EL-SUR

Lunes 27 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

L’animale che mi porto dentro, el secreto mayor de la masculinidad

Federico Vite

Diciembre 06, 2022

(Segunda parte)

Tres palabras definen a la masculinidad: abuso, privilegio y poder. Aunado a ellas, refiere Francesco Piccolo en L’animale che mi porto dentro (Italia, Einaudi, 2018, 240 páginas), la indiferencia campea. Es la indiferencia la fortaleza del macho. A él nada le importa, una separación, la muerte, la enfermedad. Nada. Si una mujer le ruega o le pide clemencia, él endurece los gestos, eleva la cabeza y ejercita el vigor de la indiferencia, que no es otra cosa que la impenetrabilidad. Un macho es impenetrable. Tanto sentimental como físicamente. Pero el argumento más obvio y seductor de este libro aborda un hecho que transita, necesariamente, lo literario. Francesco trae a cuento el ensayo de Elaine Blair, Great american losers, publicado por la revista New York Review en marzo de 2012. Retoma ese lúcido texto y señala aspectos importantes de la nueva masculinidad. Antes de entrar en materia, tomo las palabras de Blair: “Mientras pasaba varias semanas leyendo y escribiendo sobre Michel Houellebecq, un pensamiento suelto me daba vueltas en la mente. En las novelas estadunidenses tenemos un conjunto tácito de convenciones para escribir sobre perdedores románticos. Houellebecq las viola de lleno. Esta es una de las razones por las que The elementary particles (2000), su primera novela publicada en Estados Unidos, parecía (a algunos) tan emocionante y reveladora o (a otros) completamente repelente. Nosotros, los lectores estadunidenses, notamos de inmediato que está cubriendo un territorio familiar, pero de una manera diferente a la de nuestros novelistas jóvenes”. Elaine se refiere a David Foster Wallace y Jonathan Franzen; aunque también pone en perspectiva la obra de Gary Shteyngart y Richard Price. Pero el núcleo de la discusión, retoma Piccolo, es la perspectiva generacional de escritores machos: Norman Mailer, John Updike y Philip Roth. Conocidos dentro y fuera de Estados Unidos. A estos narradores, Foster Wallace los llamó, en un artículo de 1997, Great Male Narcissists. Se trata de los autores egocéntricos que ansiaban contar sus éxitos como seductores plenipotenciarios, quienes trataban a las mujeres conquistadas con condescendencia; tenían un complejo de superioridad abrumador. Updike, escribió Wallace, era visto por las feministas como “un pene con un diccionario de sinónimos”. De Mailer y Roth pueden decirse más ofensas, pero basta con argüir que los lectores actuales no sólo rechazan la obra de los autores mencionados sino que, hay varios casos documentados, los odian y critican atrozmente.
Hoy, advierte Piccolo, sabemos que la mayoría de los lectores son mujeres. Y explica: “La gran parte de los lectores que conozco, menores de cuarenta años, son mujeres. Ninguna de ellas estima ni valora a los grandes machos narcisistas de la posguerra. Ninguna”. Asevera que hay una creciente preocupación en el Continente Literario debido a que los lectores (cuya mayoría son mujeres, reitero) enjuician y rechazan a los escritores que tratan con menosprecio y desdén a las mujeres. “Se quiere complacer a la mujer”, señala. Y agrega: “según ella (habla de Blair), al colocar la figura de un perdedor en el centro de la novela, estamos avanzando hacia un compromiso que dice así: está bien, es inmaduro y visceral pensar siempre en el sexo y mirar a las mujeres. Desafortunadamente los hombres lo hacemos y, por lo tanto, si lo hacemos, tenemos el deber de escribir sobre ello; sin embargo, prometemos evitar los errores de las novelas de Updike”.
La conclusión de este asunto es la paráfrasis que Blair hace de Wallace y que Piccolo enuncia más o menos así: “ tú y yo reiremos juntos a la espalda de mis personajes, y eso nos acercará más a evitar la terrible posibilidad de que tú me abandones (querido lector)”. Pongo sobre la conversación una frase más de Blair: “Los jóvenes novelistas estadunidenses quieren caer bien. Y sus novelas son irresistibles, ingeniosas y divertidas, alegres, verdaderas. Los escritores tienen un control exquisito sobre el punto de vista y el tono”.
Francesco considera que el verdadero asunto no es la confrontación entre dos generaciones distintas sino entre dos o tres aspectos que combaten durante toda la vida: “la bestialidad y la sensibilidad. Y simplemente los viejos narcisistas metieron al frente la bestialidad, y los nuevos novelistas colocaron al frente la sensibilidad”.
