EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Las narrativas del colonialismo interno

Tryno Maldonado

Octubre 12, 2021

METALES?PESADOS

En su libro Cultura e imperialismo publicado en 1993, el crítico palestino Edward Wadie Said desmontó con agudeza diversas obras maestras de la tradición artística europea para rastrear sus componentes profundamente propagandísticos al servicio de los imperios bajo las que fueron creadas. Un método de análisis descolonial que, hasta la fecha, suele provocar más de un gesto incómodo entre las élites artísticas e intelectuales de países con pasado colonial. Como en el caso particular de México y el sistema de castas bajo el que se configura lo que Ángel Rama llamó su “ciudad letrada”. Es decir, sus intelectuales criollos.
Así como en las brutales maquetas de cartón montadas en el Zócalo de Ciudad de México hace apenas unas semanas para conmemorar los 500 años de la caída del imperio mexica, Said analiza críticamente, por ejemplo, la parafernalia grandilocuente y exotista de la ópera Aída de Giuseppe Verdi –con sus debidas distancias– y llega a la conclusión de que no es una obra que hable o problematice la dominación imperial, sino que forma parte de ella: la ópera de Verdi ayudó a apuntalar, como la sofisticada pieza de arte que es, la agenda ideológica expansionista del emperador Napoleón.
Traído esto a nuestro panorama con todas las proporciones guardadas, podemos afirmar que vivimos en una situación de colonialismo interno. Esta condición colonial, como sistema de dominación, le es favorable a la 4T para sus propósitos: para ellos el perdón debe venir de fuera, de España, por sus agravios históricos; o propone constantemente ofrecer perdón –muy cristianamente– a los pueblos indígenas por afrentas también históricas, mientras que en la cotidianidad, el pueblo yaqui y muchos otros en el norte y en el sureste, siguen siendo masacrados como en el porfiriato por oponerse a los megaproyectos neoliberales que enarbola la llamada Cuarta Transformación. Las cifras de los asesinatos de defensores indígenas que se han opuesto al despojo de sus territorios, culturas y recursos, sólo durante los tres primeros años de este régimen, son brutales.
El dominio dentro de la situación de colonialismo interno de las antiguas colonias como México es la pugna de las élites por imponer y dominar también las narrativas de esos mismos procesos. No hay que perderlo de vista. Todos los días, desde muy temprano, el régimen instaura una batalla en los territorios de lo simbólico. En los territorios de la palabra. Una batalla por su despojo. Para imponer, citando a Said, “una fusión novedosa de autoridad y verosimilitud”. Son indispensables para ello recursos y eventos “reconstructivos” y “presentacionales”. Como la entrega simulada de bastones de mando, los ofrecimientos de disculpas a comunidades que están siendo saqueadas hoy en día, monumentales espacios escultóricos que apelan a un pasado “puro” y la performatividad grandilocuente de cuño priista que requiere de grandes puestas en escena, de maquetas monumentales de un pasado romantizado del cual sostener su narrativa.
Se requiere de una intención estética a la par de la política para llevar a cabo este gran proyecto de imposición de una narrativa hegemónica. O, parafraseando a Said para traerlo a nuestro contexto, en términos ideológicos: Tenochtitlán –más bien, su maquetización en el Zócalo de la capital del poder estatal– puede ser descrito como la primera y esencial influencia pura que alimenta la 4T. Una fuente tan prestigiosa como inalcanzable. Y ¿no es justamente al origen, a la pureza –por encima de lo mezclado, de lo impuro, de lo aspiracional– a lo que suelen apelar las ideologías nacionalistas y, más aún, las narrativas de corte fascista? No se afirma aquí que la 4T lo sea. En absoluto. Pero bastante se asemejan sus formas de propagandearse y de contarse a sí misma.
Mientras que el aparato retórico de poder de la 4T se apropia de símbolos y luchas históricas indígenas, en el país cotidianamente los pueblos en resistencia están siendo despojados, desaparecidos –en más de un sentido– y asesinados. Nuestro compañero Samir Flores y los otros 145 defensores y comunicadores asesinados por motivos políticos durante los tres primeros años de este régimen no debieron morir.