EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

La violencia en la Costa Grande

Silvestre Pacheco León

Mayo 20, 2006

 

Para Carlitos campesino de
Pie de la Cuesta,
acuchillado y muerto estúpidamente.

¿Será que ya ajustaron las cuentas?
Preguntaba la muchacha con ironía mientras obedecía la orden recibida de bajar el vidrio de la puerta del auto en cualquier día caluroso de mayo.
El papá guardó silencio ante la pregunta incómoda de la hija.
El comentario era a propósito de lo que parece una tregua de los granadazos en la Costa Grande.
Traer los vidrios subidos de los carros, aún sin aire acondicionado, era una práctica recomendada en esos días de explosiones.
La psicosis está pasando ya, o ¿será que nos estamos aconstumbrando a vivir entre la violencia y el riesgo? El hecho es que los chistes abundan al respecto.
En la más reciente feria rural efectuada en Pantla, dicen que los lugareños corrían en estampida cuando algún carro sospechoso llegaba irrumpiendo frente a cualquier aglomeración de personas.
En el mercado central de Zihuatanejo el hecho llegó a las pagínas de la prensa y todo mundo su supo: la pelota con la que el niño vecino jugaba con su perro rodó cruzando la calle, alguien la miró con sospecha al pie de un puesto y la alarma cundió. Se realizó todo un operativo para desactivar lo que creían un explosivo. El papá del niño descubrió a destiempo el hecho. La pelota enredada con cinta adhesiva generó la sospecha.
Otros casos han sucedido en el ambiente de nerviosismo, unos para destensarse y otros verdaderamente como bromas pesadas.
En la plaza de la libertad de expresión, un sábado por la tarde el chiste fue ocurrencia de quienes viajaban con un cargamento de aguacates, tiraron uno entre el grupo de jóvenes que relajeaban a la voz de ¡ahí les va una bola! Cuentan que todos oyeron “bomba” en vez de “bola” y corrieron despavoridos.
Eso mismo pasó en la terminal de taxis y combis en el centro. El susto hizo presa de muchos choferes ante la broma de alguien que tiró una piedra al suelo frente a donde ellos estaban.
Entre muchos de los lectores que ahora hay en Zihuatanejo, abundan los que consideran que está bueno el periódico del día si la noticia principal resalta hechos de sangre.
Ese es el ambiente nuevo que se está viviendo.
Para la mayoría, las explicaciones que vienen de la parte oficial son desechables por insuficientes e interesadas, de manera que cada quien va elaborando las suyas propias.
El gobierno dice: “Son ajustes de cuentas”, “Es pleito entre mafias” es el “crimen organizado”….y? De corporaciones policiacas que actúan para cuidarnos, porque nosotros les pagamos, el estado está lleno. ¿Será justo hacer el gasto para tanta incompetencia? Los operativos del México Seguro sólo producen miedo, malestar y entorpecimiento diario a la vida de los habitantes pacíficos. Nadie puede confiar en que los policías que montan los operativos y los retenes realmente lo sean. Está todo tan corrompido que las personas de a pie nos conformamos con no sufrir mayor atropello.
Si se mira bien, las autoridades se han mostrado incapaces cuando aceptan que nada pueden hacer frente al clima de violencia e inseguridad. Lo que apena es que nadie quiera renunciar a su cargo para conservar el decoro.
De los tres poderes no se hace uno en el estado. Ninguno por su lado ofrece solución al problema. Su esfuerzo mayor lo encaminan en culpar al otro.
¿Ha sabido usted que el Congreso del Estado haya dado muestras de inquietud por lo que nos pasa a quienes carecemos de guardaespaldas?
¿El diputado de su distrito le ha explicado a usted su esfuerzo porque se combata el clima de inseguridad que padecemos?
¿El dirigente de su partido, o de cualquier partido, ha dado muestras de entender lo que pasa y le consta que está haciendo algo por aliviar la situación?
¿Alguno de los candidatos federales, que se cuentan a carretadas, habla de la situación que nos angustia?
En Zihuatanejo, desde finales del año pasado y en lo que vamos del actual, junto con los atentados, las ejecuciones y los estallidos de granadas, los habitantes también hemos padecido los secuestros, las amenazas y extorsiones telefónicas que se han puesto de moda.
