EL-SUR

Viernes 21 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Las razones del fracaso

Jorge Zepeda Patterson

Mayo 15, 2006

 

Para Alfonso Durazo, ex secretario particular de Vicente Fox, hay tres grandes razones para el fracaso político del gobierno del cambio: uno, el entramado político que se opuso al mandatario; dos, el estilo personal de Fox que dinamitó la autoridad presidencial; y tres, las pretensiones de Marta Sahagún a sucederlo en Los Pinos. De estas tres, la más dañina fue esta última. “El activismo sucesorio de Marta Sahagún y la idea de que el poder presidencial se ejercía en pareja, inició oficialmente el colapso moral del gobierno de Fox”, dice el autor. Ni siquiera los presidentes priístas se atrevieron a impulsar la sucesión de un cónyuge o un familiar, asegura que le dijo a Fox el día de su renuncia.
Estas explosivas reflexiones y muchas municiones más están contenidas en el libro Saldos del cambio, de editorial Plaza Janés, que acaba de publicar Alfonso Durazo. Como se recordará, el autor fue secretario particular de Colosio durante años. Renunció al tricolor, se integró a la campaña foxista seis semanas antes de la elección y fue autor de los discursos claves de Vicente Fox en los primeros años de gobierno, incluyendo el de la toma de posesión. Instalado en Los Pinos comenzó a despachar como secretario particular del Presidente. Su oficio político y el conocimiento de las redes reales del poder a lo largo del territorio, lo convirtieron en una figura clave, dada la falta de experiencia del grupo Guanajuato. Ese fue su éxito… y su fracaso. El propio Durazo relata la manera en que fue intrigado por Ramón Muñoz y por Marta Sahagún en la lucha por imponerse en el ánimo del Presidente.
El libro ofrece una visión de los primeros cuatro años del sexenio desde la perspectiva del poder. Además de incorporar algunos datos jugosos de la correlación de fuerzas en el círculo presidencial, y la manera en que opera foxilandia, proporciona una muy buena interpretación de las razones que impidieron cumplir las promesas de cambio.
En parte, es responsabilidad del propio Fox. Entre las gracejadas y coloquialismos fue difícil centrar la atención de los medios de comunicación en la sustancia del mensaje. El error del Presidente es que nunca dejó de ser candidato. En lugar de asumirse como jefe de Estado, Fox se metió en una lógica de confrontación: los desafectos personales se convirtieron con frecuencia en razones de Estado; su inclinación a la injuria le hizo perder su condición de árbitro nacional. “El raiting impulsado con base en golpes mediáticos crea una popularidad ficticia, pues no se traduce ni en eficacia en el gobierno ni en los consensos políticos que se requieren para avanzar”, afirma Durazo. Los exabruptos están en el origen de muchos conflictos y anécdotas que han consumido una parte importante del capital político de Fox. Su tendencia a “dejar hacer” a sus ministros creó vacíos de poder que fueron ocupados sin orden ni concierto por miembros del gabinete, en atención a sus agendas personales. A la falta de estrategia se unió una ausencia de operatividad por falta de liderazgo.
Más allá del morbo y las curiosidades sobre el modo personal de gobernar, el libro ofrece importantes claves para entender algunos errores de juicio en la estrategia foxista (de lo cual, con plena sinceridad, se hace corresponsable el propio Durazo). El gobierno del cambio se quedó con lo peor de los dos mundos: por un lado, no saldó cuentas con el pasado de corrupción del antiguo régimen, como había prometido en campaña, porque necesitaban al PRI para impulsar las reformas estructurales imprescindibles para el cambio. Pero tampoco tuvo la habilidad para lograr los consensos con sus rivales. Así, se quedó a la mitad del camino: no pudo cumplir las aspiraciones de la opinión pública en ninguno de los dos sentidos. Nos quedamos sin reformas, pero tampoco saldamos cuentas con el pasado.
Sin embargo, las partes más emotivas tienen que ver con Marta Sahagún. Describe a la Primera Dama como ambiciosa, con buena memoria y muy poco analítica: admira el éxito, sin analizar por qué se tiene o como se llegó a él. Carece de sutileza en sus pretensiones de control. Su carácter impositivo termina por convertir toda relación política en un conflicto o en un acto de sumisión. Entiende el uso del poder pero lo ejerce con una fascinación provinciana, sin tener claro cuáles son sus límites, al grado de llegar a la intimidación abierta. Creía estar preparada para conducir el país porque había leído ¿Quién se ha llevado mi queso?, o que se puede diseñar un proyecto de país sobre la base de los consejos de unos cuantos libros de autoayuda.
En realidad, Durazo tuvo diferencias con la Primera Dama desde el principio, por la manera en que aquella modificaba la agenda presidencial de acuerdo con sus intereses. Sin embargo, la ruptura no llegó sino hasta mediados del 2004, cuando presentó su renuncia. “Le perdí el respeto a Fox”, afirma. Aquella expresión gozosa de “la buscan más a ella que a mí”, de parte del Presidente en enero del 2004, fue la señal de arranque de una precampaña largamente meditada. Sobre esa aspiración absurda, afirma Durazo, el proyecto político del foxismo derivó en un inventario de ocurrencias estratégicas y tácticas, marcadas por el culto a la personalidad de la pareja presidencial como el principal subproducto de la publicidad oficial. A partir de ahí, señala el autor, la agenda del cambio fue relevada por la agenda de la pareja presidencial rumbo al 2006.
A pesar de su inevitable carga emotiva y protagonismo, Saldos del cambio es un texto imprescindible. El primer y mejor esfuerzo para comenzar a dilucidar los aciertos y desaciertos del gobierno de la alternancia; un buen balance de lo que pudo haber sido y terminó siendo.

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