Javier Saldaña Almazán
Mayo 27, 2026
Hay imágenes que se quedan grabadas en la memoria. Recuerdo los años en que nuestros estudiantes tomaban apuntes en aulas improvisadas con techos de lámina o palma, desafiando el calor sofocante de la Costa Chica o el rigor de la Tierra Caliente. Durante mucho tiempo, la expresión “universidad de palapa” circuló como una descalificación hacia la institución pública más importante de nuestro estado.
Hoy podemos afirmar, con orgullo y sin triunfalismos, que esa etiqueta ya no describe nuestro presente; hoy representa el testimonio de un pasado superado a base de trabajo colectivo y de un compromiso irrenunciable con los estudiantes, quienes son nuestro motor para hacer las cosas mejor cada día.
La transformación de la Universidad Autónoma de Guerrero no comenzó en la comodidad de los escritorios, sino abajo, en el territorio, recorriendo un estado marcado por asimetrías históricas. Quien haya conocido nuestras unidades académicas a principios de este siglo recordará el panorama: aulas improvisadas donde las primeras lluvias de la temporada interrumpían las cátedras, laboratorios con equipos obsoletos y bibliotecas con acervos desactualizados. Esa dolorosa realidad no era un hecho fortuito: reflejaba la deuda histórica que el abandono institucional había sembrado en las comunidades de las entonces siete regiones.
Frente a este escenario, entendimos que la autonomía universitaria no debía ser un escudo para el aislamiento, sino un motor para la acción transformadora y la cohesión social. Nos propusimos una meta que trascendía la simple obra civil: dignificar el acto de enseñar y aprender, bajo la premisa de que la infraestructura educativa no es un lujo estético, sino la materialización del respeto que la máxima casa de estudios del estado debe a su juventud.
Bajo esta visión, hemos edificado una nueva realidad institucional durante los últimos quince años. Las aulas de palma han dado paso a complejos académicos de vanguardia, laboratorios equipados con tecnología de punta y centros de investigación de excelencia. Un ejemplo fehaciente de este impacto es la consolidación de nuestros campus regionales en la Montaña (Huamuxtitlán), la Costa Chica (Cruz Grande), la Costa Grande (Tecpan), la Zona Centro (Zumpango) y la Zona Norte (Taxco). Todos ellos han descentralizado el conocimiento, acercando opciones profesionales a jóvenes que hoy ya no tienen que desplazarse obligatoriamente a Chilpancingo o Acapulco.
Hoy, esta transformación trasciende nuestras fronteras: mediante una firme estrategia de internacionalización y la consolidación de convenios de cooperación e intercambio académico con instituciones del extranjero, estamos asegurando que el horizonte de nuestros estudiantes y docentes no tenga límites, proyectando el talento guerrerense hacia el escenario global.
No obstante, la verdadera excelencia de una universidad pública no se mide únicamente por sus muros de concreto, sino por su capacidad de abrazar la diversidad de su pueblo. Por ello, convertimos a la UAGro en una institución pionera a nivel nacional al institucionalizar la inclusión social educativa, garantizando por normativa que el 15 por ciento de nuestra matrícula total se reserve exclusivamente para jóvenes provenientes de pueblos originarios, comunidades afromexicanas, de la Sierra y estudiantes con discapacidad.
Este esfuerzo democratizador cobra un sentido profundamente humano cuando comprendemos que la educación superior es el antídoto más duradero contra la violencia, la pobreza y la exclusión que históricamente han asediado a Guerrero. La UAGro ahora no solo está mejorando sus indicadores educativos; está ofreciendo certezas de futuro y construyendo alternativas de paz frente a la adversidad.
Nuestros investigadores ya no trabajan en cubículos aislados; hoy desarrollan ciencia con pertinencia social, enfocada en la sustentabilidad de nuestros mares, el rescate de la biodiversidad y el mejoramiento de la salud pública regional, entre otros rubros. Somos, en los hechos, una universidad de excelencia con inclusión social, que demuestra al país que el rigor académico y la sensibilidad humana son dos caras de una misma moneda.
La verdadera riqueza de Guerrero no yace en el oro de sus entrañas ni en la explotación de sus recursos, sino en el potencial creador de las nuevas generaciones. Los jóvenes que hoy transitan por nuestras aulas no son sujetos pasivos de la historia: son líderes en formación, listos para transformar sus entornos comunitarios con un profundo sentido ético.
Por esta razón, nos concentramos en las soluciones de fondo que el estado nos demanda. Una sociedad que no invierte en sus universidades públicas condena su propia soberanía intelectual y perpetúa sus rezagos. El Guerrero próspero y equitativo que todos anhelamos no surgirá del azar, sino de la siembra constante de saberes y valores en el corazón de nuestra juventud.
Mirar hacia el porvenir nos obliga a preguntarnos con honestidad: ¿qué huella dejaremos cuando el tiempo reclame nuestro paso? El legado concreto que propongo y entrego a las nuevas generaciones de guerrerenses es una universidad fuerte, unida, madura y consolidada como el baluarte educativo y científico del estado.
Invito a toda la sociedad, a los sectores productivos y a las instituciones de gobierno a ver en nuestra máxima casa de estudios no solo un patrimonio social invaluable que salvaguardar, sino el motor estratégico y la plataforma indispensable para construir el desarrollo, el bienestar y la paz duradera que Guerrero demanda.