para llevar a Calderón al gobierno. Ese hecho es lo que explica la tibieza con que actúa para resolver la crisis.
El colmo en esta situación que avisa con desestabilizar al país, es la actitud de los funcionarios federales para calmar el descontento social. La Profeco que es buena para nada, gasta a manos llenas, en spots radiofónicos, en los que llama a denunciar a quienes alteran el precio de las tortillas que los propios industriales convinieron, a sabiendas de que las denuncias no tendrán ningún efecto par modificar las cosas, salvo por el desahogo del denunciante. El colmo es que dicho organismo asegura que notificará al denunciante de las direcciones donde las tortillas tienen un precio menor. ¡Hágame el favor!
Desde mi punto de vista, el problema que actualmente vivimos tiene su origen en la rapacidad y poder de los industriales que manejan el maíz, alimento considerado por la ley de desarrollo rural sustentable como producto básico y estratégico debido a su importancia que tiene en la alimentación de la población y en la economía de quienes lo producen. Está probado que el desabasto del grano en el país es ficticio, la prueba de ello son las grandes bodegas que han sido identificadas como parte del botín de los acaparadores, sean estos dirigentes de la CNC o funcionarios o personajes ligados al gobierno quienes aprovechan para su beneficio la información privilegiada acerca de la situación de la producción maicera en el mundo. Para justificar su atraco, aluden al problema mundial que aún no hace crisis y así se embolsan millones de pesos cada día con el despojo legalizado por el gobierno actual.
Con esto queda claro que quienes mandan en el país son los dueños del capital quienes no respetan las leyes ni tienen conciencia social. Que los industriales de la masa y la tortilla quieran aparecer como los principales interesados en garantizar el abasto a los consumidores, es pura retórica. Un molinero en Zihuatanejo solito se delató dando los datos para darnos idea del margen de ganancia que tiene en su negocio: dijo que de cada kilo de maíz que consigue a dos pesos, produce casi 1.5 kilos tortillas y que sus costos de producción los paga a menos de cinco pesos por kilo. Haga usted la cuenta de lo que gana por cada kilo de tortillas al día y verá que no es cualquier cosa, máxime si se le agrega que muchos tortilleros adulteran la masa para aumentar su volumen, venden crudas las tortillas para aumentar su peso y, el colmo, venden 800 gramos como kilos.
Por otra parte, la tibieza del gobierno frente al abuso de los dueños del capital obedece a la complicidad que han establecido. Ante esa realidad es que se debe actuar para evitar que en este país la crisis se desenvuelva en desestabilización.
La ley a la que he hecho alusión, aprobada en el gobierno de Vicente Fox con el consenso de todos los partidos, establece en su artículo 179, que será obligación del Estado dictar las medidas para procurar el abasto de alimentos básicos y estratégicos a la población, y que en sus políticas deberá priorizar su producción. Para ello deberá conocer la realidad de los productores para facilitarles su trabajo.
Pero frente a todo esto, ha salido a relucir un problema de grandes dimensiones que tiene que ver con una real caída en la producción de maíz. Para los mexicanos eso será catastrófico porque desde el gobierno salinista se ideó un retiro de los subsidios al campo bajo el argumento de los altos costos de producción frente al bajo precio que observaba nuestro alimento en el mercado mundial.
La importación maicera fue acompañada de la exportación de la mano de obra de quienes se ocupaban en la milpa. Ahora el drama del campo para incentivar la producción del grano, es que no hay quienes cultiven la tierra. Por eso no es descabellado decir que estamos frente al inicio uno de los más grandes desastres que nos puede llevar a situaciones sociales que parecían ya superadas.
El campesinado que sabía producir el maíz y vivía de él ya no existe. Eso lo miró y lo escribió Ryszard Kapuscinski, el periodista polaco que cronicó la vida del Tercer Mundo, muerto la semana pasada. La desaparición de los campesinos que nos daban de comer nos echó en los brazos de las grandes empresas trasnacionales. En el futuro dependeremos de Monsanto y Maseca. Todo como lo planearon los gobiernos que siguen los dictados de sus patrones.
Sin embargo, los hechos indican que además del desconocimiento, es desinterés lo que demuestran los responsables de la conducción de la política rural. Los maiceros en el país son diversos. En el estado son pocos los productores que pueden entrar en la lista de quienes producen para la venta. La inmensa mayoría de campesinos destina su milpa para el autoconsumo. Eso los salvará si antes la pobreza no los empuja al norte, pero esa realidad es la que nos indica que si no es la propia sociedad la que busque salidas a problemas como el que ahora vivimos, el gobierno actual no hará nada por el futuro de los pobres. Entonces estaremos a merced de las decisiones del Senado Virtual que orienta y decide las políticas a nivel global.