Florencio Salazar
Febrero 14, 2025
No hace falta mucha filosofía para explicar esto. Mariano Sigman.
Hace más de 50 años el doctor Roberto García Infante, el profesor de danza Abel Reynoso y yo, formamos el Grupo Cultural Triángulo. Promovíamos presentaciones de libros y para ello el gobierno del estado, instalado en el actual Museo del INAH en Chilpancingo, nos facilitaba el salón de actos y las invitaciones; la Universidad Autónoma de Guerrero, por su parte, su cuarteto de cuerdas, que dirigía la maestra Bárcenas. El salón de actos siempre estaba lleno.
De las presentaciones sobresalientes, recuerdo al maestro Juan R. Campuzano con su novela La voz de la tierra y a Armando Jiménez, que entonces era toda una celebridad con su popular libro Picardía Mexicana. En esos años se había instalado la primera librería-café Dante Alighieri, de Virgilio de la Cruz, en donde también se jugaba ajedrez. Ahí adquirí Cien años de soledad de Gabriel García Márquez en su primera edición (libro que presté y que, a pesar de todas las promesas, nunca volvió).
La ahora UAGro, bajo el rectorado del licenciado Ramiro González Casales, realizaba una intensa actividad cultural, a través del director de Extensión Universitaria, el pintor y escultor Víctor Contreras, quien dejó en la capital un importante patrimonio escultórico de su autoría, como El hombre mirando al futuro, el Himno al trabajo, así como los monumentos A la madre y a los Niños Héroes.
Durante los tres años del rectorado de González Casales, cada dos meses se celebraban jornadas culturales de alto nivel. Nuestra Alma Mater había suscrito un convenio con la Secretaría de Relaciones Exteriores para que el Organismo Internacional de Promoción de la Cultura incluyera en su programación al estado de Guerrero. El OIPC integraba compañías con grupos artísticos de varios países, que recorrían nuestra región latina.
Las sedes de los eventos eran el actual auditorio del Poder Judicial, ubicado en el centro de la ciudad, y los desaparecidos Lienzo del Charro y el Cine Colonial. Ahí asistimos a conciertos, danza clásica y regional, exhibición de obras de teatro clásico –Electra, por ejemplo– y películas rusas de obras de Shakespeare. Para asistir a esa programación, se necesitaba comprar un abono, nada era gratuito; no obstante, había buena concurrencia.
Recuerdo el recital del enorme poeta Carlos Pellicer, originario de Tabasco. Era un hombre fornido, de calva rasurada y voz potente. Tuve oportunidad de conversar brevemente con él, pero sobre todo presenciar su conversación con el ingeniero Manuel Mesa Andraca, en la casa del ilustre chilapeño, actual Museo José Juárez. En aquel recital poético escuché, por primera vez, el Discurso por la flores, desde entonces uno de mis poemas preferidos. Déjenme contarles que cuando conocí Villahermosa visité el zoológico de La Venta, creado por don Carlos. Ahí los senderos están cubiertos de adoquines rosados, que tienen las huellas del poeta, es decir, la impresión de los pies de Pellicer.
La cultura es la suma de la creación por medio de las artes desde que existe el ser humano. La cultura es inherente a la solidaridad para el desarrollo, que aspira a la utopía de la perfección. De ahí que el bien intangible de la cultura exija la concurrencia de políticas públicas de calidad. No se trata de que todos seamos cultos respecto a vocaciones literarias. Aspiramos a la comprensión de la belleza a través de la ética de la estética; y, en ese sentido, a que el técnico, el administrador, el investigador, el pedagogo, el político y todos aquellos inclinados por las diversas disciplinas siempre tengan la animosidad de servir.
Las manifestaciones culturales son por definición plurales, de mirada universal y panorámica en el tiempo. No se quedan atadas al pasado ni se van de bruces con el futuro. La política de la cultura se mide en sus resultados porque la cultura de la política es o no es. Una pintura de Siqueiros, muestra a una mujer campesina sobre un suelo seco avanzando contra la fuerza del viento, contra un destino malora. Representa al atraso luchando por salir del pasado.
“La evolución cultural, tal como la vemos desde la actualidad, se ha dirigido hacia un modelo político eficiente porque soluciona muchos problemas”. (José Antonio Marina). Lo que significa que, cuando la política cultural es prin-cipalmente la reiteración de las tra-diciones, representa a una sociedad inmersa en problemas antiguos y nuevos que se multiplican. Si queremos otra realidad necesitamos la manifestación de una cultura viva.