EL-SUR

Viernes 03 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

“La Tercera Guerra Mundial”

Julio Moguel

Agosto 02, 2025

LASCAS

Memoria y acontecimiento

I

Un amigo mío, gran analista y “prospectivo”, no tuvo ningún problema para dar naturalidad, en el título de uno de sus artículos recientes, a la “inminencia de la Tercera Guerra Mundial”. Ello sucedió hacia fines del pasado mes de junio, cuando se señaló con suficiente naturalidad y razón que, en el marco del conflicto bélico entre Estados Unidos e Irán, un ataque atómico prácticamente ya programado por los gobernantes norteamericanos abriría el curso al Apocalipsis.
No era para menos, y el mundo sin lugar a dudas entró así en un momento de incertidumbres extremas y de miedo o terror, contando el final de la vida del planeta en semanas o días, sin que ello impidiera, por supuesto, que algunos se tomaran un buen trago o un refresco frente al televisor para ver una de las buenas o malas series que Netflix ha popularizado.
La historia que sigue es –y se me perdonará de nuevo el género escogido – de tipo autobiográfico, pero decidí escogerlo así porque creo que ofrece una dimensión muy cercana de lo que integra, ya prácticamente en forma orgánica, la psicología, humor o parte de las maneras de creer o de “olvidar” la amenaza viva de que el ser humano simple y llana termine toda historia y se vaya al diablo o al cielo “en comunidad” mundial o planetaria.

2

Contaba yo con 12 años de edad cuando supe por primera vez que el mundo en el que vivíamos estaba por estallar. Residíamos entonces en Matamoros, Tamaulipas, en la línea de frontera con la ciudad texana de Brownsville. Era el tiempo límite de la llamada “crisis de los misiles” de octubre de 1962, cuando en cuestión de horas Estados Unidos arremetería con metralla atómica el intento militar de la Unión Soviética por armar a los cubanos con igual fuerza y capacidad de respuesta en un proceso de choque de trenes nucleares que ya nadie creía en ese momento que se podría evitar. Las ocho columnas del periódico que me mostró mi padre esa mañana de terror anunciaban sin rodeo alguno que la Tercera Guerra Mundial estaba por empezar.
Pregunté a mi padre, con el miedo mayúsculo que cualquiera puede imaginar, si tendríamos manera de escapar. La respuesta de él, contra su costumbre de irse por las ramas para no preocupar a sus polluelos frente los peligros o amenazas que aparecían en el horizonte, me dio en ese momento una respuesta tan fría como un tempano polar: “Algunas de las bombas atómicas que lanzarán la Unión Soviética caerán directamente en las diversas bases militares estadunidenses que se encuentran a unos cuantos kilómetros de aquí. No hay manera de escapar.”
Y no dijo más. El silencio que siguió después de esa respuesta a golpe de martillo resultó para mí más aterrador que las palabras que mis jóvenes oídos nunca hubieran querido escuchar. Se me impuso entonces, según recuerdo, una especie de parálisis mental que me quitó el aliento por un tiempo infinito de segundos que ahora mi memoria no puede calibrar.
Frente a la inminencia del Apocalipsis, según recuerdo, después de reponerme un poco de aquel golpe asestado a mi joven conciencia y a mi frágil sensibilidad juvenil, le pedí a mi padre de manera balbuceante que, en consecuencia, me acercara al llanero campo de béisbol donde solía reunirme a platicar o a jugar con mis amigos de la colonia San Francisco, para ver si por suerte alguno de ellos se aparecía por ahí. Mi padre hizo una mueca de reprobación, pero en un par de segundos entendió que algo como lo que yo le estaba pidiendo era lo que se concede al pie de la horca o del patíbulo como “una última voluntad”.
Me encontré en el lugar a tres de los doce que conmigo integraban el grupo al que un año antes habíamos decidido conformar y darle el nombre de “El Pípila”. Sentados sobre el montículo del pitcher, cabizbajos, tristes, silenciosos, los cuatro jóvenes mortales nos abrazamos e intercambiamos unas cuantas palabras, nada que resultara esencial.
Abandoné rápidamente el lugar para ver a mi madre, quien, por supuesto, ya sabía por distintas fuentes lo que en el curso de las próximas horas habría de pasar. No apareció lagrima alguna en sus ojos o en los míos, pero el miedo más profundo qua ambos hubiéramos tenido quedó en la marca del abrazo y de lo dicho, acaso balbuceante, prácticamente insonoro y dulce, energía que ella me entregaba seguramente para que yo pudiera respirar.
De lo que dije o dijo ella poco tengo que contar, pero sí recuerdo que fue entonces cuando me atreví a confesarle algo que jamás podré olvidar. “Dios no existe”, le espeté de un solo tirón, y ella, Emilia, me contestó: “Cierto, mi chiquito, yo también ya me convencí de que no hay Dios que nos mire y nos proteja, pero aún hay que esperar para ver si algo más nos puede llegar a salvar”.
Ahora sabemos que, en efecto, en ese octubre de 1962, de lo que se llamó la crisis de los misiles, la destrucción total del globo terráqueo estuvo en un tris de comenzar. Pero, vivos aún en el planeta, en este primer cuarto del siglo XXI, a 65 años de aquel punto ominoso de la historia, hemos convertido el posible encontronazo fatal en una especie de anécdota de media talla, porque desde entonces en el mundo no se deja de anunciar la llegada probable o inminente de esa ya nunca más tartamudeante o tímida tercera guerra nuclear.

