EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

La salida del túnel

Jesús Mendoza Zaragoza

Octubre 17, 2016

La crisis generalizada de derechos humanos, que parece que ha llegado para quedarse en medio del actual contexto de violencia y de corrupción, se asemeja a un oscuro túnel que cada vez se alarga más y más y que no permite ver una posible salida. Los años pasan y la oscuridad del túnel se va sintiendo más densa porque sus componentes, tales como la desesperanza, el miedo, el enojo y la frustración, entre otros, crecen y crecen.
Las respuestas gubernamentales ante esta situación han resultado inviables, inoperantes y contraproducentes. La espiral de violencia no se detiene y las condiciones económicas y políticas que se están dando en el país no son esperanzadoras. Por un lado, la política y la administración pública, extraviadas desde hace décadas, son parte sustancial del problema y, por otro lado, el nivel de conciencia y de organización de la mayoría de los ciudadanos es decisivamente deficiente.
Muchos nos preguntamos por la salida de este túnel y nos respondemos como si estuviéramos jugando a las adivinanzas. Sólo damos palos al aire. El gobierno, atrapado por un sistema político obsoleto, lleva su ruta propia, muy distante a la de la población y sólo logra simular que está haciendo algo para empujar una salida del túnel pero su inercia de corrupción y de impunidad no le permite cumplir su responsabilidad. Lo único a lo que sí atina es a agravar la situación. Y los ciudadanos, por nuestra parte, con un amplio abanico de posiciones relacionadas con esta crisis, no damos pasos para responsabilizarnos de lo que nos toca, nos resignamos o limitamos a soltar nuestros enojos.
Entonces, aquí nos asalta la pregunta sobre la salida del oscuro túnel. ¿Hay salida? Hay quienes ni siquiera quieren plantearse esta cuestión y se han acomodado al oscuro panorama con una maldita resignación. Muchos de ellos aspiran solamente a sobrevivir construyendo sus propias burbujas individualistas. Otros aprovechan la crisis para sacar ganancias, o políticas o económicas. Pero también hay quienes han tomado una brújula en sus manos para encontrar una salida, recordando que, en su pasado, México ha salido de túneles más oscuros que el actual, lo que hace confiar en que sí hay salida posible.
Ahora, el problema está en encontrar esa salida teniendo en cuenta a un gobierno disfuncional y a una sociedad asustada y tímida. Hay muchas opiniones al respecto pero no hay un consenso que mueva en una dirección. Pienso que esa dirección puede encontrarse mediante la conjugación de la razón y de la imaginación, ya que la vida pública, la gestionada por la política y la promovida por la delincuencia organizada está sustentada en la irracionalidad y carece de utopía. La razón ha sido sustituida por la violencia mientras que la utopía, la apertura hacia el futuro ha quedado cancelada por la frustración y la impotencia. Sin razón y sin utopía no hay futuro.
El actual gobierno federal se ha propuesto mover México y lo ha logrado con sus reformas estructurales, pero en una dirección equivocada que oscurece más el túnel. En este sentido, creo que está discapacitado para movernos hacia la salida del túnel. El manejo de la política gubernamental se ha dado en sentido contrario a la propia naturaleza de la política y por eso, creo que el gobierno, tal como está funcionando hasta ahora, no nos puede conducir hacia una salida digna para el país.
Entonces, ¿hacia dónde hay que mirar? El desafío está en que los ciudadanos nos movamos en una dirección razonada y con una visión esperanzadora. Se necesitan la razón y la imaginación utópica, recursos que tenemos todos, pero no los hemos manejado como herramientas para el desarrollo sustentable, para la democracia participativa y para la paz sostenible. Los ciudadanos tenemos que movernos contando con dichas herramientas, para señalar una ruta de manera que obligue a las instituciones del Estado a caminar en esa dirección. ¿Cómo? No es fácil saberlo. Lo único que sé es que la sociedad tiene que tomar la delantera y marcar una ruta.
Pero, hay que reconocerlo, no tenemos condiciones para que esto suceda. El actual perfil de los ciudadanos, de la mayoría, no da para tomarles la delantera a los gobiernos. Por lo mismo, hay que poner condiciones para que esto suceda. Y una de ellas, a mi juicio, es la construcción de capital humano. ¿Qué significa esto? Muchas cosas, pero sólo señalo algunas que pueden ayudar a explorar lo que implica. Primero que nada, se requiere construir personas enriquecidas de una serie de capacidades éticas, estéticas, espirituales, políticas, económicas y demás. Personas que desarrollen su imaginación creadora, su sentido crítico, su libertad, su integración afectiva y su solidaridad. Este sería un verdadero capital humano competente para promover los cambios que sean necesarios y para construir una sociedad más humanizada. Personas responsables de sí mismas y de la colectividad, son la base misma del capital humano que se necesita para transitar hacia la salida del túnel.
Los gobiernos le han apostado a las tecnologías, a las armas, a las estrategias represivas, a los presupuestos abultados, que son sólo herramientas. Estas herramientas por sí solas no funcionan si no están manejadas con las capacidades señaladas arriba. ¿De qué sirve el gasto de presupuestos importantes al margen de consideraciones éticas? ¿Cuánto dinero se ha gastado en estos últimos 10 años en estrategias de combate a la delincuencia organizada con resultados contraproducentes?
La gran inversión que hay que hacer hoy está en el fortalecimiento del capital humano, que implica personas, organizaciones y redes, a partir de iniciativas ciudadanas de las más variadas en las que la educación se convierta en un tema transversal en todas partes, en las escuelas, en las familias, en las empresas, en las iglesias, en las organizaciones ambientales y sociales, en las comunidades, en las instituciones políticas, en los espacios deportivos, en las actividades artísticas y en todas partes. Cada espacio humano debería tener un talante humanizador en cuanto que las personas sean el valor más importante. La educación, como forjadora de personas responsables, de sus entornos y de sus relaciones tendría que elevar el nivel de humanidad por todas partes y, además, convertir a las personas y a las comunidades en sujetos de su propio desarrollo. En definitiva, se requiere un hondo cambio cultural que sea capaz de sustentar una transformación social y, aún, política.
Así, con capital humano cualificado aseguramos un ascenso en la vida democrática y podremos obligar a las instituciones del Estado a tomar una ruta diferente, más a la medida de los ciudadanos y del bien público y encontrar una digna salida del tenebroso túnel de la corrupción y de la violencia que estamos transitando. Es claro que esta es una tarea que requiere muchos años. Por eso se requiere recuperar la razón y la utopía y se requieren ciudadanos, es decir, personas responsables de su ciudad.