Adán Ramírez Serret
Octubre 17, 2025
Hace poco más de cien años, la prestigiosa editorial francesa Gallimard, rechazó el manuscrito de un hombre que hasta entonces había publicado un solo libro de difícil género, unas estampas a caballo entre la poesía y la prosa; una figura que tenía la fama de mundana, de persona superficial que pasaba la vida entera en los salones de la nobleza y los círculos del poder. Por esto, cuando Marcel Proust lleva la primera entrega de su heptalogía, Por el camino de Swann, esta fue rechazada debido a su abuso de duquesas, según dictaminó la editorial.
Lo cual es cierto de manera indiscutible, y, por lo tanto, lo apasionante es porqué ya en la segunda década del siglo XX, en una Francia completamente republicana, Proust siguiera apasionado, obsesionado, mejor dicho, por aquella nobleza que después de la Gran Guerra, comenzaba una profunda decadencia. Proust decide escribir sobre aquella Francia, aquella Europa de la belle époque en la cual la “gente”, nobles y ricos, aún se podían dedicar a disfrutar de la vida. Para esa clase no existía ni remotamente la idea de trabajar. La vida eran los salones en donde se escuchaban las piezas recién compuestas, se recitaba poesía, se hablaba de literatura en medio de té, champán y banquetes. Diciendo esto, ¿quién en su sano juicio quiere leer a Proust? Pues yo lo hice de manera apasionada entre los dieciocho y los veinte años. Leí, devoré, bebí y me alimenté de esa escritura de frases de páginas y páginas, de rizo sobre el rizo y de apunte sobre el apunte. Las personas me veían leyendo ese libro y me miraban como si se tratara de un loco; como si a un Homo habilis se le pusiera enfrente caviar y champán o los poemas más sofisticados de Luis de Góngora. Pero la respuesta es fácil: Proust me encantó desde el principio porque yo compartía un hecho contundente con él: en mi familia no había ni alcurnia y mucho menos dinero, pero la razón más importante en la vida que me inculcaron, era vivir a través del arte como esencia única y última de la vida.
Por su parte, a Laure Murat (Neull-sur-Seine, 1967), Proust la ayudó a reconciliarse consigo misma, y en sus propias palabras le salvó la vida. Pues esta historiadora francesa escribe en su semblanza: “Alejada por decisión propia de sus orígenes aristocráticos, se define como una mujer sin hijos, soltera, homosexual, profesora de izquierdas, votante de izquierdas y feminista”; cuenta en las primeras páginas que al principio le habían pedido que escribiera una serie de artículos sobre Marcel Proust, mientras tanto, en algún momento de esos días, ve una escena de la serie Downton Abbey en donde un mayordomo pone la mesa midiendo la distancia entre los cubiertos con una regla. Ahí le viene la epifanía proustiana –la misma del crítico de la animación Ratatouille– y recuerda su infancia y todos aquellos lazos nobles que siempre la avergonzaron y que están ligados de manera radical a la obra y por supuesto al ser humano mismo que fue Proust, a quien su ascendencia conoció.
Proust, novela familiar, es un ensayo sobre la obra de Marcel Proust a la vez que biografía del autor que tiene la capacidad de ver nuevos puntos, nuevas lecturas de En busca del tiempo perdido, pues va descubriendo a nobles que estuvieron en esos salones, la relación con Proust y cómo aparecieron en su obra. Es burguesía cada vez más caduca que al principio se escandalizó al verse retratada en la novela y una vez que ésta se hizo un portento, se jactaban de estar allí; el ensayo, al mismo tiempo, indaga en su propia vida, la autora, con mano dura, demostrando que Proust es un salvavidas porque el tema central de la obra no es otro que la complejidad humana que se busca en los sentimientos: el amor, la amistad, la soledad, el deseo y todos aquellos que nos vengan a la mente. Por lo cual sus personajes no hacen otra cosa más que entregarse a ellos y a disfrutar del arte. Por eso algunos de los momentos más potentes de la novela son el descubrimiento mutuo, amoroso, pasional y por lo tanto destructivo de una sonata para piano que Proust describe de manera espectacular; y otro, la asistencia del protagonista al estudio de un pintor acompañado de unas chicas, luego de unas amigas entre las que se encuentra Albertine y cuya figura está definida en muchos sentidos por las obras del pintor.
Laure Murat, Proust, novela familiar, Barcelona, Anagrama, 2025. 282 páginas.