3

La tercera guerra mundial no llegó en aquel octubre de 1962, pero puede decirse de cualquier manera que ese momento marcó sin duda un antes y un después determinante en lo que ha sido mi vida desde entonces. La posibilidad inminente de la muerte global entró a mi cerebro para siempre como una barrena que sin piedad alguna dañó circuitos básicos de mi mente, si por ello se entiende que ya nunca más pudo considerar el psicoanalista más versado que yo fuera una persona “normal”. Pero no había remedio: me volví simplemente parte de la “anormalidad” universal de una generación que empezó a dudar en general en las grandes avenidas de un futuro seguro y floreciente, y en ese rango de conciencia –digámoslo así– hemos tenido que llevar la vida. Más adelante entendí que ello era y sería considerado por los analistas o estudiosos y expertos de esa temática como un “componente” íntimo y propio de la modernidad o de la “postmodernidad” que nos engloba, en una fase temporal que debió haber tenido uno de sus hitos de mayor calado en el Holocausto de los años 30 del siglo XX –la Segunda Guerra Mundial–, en sus capacidades destructivas del Ser y de la condición humana y planetaria registradas en el desarrollo de una Ciencia que “logró” desplegar “Terceras Guerras Mundiales” focalizadas, en los más de mil campos de concentración y de exterminio de los nazis, en las masacres perpetradas por el régimen de Stalin o en la vistosa y siempre bien filmada o registrada matanza de humanos a granel y la destrucción de ámbitos enormes de vida planetarios en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Pero las circunstancias que emergieron a partir de aquel fatídico año de 1962 tuvieron otros efectos relevantes en mi manera de ser o en mi comportamiento personal, que aún perdura en mi presente: despertó o potenció en mí el deseo de “hacer algo” para que mi campo llanero de béisbol en Matamoros no volviera a ser testigo de los miedos y tristezas que ya aquí hemos relatado.
Y creo sin dudar que aquella especie de trauma surgida del 62 me hizo, por decirlo de alguna forma, menos adolescente y un poco más adulto de lo que entonces era.
Tengo que confesar de todos modos a estas alturas que la precocidad de mis acciones y lecturas, en la anormalidad de la que ya he hablado y que me hizo saltar de alguna manera del ser adolescente al ser “adulto”, poco tuvo que ver con lo demás. Mi drama de ese tiempo –si así se puede llamar– fue que a apenas a los 11 años me enteré que los niños no las traían las cigüeñas de París; que desde los 9 años de edad me encantaba ver de lejos las inalcanzables piernas de la entonces niña Adela –mayor que yo– cuando ella jugaba voleibol en el patio de la escuela; que mi primera novia, en Secundaria, de nombre Martha, me dejó de hablar y de tratar justo el día en que me dijo “sí” cuando me declaré; que tenía un antinorteamericanismo realmente delirante porque los pinches gringos nos habían robado la mitad del territorio nacional.
No puedo dejar de señalar en esta parte que la crisis de los misiles de 1962 me dejó otro registro en la mente y en mi corazón que perduró en lo que siguió de mi vida: Cuba se convirtió en más que un simple símbolo de grandezas de espíritu y de lucha, de tal forma que de muchas formas literalmente me cubanicé: folletos, notas de periódico, canciones y hasta libros relacionados con Cuba entraron en mi mente durante esos días necesariamente felices de mis 12 años de edad.