EL-SUR

Lunes 06 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

László Krasznahorkai y la melancolía del lenguaje como salvación

Adán Ramírez Serret

Octubre 10, 2025

Los premios pueden ser muchas cosas: fuentes de alegría, celos, tristeza o frustración, depende de a quién son otorgados, si a personas que nos simpatizan o a las que no. Quizás más en literatura, pues es cuando puede venir algo de dinero y fama, que, con la excepción de algunos que son muy ricos y famosos, les importa poco.
En esta ocasión, el Nobel tenía la emoción extra de contar con una mexicana como candidata al premio; de alguna forma algo en nuestro interior decía: “¿y si sí?”. Fantaseábamos con esa posibilidad, que sería un fenómeno y que llevaría la literatura mexicana de nuevo, luego de Paz, Rulfo y Fuentes, al mundo entero.
El día de ayer, 9 de octubre, se otorgó el Premio Nobel a László Krasznahorkai (Gyula, 1954), un escritor húngaro del que escuché hablar ayer por primera vez cuando miraba las notas y quinielas sobre el galardón. Mea culpa, por supuesto, pues el autor ha sido antes galardonado con los premios The Man Booker y Fomentor 2024, por el cual vino a la Feria del Libro de Guadalajara el año pasado.
Desperté casi a las 5:30 de la mañana, momentos antes de que dieran el veredicto del premio; cuando anunciaron al autor, me vino a la mente el último Nobel húngaro, y su mencion tuvo un carácter proustiano: recordé a Imre Kertész y viajé a aquel año 2002, hace ya 23 y el impacto que causó en mí la lectura de su obra. Toda, atormentada, profunda, concentrada de manera intensa en el lenguaje, en el dolor, en el recuerdo: Kertész sobrevivió a los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, por lo que su obra es un acto de supervivencia, de la escritura como una salvación, aunque esta signifique sufrir para siempre, estar en una repetición constante, que es la escritura, pero que ayuda, hace posible permanecer vivos.
Por aquellos años yo vivía en la ciudad de Oaxaca, me parecía extraña toda esa literatura, pero tenía mucho de fascinante esa escritura envolvente que giraba sobre sí misma. A lo Thomas Bernhard, podría decir ahora; pero en este entonces no lo había leído y no hacía falta. Recuerdo en especial el libro, el diario Yo, otro: Crónica del cambio, de Kértesz. Fue una especie de trampolín que me hizo desear profundamente cambiar de vida, no tenía nada en común: allá llovía todo el día –en el libro–; en Oaxaca el sol invade cada piedra; el narrador vivía obsesionado con la relación del pasado con el presente; yo vivía obsesionado con el presente y cuál sería mi futuro… sin embargo, aquel libro me acompañó en la época del cambio. Poco tiempo después, trabajaba en una librería en una plaza comercial y recuerdo que había una modelo altísima y pelirroja en el área de perfumes y que, en algún momento libre corrió a la librería y con acento extranjero me preguntó qué autores húngaros había, lleno de orgullo le dije que Imre Kértesz, entonces, ella, de un 1.80, pecas y ojos azules, concentró su mirada en mí, en mis pupilas sorprendidas, y me preguntó por qué conocía a ese autor, porque me gusta, respondí con tranquilidad. Entonces debes leer a Márai Sándor, me dijo. En húngaro se dice primero el patronímico, me enseñó. Todo esto recordé al leer durante la madrugada que había sido a un autor húngaro a quien le habían dado el Nobel. Entonces, me lancé a sus páginas, a Melancolía de la resistencia y estuve ante la misma obsesión por el lenguaje, de frases larguísimas que no se preocupan por acabar, sino por seguir de manera obsesiva en lo que cuentan sus personajes que son imperfectos, muchos viejos, extraños en sus cuerpos; brutalmente humanos. Pero László Krasznahorkai a diferencia de sus paisanos –ahora mencioné a dos, pero hay muchos más como Agota Kristof– es un autor que, en medio de la desolación, del frío brutal, del dolor, la soledad y el desamor, encuentra el consuelo del humor, de la belleza instalada en la fealdad, de la juventud en la vejez, de descubrir que en la melancolía se encuentra un profundo humor que no es otro que la literatura moderna, la cual a partir de sus paradojas explica la modernidad y la hace habitable de manera anacrónica.

László Krasznahorkai, Melancolía de la resistencia, Traducción, Adan Kovacsics, Barcelona, Acantilado, 2001. 424 páginas.