EL-SUR

Lunes 08 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Labastida, autobiografía política

Florencio Salazar

Agosto 04, 2025

Deberíamos cambiar el sistema presidencialista por uno parlamentario.
Porfirio Muñoz Ledo.

Para Francisco Labastida Ochoa el problema de México ha sido y es el excesivo poder del presidente de la República. Los mandatarios han actuado caprichosamente, sin colaboradores capaces de contradecir sus deseos, aun cuando éstos signifiquen despilfarros presupuestales y la bancarrota del país.
En su autobiografía política La duda sistemática (Grijalbo, 2024), se escucha una voz reflexiva, analítica y propositiva. No hay un ápice de amargura o rencor de quien fuera candidato del PRI a la Presidencia de la República, derrotado por Vicente Fox en el año 2000.
Nació en Los Mochis, Sinaloa, en 1942. Es economista con estudios de posgrado en Planeación de Recursos Humanos. Trabajó durante 45 años en el servicio público. Fue gobernador, senador y tres veces secretario de Estado: Energía, Agricultura y Gobernación. De su vasta experiencia política y administrativa pueden extraerse lecciones para formar equipos de trabajo, programar en base a diagnósticos, medir resultados y asumir las responsabilidades a plenitud. En síntesis: cómo hacer un buen gobierno.
El título del libro obedece a la costumbre del autor “de pensar y analizar los asuntos importantes antes de decidir, lo que he llamado la duda sistemática”. Esa duda ha sido la constante de su vida pública hasta convertirla en una firme convicción. Establecido su método, Labastida logra en su formación la concurrencia de la técnica y la política, forjando una herramienta eficaz. La vida pública es medible por los resultados de la gestión en diferentes áreas de competencia y tiempos políticos.
Labastida Ochoa ofrece el testimonio de su larga experiencia en la administración pública, desde el gobierno de Adolfo López Mateos hasta el de Ernesto Zedillo. Durante un extendido lapso sirvió como analista, subdirector, director general, subsecretario, secretario de Estado. Sus iniciales cargos fueron modestos pero estratégicos en temas hacendarios y presupuestales, lo cual le permitió participar en reuniones de trabajo con diferentes mandatarios.

Poder para hacer las cosas

“Empecé a hacer política –dice– pues con el tiempo aprendí que para servir a los demás, hay que tener el poder para hacer las cosas, y eso implica asumir responsabilidades y tomar decisiones”. En la carrera de economía tuvo como maestros a don Jesús Silva Herzog y a su hijo Jesús Silva Hrzog Flores padre del brillante académico y editorialista Jesús Silva Hrezog Márquez. Recuerda a don Jesús, el abuelo, “cuando citando a Heráclito decía con su vocerrón (sic): ‘lo único que no cambia es que todo cambia’. En la vida es más fácil descubrir primero qué no se quiere y, después, qué se quiere. Así me ocurrió”.

Frustración de José Revueltas

Refiere un episodio cuando su hermano, el poeta Jaime Labastida, lo invita a una cena con Eduardo Lizalde y José Revueltas. Después de una larga platica y varias copas, José Revueltas comenta sentirse frustrado, “pues no había logrado los ideales sociales y políticos por los cuales había luchado”. Fue una conversación y una escena que lo conmovieron hasta los huesos, a partir de lo cual reflexiona: “No tengo definido mi camino, pero al final de mi vida no quiero sentirme igual, defraudado y fracasado. Debo pensar y decidir qué hago”.
Labastida se convence: “necesitábamos un país más justo, meno desigual, más libre y plural, tolerante, democrático (…) me preocupaba mucho la injusta y lacerante pobreza y los problemas de corrupción”. No decidiría sus empleos en función del sueldo. “Estudiaría los problemas a profundidad, sería honesto y el valor de decir siempre lo que pienso. Usaría todas las horas necesarias para cumplir con mis responsabilidades. En realidad no planeé ser secretario de Estado o gobernador. Es más, decliné varias veces por no coincidir con las políticas y los proyectos, o por no estar preparado para el trabajo que me proponían”.
Hay que reconocer la claridad de las ideas del autor. Sin embargo, él pudo tomar decisiones, incluyendo la declinación a la candidatura a gobernador de Sinaloa ofrecida por López Portillo –cargo que desempeñó con De la Madrid–, la subdirección de Pemex y la subsecretaría de Agricultura porque, además de sus principios, tenía solvencia económica. Ambas ramas de sus padres procedían de familias pudientes, que le permitieron contar con respaldo económico para emprender empresas, como la construcción de departamentos. Ello no demerita su desempeño, pero su solvencia le permitió asumir, en todo momento, sus decisiones.

