EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La tía Duva

Silvestre Pacheco León

Abril 01, 2019

Fue una mujer siempre cariñosa, alegre y sonriente. Al final de su vida, viuda y sola, encontró en el trabajo del campo la secreta manera de ser feliz. Disfrutaba de los quehaceres campesinos, yendo y viniendo de la parcela a su casa hasta convertirse en parte del paisaje local.
En poco tiempo alcanzaría los 100 años de vida, pero un golpe y una caída que la inmovilizaron alejándola de sus diarias ocupaciones le acortaron esa posibilidad, y la semana pasada mejor decidió morirse antes de ser una carga para nadie.
En el pueblo todos la conocieron como La tía Duva, una mujer ejemplar que después de criar a más de una decena de hijos y enviudar tempranamente se dedicó a dar continuidad a las labores que dejó su marido.
Sola en su casa, la mitad de su vida, mi tía se dedicó en cuerpo y alma al trabajo del campo, como en los tiempos de su pareja.
Todos la veíamos caminar de su casa a su parcela, a veces a caballo, a veces a pie, hasta que le perdió el miedo a las combis que después se convirtieron en el medio más usual para andar en el llano.
Durante muchos años vivió más tiempo en el campo que en su casa con el apoyo incondicional de sus hijos, quienes comprendieron que su salud y felicidad valían más que cualquier ganancia económica que pudiera tener de su trabajo.
El paisaje en Quechultenango ya no será completo sin mi tía caminando a la vera de la carretera, con el morral del bastimento en el hombro y su sombrero de palma cubriéndola del sol.
La recordaré con su porte habitual, erguida y vivaz, con esa expresión de santa descansando frente al quicio de su puerta donde se sentaba todas las tardes distrayéndose con los saludos al paso de los vecinos, y a veces entretenida vendiendo algún producto de sus cosechas, o caminando entre los puestos de la plaza apoyada con su larga vara en la mano, como lo hacen los pastores, intrigando a quienes no sabían que mi tía se reusaba a cargar el bastón porque la hacía sentirse anciana.
Siempre caminando derecha con su figura recia y esbelta, irradiaba salud y felicidad, como si hubiera descubierto en su soledad el arte de encontrar lo positivo en cada circunstancia de la vida.
Había sobrevivido a la muerte de su marido, a la de dos de sus hijos y a la de tres de sus hermanas.
Longeva como mi madre, eran las únicas de su generación reconocidas como sobrevivientes en toda nuestra calle que pronto se llenó de muertos.
Murieron su vecina doña Malán, la nuera de tía Quila, y su marido don Pancho Urías, también doña Chelín que se dedicaba al comercio, murió mi tío Rosaliano que era su medio hermano, y luego don Chanito, el único chofer del pueblo que manejaba uno de los viejos camiones de pasajeros de autotransportes río Azul. También murió mi tía Naty, la soltera de la cuadra, y doña Chabel Morales esposa del finado Gaudencio, el que tocaba la trompeta en uno de los primeros tríos que hubo en el pueblo para animar las fiestas, y los fallecidos recientemente, doña Julia que vendía los quesos del monte y don Félix Barrios junto con su esposa doña Nica.
A pesar de su edad avanzada mi tía se valía por sí misma bajo la vigilancia de sus hijos que siempre la cuidaron, porque con los años mi tía había perdido el sentido del oído y se desentendía del peligro de los carros y de los animales.
Mi tía Duva nunca quiso usar aparatos para la sordera y se aisló voluntariamente del ruido exterior, dueña del envidiable secreto de conversar para sí misma.
Escribo ahora entristecido porque ya no escucharé más su saludo cariñoso de siempre preguntando por la salud de mi madre, (Mijito, ¿Cómo está tu mamá?), pero recordaré agradecido que nos llenaba de regalos cada vez que podía.
La tía Duva fue la hija mayor de mis abuelos y con ellos aprendió casi niña el duro trabajo del hogar que también comprendía el cuidado de sus hermanos, como es la vieja costumbre machista de los pueblos.
Se casó muy joven y tuvo una larga descendencia de más de 10 hijos de los que la mayoría fueron mujeres.
Como familia y vecinos crecimos muy cercanos a ella que frecuentaba mucho a mi madre.
Atentos a sus pláticas de hermanas conocimos su vida de niñas porque a menudo recordaban sus años como hijas de familia, de padre autoritario y madre sometida, ambos desamorados con ellas hasta la ignominia, sin perderles por eso su respeto y gratitud de haberlas traído al mundo.
Las dos hermanas tuvieron el mismo sueño de libertad y, aunque en distintos momentos de sus vidas, anduvieron parecido camino para alcanzarlo.
Huyeron de su casa tempranamente con la ilusión de que casadas y como jefas de familia se harían dueñas de su destino.
El fruto mayor de su vida fueron sus hijos que se educaron en el rigor del trabajo rudo y cuando crecieron vieron por ella que enviudó en la mitad de su vida.
Mi madre que fue toda la vida solidaria con mi tía siempre estaba al tanto de su trabajo y me enternecía verla compartirle su comida cuando regresaba cansada del campo.
Mi tía Duva era la hermana mayor de mi madre que la quería y respetaba como tal. Le apodaba La Virgen, recordando alguna imagen santa de las mujeres que veneran en la iglesia, siempre sufridas y resignadas, aunque ahora la recuerdo callada, de un estoicismo ejemplar y pocas veces alterada.
Su corazón bondadoso le rindió buenos frutos en la vida porque en su casa todo abundaba. Siempre tenía almacenado maíz porque lo cosechaba y desgranaba guardándolo en bidones como el ahorro de lo trabajado.
Por cierto que en el 2013 cuando la creciente del río Huacapa inundó Quechultenango, la corriente de agua que entró por su puerta y cruzó todo el patio de su casa se llevó consigo los bidones llenos de grano que tenía en su bodega, pero no por ello dejó de sembrar los más diversos cultivos como el cacahuate, las calabazas, las sandías y el frijol.
Mi tía fue siempre una mujer sana que ni siquiera enfermó cuando le dijeron que era diabética. Con el simple ejercicio diario, la comida fresca y la felicidad de estar viva disfrutó siempre dando de comer a los demás.
Y solo cuando se miró impedida de seguir siendo libre, simplemente decidió morirse.
Descanse en paz la tía Duva.