EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Las gentes

Alan Valdez

Agosto 16, 2025

I

Hoy es el cumpleaños de mi padre. Son las siete y media de la mañana aquí en Glenwood Springs, Colorado. Es la misma hora en Chilpancingo. Le pregunto a mi padre sobre sus planes para el día. Como estamos en videollamada, le muestro los cerros que rodean esta fisura donde el río Colorado recibe las aguas del Roaring Fork. Este último nace en las cercanías de Aspen, y baja rápido y frío entre bosques y laderas hasta llegar aquí.

II

El río Colorado nace mucho más al norte, en la cuenca de La Poudre Pass, dentro del Parque Nacional Rocky Mountain, en la división continental de las Montañas Rocosas, a más de 3 mil 100 metros de altitud. Este paso elevado, que marca el límite entre los condados de Grand y Larimer, es una zona de pastizales húmedos y terrenos pantanosos.
El nombre proviene del francés Cache la Poudre, “ocultar la pólvora”, en recuerdo de cazadores franceses que, sorprendidos por una tormenta de nieve en el siglo XIX, escondieron allí su pólvora para protegerla.

III

Antes de la llegada de colonos y exploradores, la región era parte del territorio de los ute, un pueblo indígena de tradición nómada perteneciente a la familia lingüística uto-azteca, un amplio conjunto de lenguas y pueblos originarios que se extendían desde el oeste de Norteamérica hasta Mesoamérica, cuya designación original era núuchi-u, “la gente”.
Los ute habitaron amplias zonas de las Montañas Rocosas y las tierras altas de Colorado desde tiempos ancestrales, desplazándose según las estaciones para cazar, recolectar recursos montañosos y participar en intercambios entre distintas bandas. Desde este punto, el Colorado fluye hacia Grand Lake, se encajona en cañones como el Gore y, tras recorrer más de 2 mil kilómetros atravesando Utah, Arizona, Nevada, California y Baja California, termina, ya con poco caudal, en el mar de Cortés.

IV

Mi padre me dice que tiene que acabar un informe. Que así toca a veces. Usa la palabra “viejo”. Usa la palabra “trabajo”. Insiste en la palabra “cerros”.
–Si puedes –le digo–, entre la hora de la comida y la Combi, encuentra un momento para celebrarte, aunque sea oyendo una o dos de tus canciones favoritas.
–¿Cuál es tu canción favorita, por cierto?
–¿De qué género?, ¿el que sea?
–En la que piensas justo cuando alguien te hace esta clase de pregunta.
Mi padre alguna vez fue a Cuba.
Mi padre cantaba canciones de Pablo Milanés.
Mi padre alguna vez y del presente, ¿qué le importa a la gente si es que siempre van a hablar?

V

Su rostro abarca la pantalla de mi celular.
–Cuando tú naciste, mijo, yo cumplía 33 años.
Mientras habla, busco en su cara un signo. Suelta un comentario, una broma, usa el índice y acierta. Nos parecemos y luego nada. Le digo que vine a Glenwood Springs a bañarme a unas aguas termales. Le muestro cómo, de lejos, el agua de las albercas deja subir su vapor matutino y unos bañistas tempranos van arrastrando las sandalias y las corvas hacia el agua caliente. Se acuerda de que en Guerrero también hay aguas termales. No está seguro de si están cerca de San Luis Acatlán.
Usa la palabra “piedras”.
Usa la palabra “rodillas”.
Y los dos terminamos mencionando a mi abuela.

VI

Mucho antes de que existieran hoteles, carreteras o cualquier infraestructura turística, los ute llegaban a estas aguas termales como parte de sus rutas estacionales por las Montañas Rocosas. Conocían el manantial principal como Yampah, “Gran Medicina”, y lo consideraban un lugar sagrado. El agua caliente que emergía de las profundidades, rica en minerales y vapores, no solo aliviaba el cansancio y los dolores del cuerpo, sino que también servía para ceremonias y prácticas de purificación espiritual. El calor y el vapor eran vistos como fuerzas vivas de la tierra, capaces de restaurar el equilibrio físico y anímico.
Cuando los colonos llegaron en el siglo XIX, descubrieron tanto el atractivo terapéutico como el valor comercial del lugar. Inspirados en parte por la reputación curativa que los ute le atribuían, canalizaron los manantiales y construyeron un gran balneario al estilo europeo, incorporando piscinas, vestuarios y áreas de descanso.

VII

Después de acordarnos de mi abuela, busco dónde están esas aguas termales en Guerrero. Se sitúan en la comunidad de Atotonilco de Horcasitas, en el municipio de San Luis Acatlán, un nombre en náhuatl que significa “lugar de agua caliente”. Se accede cruzando un puente colgante sobre un río y caminando entre vegetación hasta llegar a unas albercas de concreto construidas por la comunidad.
La entrada cuesta 30 pesos.

VIII

Antes de colgar, repasamos el clima de Chilpancingo. Le pregunto si sigue comprando el periódico donde mismo y si volvió a ese lugar donde nos gustaba comer enchiladas suizas cuando yo salía de la universidad y él de la oficina. Si aún le gusta bolearse los zapatos en la plaza. Si los sábados, cuando regresa a Acapulco, aún sigue admirando la aparición de la bahía desde la ventana de su autobús o si ya más bien se queda dormido.
Le comparto que me he traído hasta acá varios libros suyos. Se acuerda de cuando el agua de una lluvia no dejó de caer y se mojaron todos sus diarios de Antonio Gramsci.
Usa la palabra “cárcel”.
Usa la palabra “Mussolini”.
Pero sobre todo insiste en la palabra “pensar”.
Mi padre cumple 66. Le vuelvo a desear feliz cumpleaños. Hago el gesto del abrazo y él hace lo mismo.
La pantalla de mi celular queda en silencio. El sol comienza a reflejarse en los cristales de los autos y después en la ventana del cuarto del hotel donde me estoy hospedando con mi prima y su familia. Su hijito ya se ha despertado. El niño ahora brinca en la cama que comparte conmigo. Grita en inglés que ya es hora de meterse al agua. Es verdad, ya lo es. Y brinca y juega con dos peluches que ha traído, y los hace hablar, y ellos hablan, y hablamos, animales y gentes sobre lo bonito que está el día allá afuera.
Este afuera llamado Glenwood Springs.

