EL-SUR

Sábado 13 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Lección de teclado

Alan Valdez

Febrero 08, 2025

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

–¿Usted busca la angustia en la música?
–Exactamente. Lo que busco es una emoción imprevisible.
Pascal Quignard

Tienes clases de música. Los martes. Voy a recogerte a la salida. 2:30. Tú vas en la secundaria. Yo, cada dos semanas, presento exámenes de la prepa abierta. En la entrada de la escuela hay varios padres de familia. Lo sé por la manera en que se paran. Tú vas en primer año. Yo, en unos meses, me voy de la casa. El vendedor de chicharrones juega con su celular, mientras que el señor de los raspados corta limones con un cuchillo de mango negro. El reflejo de ese cuchillo a veces rebota en el parabrisas de un auto. Adentro de ese auto hay una señora con el aire acondicionado prendido. Gotea el automóvil por condensación, por el contraste entre los 37 grados de Acapulco contra los 24 grados adentro de su camioneta Honda.
Empiezan a salir esparcidos en direcciones aleatorias estudiantes, que primero caras distraídas, después sonriendo, inmediatos, al haber reconocido al familiar que los espera. Abuelas, madres, padres, hermanos, tías, adultos parándose en doble fila para recoger a sus adolescentes uniformados.
Tú no sales. Ya pasó hasta el último alumno que tiene la fama no solo de llegar tarde, sino también de irse demasiado tarde. Pero al final ahí vienes. Pantaloncitos cortos. El cabello aún peinado a prisa que resistió, como pudo, la plasta matutina del gel y el amor de madre. Los zapatos negros cada vez más raspados, pero la sonrisa, la sonrisa de hijo de en medio, esa sí que no, que nunca nadie te la quite.
Eres flaco, ese es el chiste de la familia. Que súbete los pantalones. Que ya acábate todo el plato. Que mira a tus hermanos, ellos ya acabaron de comer ¿y tú, a qué hora? Que Carlitos, por favor, mijo, te lo ruego. Cruzas la puerta de la secundaria. El portero me mira con legítimas sospechas. Yo no parezco un adulto. Ni mucho menos alguien responsable. Pero mi hermano sonríe al verme y yo hago lo mismo. En medio de ese pequeño intercambio queda corroborada nuestra cercanía. Alzamos la mano derecha, adiós, y el portero, 3 y media de la tarde, hace lo mismo. ¿Por qué saliste tan tarde, wey? Me castigaron por no llevar la tarea. ¿Y por qué no llevaste la tarea, pinche Carlos?
Le pregunto si necesita ayuda. Es obvio que la necesita. El teclado Casio de cinco octavas, al lado de él, parece más bien una tabla de surf. El mar está a unas cuadras de la escuela, pero nosotros hace meses que no andamos descalzos por su orilla. Repartido el equipaje, miramos al vendedor de raspados una última vez. Cada uno hace cuentas en voz baja. Y ante la frágil economía global, concluimos mejor seguir caminando por la pura sombrita.
Por la banqueta me explicas haber anotado las instrucciones de la tarea en una hoja que no sabes dónde dejaste. Te aconsejo que no le digas nada a la jefa y te digo que esta vez nos toca irnos en el Base-Caleta. Cruzamos avenida Universidad. Están construyendo un supermercado. Te pregunto si recuerdas qué había en ese terreno. Bromeamos de que van a acabar primero de construir ese Aurrera que la Iglesia de la avenida.
Los autos no nos dan tan fácil el cruce. Al final, una madre con sus dos niños logra conmover el flujo de autos y podemos llegar al otro lado. En una mano la madre carga una veladora. Le presto atención a la estructura de la catedral Cristo Rey. Me dan ganas de contarte que ahí hice mi primera comunión, pero en vez de decirte eso, te pregunto qué cosas hiciste hoy en la escuela.
Sentados en las escaleras de Plaza Bahía, el tráfico y las 4 de la tarde. Escucho tu relato sobre la escala de RE, mueves las manos en el aire y me indicas en qué parte de las octavas van los dedos. El camión no pasa. Guardamos el teclado en su funda. Comenzamos a caminar. La estatua de la Diana proyecta su sombra sobre un asfalto masticado. El mar se confunde con el sonido del tráfico. Personas, ropa turística, brillan con exceso de bloqueador solar atravesando los paso cebra de las calles.
Nos subimos por fin a un camión en una parada en frente de La Condesa. Tenemos suerte, va hasta la terminal de Praderas, de ahí ya solo 10 minutos caminando hasta la casa. Te comparto uno de mis audífonos. La música del chofer se mezcla con la que vamos oyendo, pero aún así ambos imitamos en nuestras piernas el ritmo de la batería. Las palmeras, verdes, arqueadas, también proyectan su sombra como pequeñas orejas. ¿Qué es lo que escuchan?
*
Eso hacemos. Oír, oír música, descargar álbumes enteros, piratas, como debe de ser. Escucharlos una y otra vez y bailar en la sala, bailar. En la casa nuestra rutina era despojarnos de la vida pública, soltabas tú y nuestro otro hermano el uniforme sobre los sillones y poníamos el estéreo de la casa lo más alto posible. Tan alto como la emoción de unos niños lo permite. Ustedes, 12 y 10 años, yo 16. Pequeña fiesta para intrépidos comensales. Nos queremos, pero no lo decimos. Nuestra madre trabaja todo el día y nuestro padre, siempre nuestro padre, y la abuela haciendo de comer e Isidra, Isidra nuestra prima y su paciencia, siendo también siempre siempre nuestra niñera, ahí y no en otro lado.
