EL-SUR

Martes 16 de Agosto de 2022

Guerrero, México

Opinión

Las iglesias a la calle

Jesús Mendoza Zaragoza

Junio 05, 2006

 


El Consejo Interreligioso de Guerrero, que aglutina a varias iglesias cristianas ha convocado a una marcha silenciosa de oración por la paz en varias ciudades del Estado de Guerrero que, en el caso de Acapulco, tendrá lugar el sábado 17 de junio, partiendo simultáneamente del Zócalo, de La Diana y de La Cima hasta llegar a la colonia La Garita que ha sido escenario de varios actos de violencia de una presumible vinculación con el crimen organizado y el narcotráfico.
Los convocados son, en primer lugar, todos los fieles adheridos a estas confesiones religiosas, que quieren manifestar públicamente su fe a través de la oración en común ante la violencia desatada en esta región y en esta ciudad. La oración es una expresión religiosa privilegiada que recoge necesidades, carencias, deseos y demandas humanas ligadas a la vida. Orar es el primer objetivo de esta manifestación con una característica particular: se trata de una oración pública que, además de buscar el auxilio de Dios, intenta ser una convocación pública dirigida a la sociedad entera.
Por eso, no son sólo convocados los fieles de las iglesias sino todos los hombres y mujeres de buena voluntad que rechazan la violencia que está golpeando a esta ciudad y quieran manifestar públicamente su inconformidad y su demanda de que la violencia tiene que ser parada, pero ya.
Viniendo esta convocatoria de las iglesias cristianas, como espacios de la sociedad civil, esta marcha es una expresión de un malestar social que necesita expresarse como una catarsis. El silencio –en el que transcurrirá la marcha– es una voz elocuente que puede hacerse oír con más fuerza que muchas palabras. No podemos seguir callados, necesitamos hablar y decir que no estamos de acuerdo con muchas cosas y que queremos que cambien. Necesitamos decir que la violencia que se ha desatado es el resultado de un silencio de muchos y la complicidad tácita de otros que ha permitido el auge del narcotráfico y del crimen organizado. Necesitamos decir que ese silencio se vuelve complicidad cuando no asumimos nuestra responsabilidad pública para erradicar los males que aquejan a la sociedad. Necesitamos decir que ha habido complicidades en los gobiernos y las ha habido, también, en la sociedad. Necesitamos decir que todos tenemos que participar en las soluciones de estas situaciones que amenazan gravemente la sana convivencia social y que no se vale permanecer callados ni inactivos esperando soluciones mágicas caídas del cielo. Necesitamos decir que reconocemos que las autoridades tienen sus límites impuestos por la ineficacia y la corrupción en las instituciones del Estado.
Es evidente que la violencia criminal que se ha ido imponiendo en nuestras calles no se va a erradicar de golpe, y que tenemos que construir juntos las soluciones. El gobernador ha dicho que sólo no puede y tiene razón, mientras que el gobierno federal con su México Seguro no promete gran cosa. Y ellos han dicho que la seguridad es responsabilidad de todos pero no han sabido convocar a todos para lograrlo, pues se han seguido moviendo en una lógica muy distante a aquélla que la sociedad necesita. Y es que los gobernantes, de todos los colores políticos, no han sabido escuchar ni han sabido responder. Su visión sigue siendo tan estrecha como estrechos son los intereses del poder.
La sociedad se siente, desde hace mucho tiempo, abandonada a su suerte y acosada por mil tentaciones. La falta de oportunidades para tener una vida digna: un empleo, una vivienda, educación y salud son motivo de enojo y de malestar. Carencias por todas partes crean frustraciones y son caldo de cultivo del crimen, del desafío abierto a la legalidad y del inmoral desprecio a la dignidad humana. Una sociedad que se ha sentido amenazada debido a la incapacidad de las instituciones del Estado sabe que está tocando los límites de su aguante y que ella tiene que asumir su responsabilidad sobre sí misma.
El carácter religioso de la marcha de las iglesias, aunque tiene fuertes repercusiones sociales y, aún, políticas, sigue manteniendo su específico carácter religioso pues se centra en un acto religioso, en una oración común en favor de la paz. Este hecho abre paso al despertar de las inmensas energías espirituales y éticas que las confesiones religiosas transmiten y pueden transmitir a favor de la sociedad. El factor espiritual es imprescindible para mantener el sueño de una sociedad sin violencia y con condiciones de vida aceptables para una sana convivencia social. Asimismo, de las experiencias religiosas surge una fuerza ética que puede ser de mucha ayuda para orientar a la sociedad hacia la responsabilidad social, para renunciar a intereses facciosos, para superar las apatías, para llamar a los criminales a abandonar sus proyectos de muerte y para unirnos en un esfuerzo común sin distinción de credos religiosos y políticos.
Por otra parte, esta marcha no tiene precedentes en nuestra región. Anteriormente cada iglesia se ha manifestado públicamente según sus características particulares. Ahora lo hacen juntas a partir de la convergencia que han logrado en el Consejo Interreligioso de Guerrero. Esta convergencia puede darnos el mensaje que es posible superar actitudes sectarias e intolerantes y que los tiempos de crisis sociales son propicios para coincidir cuando se trata de trabajar por la justicia y por la paz. Este mensaje es importante para una sociedad que tiene que superar rezagos muy graves en terrenos de servicios públicos, justicia, y medio ambiente.