IX

En los pasillos del hotel hay fotos de bañistas de distintos años: finales del siglo XIX, los años posteriores a la Great Depression. Hombres a las orillas de las albercas, en trajes completos, poniendo atención a la caída del agua, y mujeres completamente vestidas nadan en dirección al blanco y negro.
Santiago, de 9 años, corre con sandalias y yo lo persigo. Llevo la playera al hombro y, cuando salimos del lobby, siento al sol hacerme lo mismo que les hace a estas montañas. Mi prima me pregunta si me he puesto bloqueador. Después de responder, Santiago y yo somos untados como pan de desayuno. Ambos nos reímos del otro porque parecemos payasos maquillados para una única función.
Al acercarnos más al área de baño del complejo, podemos distinguir una serie de ductos y válvulas de presión que regulan y direccionan los brotes de los manantiales hacia las distintas piscinas. Hay carteles informativos que anuncian las dimensiones y temperaturas de cada una de las tinas. Santiago no deja de repetir que todo huele a huevo podrido.
–It smells like rotten eggs–.
Un cartel acaba de darle la razón al niño:
“Los manantiales brotan de forma natural a temperaturas que superan los 50?grados. Estas aguas termales provienen de capas profundas del subsuelo, donde son calentadas por el gradiente geotérmico de la Tierra. A medida que ascienden, atraviesan formaciones rocosas que las enriquecen con minerales como sodio, calcio, magnesio, potasio y compuestos de azufre. El característico olor a huevo podrido se debe a la presencia de sulfuro de hidrógeno (H2S), un gas natural que se libera con el vapor. Aunque en altas concentraciones puede ser tóxico, en espacios abiertos y bien ventilados como éste, su presencia es inofensiva.
Estas aguas han sido valoradas desde tiempos ancestrales por sus posibles beneficios terapéuticos: se cree que favorecen la circulación, alivian dolores articulares y musculares, y contribuyen a la salud de la piel.”
Después de pasar la recepción donde cuidan el acceso al balneario y se entregan toallas, el olor se disipa. El lugar adquiere la imaginación de un parque acuático de verano con todos sus requisitos: salvavidas con uniforme rojo y flotadores de rescate, camastros, gente con demasiado bloqueador solar, como nosotros, y gente excesivamente segura de sí misma.
Es un hermoso día de verano.

X

Me paseo entre las tinas de agua fría, que oscilan entre los 15 y 20?grados y las de agua caliente, que van de los 38 a los 41?grados. Mi respiración viaja del mundo subterráneo al alto menester de la última luz del día.
Siento mis piernas relajarse y luego adiestrarse en las maneras del frío.
Mientras tanto, Santiago juega en la alberca común, lanzándose clavados desde un trampolín.
Yo nunca lo he intentado.

XI

Sigo sus instrucciones. Ser una flecha. Inclinarme en la orilla final del trampolín. Mirar el agua, pero no pensar en el agua. Ser el aire. Dividirme con él. No pensar el agua.
Escucho cómo mi cuerpo adquiere, recíproco, el contorno acuoso de la alberca.
Caigo y entro.
Pero caigo.
Con los ojos cerrados manoteo y alcanzo la superficie llena de niños que saltan y saltan.
Emerjo entre ellos y mi familia aplaude la poca gracia de mi salto con cariño. Alcanzó con mi mano derecha el borde de la piscina.
Santiago me da unas nuevas indicaciones. Corrige la idea y la postura de mi salto. Me da confianza y nos formamos en la fila del trampolín de nuevo.
Hay niños que dan una y hasta dos vueltas en el aire. Pero no estamos intimidados, nosotros estamos jugando a otra cosa. Y mientras esperamos saltar, nos tomamos la mano.

XII

Ya es de noche. Gary, el papá de Santiago, Verónica, mi maestro clavadista y yo, compartimos la cena en el restaurante de un hotel que presume que Teddy Roosevelt se solía hospedar ahí cuando era temporada de caza de osos.
Nos preguntamos si Roosevelt se habrá bañado en las aguas termales después de la caza y si habrá brincado como nosotros.
Gary le pregunta a su hijo qué fue lo que más disfrutó de este día.
Ambos, padre e hijo, se persiguen las palabras y yo los persigo a ellos mientras pienso en mi padre.
Compartimos el postre, y entre cucharadas, Santiago me pregunta qué cómo es mi papá.

XIII

Al día siguiente mi padre me manda una foto suya. Tiene 23 años. Está en la azotea de una casa de estudiantes en Chilpancingo. Debe ser mediodía porque su cuerpo apenas hace sombra. No tiene playera. La línea de sus músculos se dibuja fácilmente. Es joven y está descalzo.
Le hago zoom a la imagen. Me detengo en sus ojos. No alcanzo a distinguir su centro, pero, aunque ahí aún no nos conocemos, algo suyo distingo como mío.
Detrás él hay ropa colgada y detrás de la ropa hay unos cerros que se alzan como un vientre asoleado.
Yo me estoy asoleando el vientre, padre. Yo ahora tengo 33 años, padre.
Mira, esta es mi canción favorita.