EL-SUR

Sábado 18 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

La transición española

Arturo Martínez Núñez

Noviembre 23, 2005

 (Primera parte)

Hace treinta años, el 20 de noviembre de 1975, Francisco Franco fallecía y su muerte marcaba el inicio del proceso hacia la democracia. Durante años, la llamada transición española ha sido utilizada como ejemplo académico y político, y algunos de sus productos derivados como el famoso Pacto de la Moncloa, se utilizan todos los días como referentes en la búsqueda de acuerdos políticos.

Sin embargo, los procesos históricos nunca son color de rosa. Aquellos que usan el caso español como ejemplo de transición pacífica, moderna y democrática, a menudo olvidan –acaso ignoran– que el proceso fue en muchos momentos difícil, violento y que varias veces la tentación autoritaria estuvo a punto de dar al traste con todo.

Después de la guerra civil, la sociedad española quedó dividida básicamente entre el bando de los ganadores y el de los perdedores. Desde el punto de vista militar, la guerra siempre estuvo claramente decantada hacia el bando llamado “nacionalista”, aunque en el imaginario popular, se mantenía la esperanza de que los republicanos resistirían y al final triunfarían. La famosa consigna del “no pasarán” resonaba más en las brigadas internacionalistas que en las calles españolas. La guerra pudo acabar en pocos meses, pero Franco no quería simplemente tomar el poder, su intención era exterminar al enemigo y sentar las bases de un régimen totalitario. Por eso del 36 al 39 la guerra fue más bien un periplo del bando nacionalista a lo largo y ancho de la península, dejando como postre del banquete las ciudades de Madrid y Barcelona, donde se concentró el grueso de la resistencia republicana.

En muchos sentidos, la guerra civil española fue el ensayo general de lo que sería la Segunda Guerra Mundial. Recordar por ejemplo, que durante el infame bombardeo a la ciudad de Gernika –cuna del nacionalismo vasco–, que con tanto acierto y crudeza recreara Pablo Picasso en su famoso mural, se utilizó por primera vez a la Lutwaffe alemana y se puso en practica la espantosa técnica de hacer arder las ciudades con bombas incendiarias y luego exterminar con ametralladoras desde el aire, a los pocos sobrevivientes que huían despavoridos.

Franco nunca atacó frontalmente Madrid, más bien tendió sobre ella un sitio prolongado, extenuante y criminal, que buscaba más lastimar el espíritu de lucha que las fuerzas físicas. El generalísimo esperó pacientemente hasta que la plaza fue rendida por sus defensores. A diferencia de lo que hoy vemos con los estadounidenses en Irak, Franco sabía que de nada le valdría entrar a una ciudad en la que la resistencia siguiera en pie de lucha.

Los primeros años de la dictadura, el régimen de Franco se dedicó a eliminar cualquier resquicio de rebelión. Aunque existieron algunas guerrillas alzadas que duraron varios años –los makis de forma notable– la oposición a la dictadura fue prácticamente eliminada. El grueso de los opositores se encontró de pronto, parafraseando a los clásicos, en el entierro, el encierro o el destierro.

Aunque Franco apoyó al Eje en el conflicto mundial, su política internacional en aquellos convulsos años fue más bien de permanecer al margen. España estaba en ruinas y desde luego que no se encontraba en condiciones para enfrentar un nuevo conflicto bélico. Así que Franco apoyó a un bando, principalmente con insumos minerales, pero cuando lo vio perdido tampoco hizo gran cosa para auxiliarle.

Los acontecimientos mundiales hicieron que España se aislara política y económicamente en la autarquía nacionalista. Así, quedó fuera de organismos importantísimos como Naciones Unidas y su encierro económico únicamente significó mayor pobreza para su gente. Sin embargo, en el plano político, el régimen se consolidó hasta que Franco logró afianzar el poder absoluto.

A partir de los años cincuenta, España comenzó un lento proceso de modernización en todos los ámbitos excepto el político. Al igual que en la mayoría de los países, una nueva generación de jóvenes educados en el extranjero (los cachorros de la revolución de allá pues), llamados igualmente “tecnócratas” comenzaron a operar lo que se conoció como “milagro español” (recuérdese el “milagro mexicano”), que consistió fundamentalmente en una fuerte disciplina económica y la industrialización de una nación hasta ese entonces eminentemente rural. Entre 1960 y 1974, la economía española creció a una tasa anual acumulativa del 6.9 por ciento.

Sin embargo, a pesar de la bonanza económica, la falta de libertades políticas hacía que la olla de presión se saturara cada vez más. Arriba, un dictador anciano pero aún en control de todo, acompañado por una aristocracia tradicional y otra emergente que como suele ocurrir, simplemente cambió de bando al ritmo de sus intereses económicos. Abajo, una clase media que luchaba todos los días por descifrar los nuevos códigos y una clase política que envejecía a la par del viejo caudillo: lo viejo no acababa de morir y lo nuevo no terminaba de nacer.

 

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