El PRI y el presidente

Al inicio de su carrera en el sector público (1962), recibe la solicitud de afiliación al PRI. Entonces afirma confundido: “el PRI tenía vida propia, no dependía del gobierno y se movía con cierta independencia y agilidad”. Pero “no tenía claro si el PRI detentaba una ideología propia; parecía estar al servicio de lo que pensara el presidente de la República en turno. Apoya esta percepción de que del mismo partido surgieran presidentes como Miguel Alemán y Carlos Salinas. En el otro extremo Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos”. Más adelante afirma: “el presidente de la República decidía la política independientemente del PRI; lo único que hacía [el PRI] era seguir sus instrucciones”.
En efecto, Carlos A. Madrazo implementó en el PRI un proceso interno para la elección democrática de los candidatos a los ayuntamientos. La oposición del gobernador de Sinaloa, Leopoldo Sánchez Celis –con la obvia anuencia de Díaz Ordaz–, provocó la salida del huracán del sureste; y el destape de la CTM de José López Portillo, antes de que concluyera la elaboración del Plan Básico de Gobierno, que implementaba don Jesús Reyes Heroles –había afirmado “Primero el programa y después el hombre”– fue causa de la renuncia del ideólogo veracruzano durante el periodo de Echeverría.
Opina Labastida que los problemas del 68 se debieron a los intereses de los aspirantes a suceder a Díaz Ordaz, que “impidieron el manejo negociado de la inconformidad social”. Señala que los presidentes no son los mejor informados; son los que tienen más información y toman sus decisiones de acuerdo a sus colaboradores próximos que, frecuentemente, opinan de acuerdo a sus intereses personales. De ahí la importancia “de que solo se pueden lograr buenos resultados con equipos humanos de calidad, cuyos miembros tengan conocimientos, sean honestos y con vocación de servicio, así como gran sentido de responsabilidad”. Incluso, que sean mejores que uno, sin el prejuicio de que se puedan comer el mandado. El jefe siempre podrá deponer al colaborador desleal o ineficaz y, en contrapartida, la suma del esfuerzo del equipo será los resultados que entregará el responsable.

Los peores presidentes de México

Según Francisco Labastida, los peores gobiernos que ha tenido el país son los de Luis Echeverría, José López Portillo, Ernesto Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador. No incluye a Carlos Salinas de Gortari, pero lo compara con el de Alemán y es implícita su crítica cuando confía al candidato Luis Donaldo Colosio no tener buenas relaciones con el presidente; también al comentar al presidente electo Ernesto Zedillo: “Sé que su gobierno deberá pagar 10 mil millones de dólares de la deuda a largo plazo, cuyo vencimiento es el año entrante, además de otros 30 mil millones de tesobonos. Y también sé que en el Banco de México solo hay 6 mil 700 millones de dólares. Lo peor que le puede pasar es no estar preparado ante lo que viene. Me permito recomendar que su equipo económico junto con el del presidente analice esta crisis anunciada (…) Mis observaciones lo molestaron”.

Deslealtad de Serra Puche

Como sabemos el “error de diciembre” le explotó en las manos a Zedillo. “Sin embargo, Serra Puche (secretario de Hacienda) cometió el grave error de alertar en privado sobre la inminente devaluación a los principales empresarios, filtración que aceleró la salida de capitales”. Por lo tanto, –acertado Labastida– “Zedillo mismo negoció con el gobierno estadounidense un préstamo urgente de 40 mil millones de dólares”.