En los autores, no sólo americanos sino de todo el mundo –por lo menos desde hace diez años–, pervive la voluntad (algunos pondrán acá la palabra mercado, al tomar en cuenta que la mayoría de lectores son mujeres) de suprimir al macho, de no comportarse (literariamente) como machos porque eso no es bien visto por los lectores. El autor complace al lector presentando a un hombre inseguro como alter ego. Por última vez, traigo a cuento a Blair: “¿Qué clase de novelista eres si las mujeres no te leen? Estas mujeres no son sólo las hijas de divorciadas, sino también forman parte de un movimiento feminista que ha tenido una profunda influencia en la crítica cultural”. Con estas opiniones sabemos por qué no se traduce un libro como el de Piccolo. Este documento está del lado opuesto de esas recomendaciones. No es simpático; tampoco, pesado, claro, pero sí endiabladamente emotivo, sobre todo, cuando el autor habla de sus problemas de erección. Expone su caso a detalle y describe una enfermedad que lo llevó al borde de la muerte, pero a él lo único que de verdad le importaba era volver a tener una erección. “Un macho no sabe servir para nada más”. Y asevera que la única condición realmente valiosa para un macho es tener una erección en el momento adecuado, sin ella no tiene sentido la vida. Pone de ejemplo la novela The sun also rises (1926), de Ernest Hemingway. Ahí la sensibilidad y la bestialidad están hermanadas por una historia de amor que traduce muy bien lo que anima el alma de un macho: la posesión y la penetración. Pero el texto no sólo clava la mirada en el macho sino en un hombre que padece impotencia. Alguien que no logra consumar el ayuntamiento carnal y le basta con el amor platónico. Piccolo explica así el fin de una era en la que prevalecía la fuerza y la bestialidad. ¿Qué sigue después de esto? Una aceptación de la sensibilidad, no sólo por la conveniencia (autores que escriben para beneplácito de las mujeres) sino porque fermenta otros proyectos literarios y vitales. A final de cuentas, la sensibilidad es sólo una cara de la moneda.
“El enamoramiento y el dolor eran la vida individual; el erotismo, la vida colectiva. Estaba totalmente ligado a la comunidad de machos que yo conocía. Pero la pregunta que todavía me hago ahora, que me hago mientras escribo este libro es: ¿mi estereotipo y yo como individuo éramos realmente tan diferentes?”. La respuesta es que no eran diferentes. “Este libro es una denuncia, una autodenuncia, y uso los parámetros que conozco… […] Dentro de mí continuaré siempre cuestionando: ¿Estoy contento conmigo? ¿Soy como tú quieres? ¿Soy como yo quiero? Por una parte hago todo para no ser como ellos; por otra, hago todo para ser como ellos. Esto soy: yo Francesco y yo macho”.
Detallo un episodio más del libro. Una paradoja humorista. Durante el tratamiento de las hemorroides, el autor señala que la doctora le manosea el ano. Es un acto tristísimo para un macho, pero lo curioso es que durante las múltiples visitas al consultorio, Piccolo empieza a ver a la doctora mucho más atractiva que de costumbre e incluso la corteja. Ella no lo rechaza, pero el flirteo acaba porque a Francesco le parece extraño que le guste una mujer que literalmente “mete un dedo en mi culo”. La escena no es trágica sino completamente humorística. El humor también refresca al animal que llevamos dentro.
Habrá otros textos de Piccolo que sí traduzcan al español. Serán festejados, premiados, pero éste no. Éste podría definirse como un proyecto sin mercado (porque las mujeres son quienes más leen) que disecciona la psique de un hombre de nuestra época. ¿A quién puede interesarle la psique de un macho? No lo sé, pero seguramente a más de un lector. “Al final, soy esto: un macho intelectual, sentimental y meridional. Donde lo meridional y lo sentimental son un lugar en la mente, no una función histórica o geográfica”, argumenta Francesco y sólo resta decir: “La pasión por la literatura era evidentemente la tentativa de evolucionar del macho simple, provinciano y mundano que representaba todo esto que me estaban pidiendo las personas en torno a mí, todo esto que sabía cómo hacer, todo esto que no había querido ser o, al menos, ser más”.

* La traducción de algunos fragmentos de L’animale che mi porto dentro y de los ensayos Great american losers, de Elaine Blair, y Great Male Narcissists, de David Foster Wallace, es mía.