Todo ese semestre fue así. El año iba hacia su verano. Gente iba, ocupaba sillas en color blanco y hamacas alrededor de la bahía. El mar desde la casa. Alguna canción de pop británico sonaba al mismo tiempo que arremángala arrempújala emulsionaba su fraseo en chile frito desde cualquier otra ventana. A Los Karkis yo les tengo respeto.
Usaba unos audífonos que me cubrían toda la oreja. No leía, gastaba todas las tardes con una amiga. La escuchaba hablar de películas que, aún hoy, no he visto. Nos agarrábamos las manos, contábamos bromas de amarse y tener 16. También nos besábamos afuera del cine. Los martes afuera del cine nos besábamos. Luego, íbamos en su auto a recogerte a ti, a tu piano, tomábamos agua de coco en vasos de unicel de un litro. Le ponían el corazón de la fruta a nuestra agua. Sorbíamos el bote blanco hasta que nada más sonaban los hielos. Era el 2008, creo, tú y Yohel, el otro hermano, iban a la escuela, yo ya no. Escuchábamos música todo el día y no nos decíamos te quiero.
*
Los fines de semana tocamos juntos. Tú el teclado y yo la batería. Cambiamos de lugar si la canción lo permite. Tú tienes destreza, yo, en cambio, estoy emocionado. Jugamos a perseguirnos con el sonido de cada instrumento, de todas formas, el piano tiene origen en la idea y su percusión. Acordamos cadencias. Sostenemos notas. Afuera algún año del 2000. Aún no se va el internet. Aún hay que esperar a que cargue la imagen. Sabemos quiénes somos. No lo decimos.
*
Nuestra madre llega. Avienta sus llaves a la mesita. Es un llavero pesado. Nos pide bajar los codos de la mesa. La tarde ahora se refleja en la bahía. Niños, las servilletas hechas bola, escuchamos cómo llegan voces desde el otro lado del cerro y en la bahía un barco va, abriendo una espuma lenta con dirección ajena para nosotros. Levantamos los platos. El naranja de la tarde insiste y mi madre insiste en que mis hermanos terminen sus tareas.
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Ahora es otro año. Vivimos juntos. Estamos en los 20’s. Te presento a mis amigos. Haces bromas con ellos y ellos, ahí sentados, siendo la perfecta imagen de lo que nunca puede cansarse, solo ríen, cerveza en mano, hasta que la tarde, la noche y el día solo son un pretexto para no pensar en nada. Vivimos solos. Ensayamos cuando queremos. Guardamos silencio cuando queremos. No sabemos qué música, qué pausas son las que buscamos, pero definitivamente deseamos algo. Oímos música, de nuevo, por las tardes. Se ocupa la casa con el sonido de canciones, que, hasta hoy, seguimos escuchando.
Me conoces, por primera vez, entregado a una idea del amor. No la cuestionas. No sé si porque no la entiendes, porque nunca, o porque simplemente soy el hermano mayor y entonces no dices, pero estás ahí, me abrazas, seguimos y nos vamos.
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Ahora, años después, después de que hace tanto no te he visto llorar, niño, dime, Carlitos, ahora que estás en Francia, cómo maldices, cómo avisas que la tarde llegó más temprano que antes, dime pues, cuando te acuerdas de tus mañanas antes de la universidad, qué canción oyes, dime, a quién olvidas primero cuando quieres olvidar todo, dime así, cuando piensas en nuestra casa en cuál casa y dime, por último, hermano, qué se siente estar en otro lado del mundo.
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Pienso en ti hoy esta noche, es el 2025 y es tu cumpleaños. Podría decir muchas cosas sobre ti, pero quisiera más bien que tú me respondieras, por ejemplo, aquella vez que llegaste, que mi madre te cargaba en silencio y silencio la casa y yo, ¿sabías mi nombre? O, por ejemplo, aquella otra vez cuando aprendiste a caminar, ¿cómo sabías hacia dónde ir? O mejor aún, ese día cuando te dieron a probar guanábano del árbol recién y tu cara y los gestos de mi madre que apenas había cortado la fruta y las fotos. O, sabes, aquella otra vez cuando mi abuela iba a hacer tamales y tú y yo y Yohel corríamos por la azotea con cohetes en las manos, y si brincábamos, brincaba y el fuego y mi madre riendo, pero gritando. O sabes qué, ese día más bien cuando apenas te compraron el teclado. ¿Sabías Carlos, que tu vida estaría dedicada a la música?
De ti Carlos, he aprendido la música. Estudias física en un país extranjero. Ahora me cuentas de objetos extraños que se mueven en un mar invisible. Siluetas en un océano que se aprende cada vez que su propia matemática lo permite. Y dices, pero yo ya no hago música. Pero Carlos, entonces, dime ¿qué es la música? O apelando a tu muy reciente geografía, pienso en Pascal, el filósofo francés del siglo XVII, Nuestra Naturaleza está en el movimiento, el reposo completo es la muerte. ¿Has descansado de pensar el mundo ordenado alguna vez, Carlos?
Tú y yo, Carlos, no sabemos qué es la música. Nunca lo vamos a saber. Donde quiera que estés, feliz cumpleaños.