Se conocen casos en los que una simple llamada telefónica ha hecho tantos estragos en familias educadas y productivas, que en un santiamén se desintegran. Los padres sacan de la escuela y del puerto a sus hijos, los mandan a esconderse mientras ellos mismos modifican drásticamente sus hábitos para evitar mayores daños.
Cuando alguno de los afectados, corriendo el riesgo de ponerse en manos de los malhechores, decide presentar la denuncia correspondiente ante las autoridades judiciales, lo primero que se encuentra como consuelo es la aseveración de que su caso no es único, que como él son cientos los que han sido amenazados. La mala noticia entonces se refiere a que el Ministerio Público carece de recursos y medios para atenderlos a todos, de manera expedita y gratuita, como reza le ley.
Hay temor y terror en las familias. Estamos arribando a una realidad nueva, mucho más complicada y peligrosa de cuantas conocemos. Claro que la matriz del problema es la económica, pero también social.
La desintegración familiar, la drogadicción, el desempleo, el bajo poder adquisitivo que tiene el salario, la corrupción, la impunidad y hasta el deterioro ambiental conforman un ambiente nuevo, con problemas que no se pueden enfrentar con las herramientas de la educación tradicional.
La familia, la escuela, la iglesia como aparatos ideológicos que enseñaban la manera de enfrentar problemas variados de la realidad pasada, han sido rebasados en las nuevas circunstancias. El gobierno ni entiende ni estudia esta nueva realidad que nos abruma.
No hay políticas públicas adecuadas para enfrentar el problema del narcotráfico, del narco menudeo, la drogadicción entre los jóvenes, ni la siembra de estupefacientes.
Sin embargo, para la gente común es claro que la actitud del gobierno poco tiene que ver con el compromiso adquirido frente a la sociedad y con la Constitución que lo obliga a ser garante de la seguridad de las personas y de sus bienes.
Finalmente ¿Quiénes están involucrados en el ajuste de cuentas? Policías y mafias. ¿La policía está en ese papel porque nos defiende? No.
Quienes tienen sentido común dicen que el transporte de la droga, como el de la madera, ilegal, se hace por las carreteras, que si hubiera realmente intención de confiscarla, bastarían unos pocos retenes para lograrlo, pero eso no es el caso.
En la cadena productiva de los estupefacientes como en la de cualquier producto, unos ganan más que otros y a veces el que más arriesga es quien menos gana. Aceptemos que en el campo guerrerense la pobreza es el caldo de cultivo para los estupefacientes. Ni el abono químico subsidiado puede volver atractivo y rentable el cultivo del maíz. La gente sobrevive gracias a los plantíos prohibidos. Es la demanda de estos productos y los riesgos que se corren para llegar al mercado lo que explica lo elevado de sus precios.
Los vendedores al menudeo saben su cuento. Viven de ello y no tienen prejuicios para hacerlo, aunque sepan que son odiados por los padres de los enviciados.
“Joder, si no los obligo que compren” se defienden los de las tienditas.
Claro, sabemos que es propio de los jóvenes el deseo de conocer lo prohibido, y a veces hacen cosas que no quieren con tal de ser aceptados. Fumar, tomar, conquistar su primera novia, son pasos casi obligados en el crecimiento. En el caso de la droga es lo mismo, también con el riesgo de que en la curiosidad se les vaya la vida, que se vuelvan adictos y luego ladrones y después criminales, con la carga moral y económica que muchos padres no pueden soportar.
Pero ¿nos damos cuenta de que el gobierno se empeña en presentar a los paliativos como solución radical de los problemas?
Para combatir la drogadicción, la inseguridad y la violencia, hace lo mismo que para las enfermedades en general, va a los efectos, no a las causas. Invierte en centros de rehabilitación, en cárceles, policías y en hospitales, pero no en ayudar a que los campesinos sean emprendedores y produtivos y que los padres adquieran elementos para guiar adecuadamente a sus hijos.
No fomenta el deporte, ni incentiva el estudio, no promueve como política de Estado las actividades recreativas ni las culturales para alejar del vicio a los jóvenes.
No limpia de corrupción las corporaciones policiacas, ni las acerca a la sociedad para que su accionar sea transparente.
Si las mafias ya ajustaron sus cuentas, ¿el gobierno hará lo propio con la sociedad?