Durazo amenaza a De la Madrid

A Miguel de la Madrid lo califica como un funcionario competente. En alguna ocasión asiste Labastida a un evento presidido por López Portillo, “Arturo Durazo Moreno, El Negro Durazo (…) se atrevió a decirme: ‘Yo sé que usted le habla claro al presidente; le quiero pedir que le trasmita que no se preocupe por la sucesión presidencial, sé que hay quienes no quieren que sea Miguel de La Madrid. Dígale que yo se lo desaparezco’. “Le respondí: Oiga no soy recadero y menos de ese tipo de cosas”.

El crimen de Colosio sin autor intelectual

De las conversaciones con Colosio, el sonorense “decía que iba a luchar a fondo contra la delincuencia y la corrupción y que metería a la cárcel a los criminales que pudiera y a los políticos que protegían al narcotráfico, ‘fueran quienes fueran’. Esa era su prioridad. ‘Si no hacemos esto nos vamos a convertir en Colombia’, reiteró varias veces”. Labastida le recordaba “que eso no se decía nunca (…) presentía que lo podían matar y en dos ocasiones lo conminé seriamente a que cuidara sus palabras (…) Pero Luis Donaldo no decía lo que él creía que le convenía, decía lo que él creía”. Luego pronunciaría el discurso del 6 de marzo de 1994 en el Monumento a la Revolución; 17 días después sería asesinado en Lomas Taurinas.
“Leí toda la investigación, bastante completa y exhaustiva, sobre el asesinato (…) Todo indicaba que el asesino consignado es el asesino real, pero eso no era lo importante, sino saber quien estaba detrás, quien lo mandó matar, una información que el asesino material calló. Seguramente él y su familia están amenazados. Va a estar mejor en la cárcel que en la tumba. La investigación, por cierto, nunca planteó la existencia de un autor intelectual”.

Zedillo repudia al PRI

El acuerdo con el yo de esta autobiografía política, con credibilidad y congruencia, abre con sobriedad y amplitud las experiencias y las íntimas reflexiones sobre el poder de Francisco Labastida Ochoa. A 24 años de haber perdido la Presidencia de la República, atribuye su derrota al distanciamiento de Ernesto Zedillo con el PRI, al cual dejó seco por el gasto de una impuesta elección interna para seleccionar al candidato priista y como consecuencia de un posible acuerdo con Estados Unidos –por el préstamo de los 40 mil millones de dólares– de la alternancia democrática en México. Habremos de volver sobre el tema; hay otras consideraciones que pasa por alto. No obstante, como él señala: Zedillo no era priista. No sólo no era priista, repudiaba al PRI.

La crisis que viene

Labastida es generoso al analizar, diagnosticar y proponer soluciones a los graves problemas del país: seguridad pública, salud, educación, energéticos, agricultura, finanzas y deuda pública; es decir, aborda el amplio catálogo de las políticas públicas. Vale citar: “La próxima presidenta del país tendrá que arreglar una enorme problemática que linda con la catástrofe. Primero deberá atender la posible emergencia de una crisis económica; y en segundo lugar tendrá que establecer la política a seguir, diseñar la estrategia y concretar los instrumentos que le permitirían afrontar –y después solucionar– la situación por la que atraviesan varios sectores que ya están en crisis”.
Concluye: “Estoy convencido de que solo si somos críticos y autocríticos podremos acostumbrarnos como sociedad a conocer profundamente la realidad, a estudiarla, a difundirla, a estudiar y respetar la opiniones diferentes. Únicamente de este modo será posible aproximarnos a la verdad y a la libertad”.
“Escribo esta última reflexión porque estoy profundamente preocupado por el futuro del país”.
Comparto con el autor que debemos pensar en otro sistema político. El presidencial –el tlatoani sexenal– ha significado el abuso constante del poder. Ha sido catastrófico.