EL-SUR

Sábado 20 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Lejos de la narrativa comercial

Federico Vite

Agosto 15, 2017

Algunos libros, los que se salen de la cajita del marketing editorial, tienen un halo de invisibilidad, pues a pesar de que se habla de ellos, a pesar de que se les comenta y se les cita, casi nadie tiene la opción de comprarlos. Afortunadamente algunas cosas cambian para bien de ciertos libros y de ciertos autores. Por ejemplo, El camino de Santiago, de Patricia Laurent Kullick, volumen que sale de la lógica de mercado. En 1999, esta novela breve recibió el Premio Nuevo León de Literatura. Fue publicado por el fondo editorial del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León en el año 2000. Laurent Kullick y los escritores cercanos a ella (Eduardo Antonio Parra y Ricardo Martínez, entre otros tantos) vieron muchas cualidades en esta novela y pensaron que podría tener fortuna fuera del ámbito local. Después de múltiples rechazos editoriales en los que los responsables de los dictámenes se encargaban no sólo de desbaratar la novela sino de minimizar la búsqueda estética de la autora, la editorial Era publicó el libro en 2003. Como ya lo sabemos, en México reciben mucha atención los autores cercanos a grupos que detentan cierto poder, ya sea mediático, ya sea aristocrático; aparte de ellos, sólo “se reconoce” a los autores que tienen excelentes relaciones públicas. En suma, se pone atención a la persona, no al trabajo de esa persona. El culto al ego y a la superficialidad. Pero volviendo a Laurent, en 2004, gracias al interés de Ricardo Martínez, Geoff Hargreaves tradujo la novela al inglés. En ese mismo año fue publicada por la editorial inglesa Peter Owen. Hargreaves comentó que varias editoriales europeas se interesaron por esta novela breve que analiza con especial énfasis, y violencia, el siempre importante asunto de la identidad. Ya que le había ido bien a la novela en Europa, la editorial Tusquets reeditó El camino de Santiago en 2015. Dicho de otra manera, ya que muchas personas habían avalado el trabajo de Laurent, la editorial Tusquets se animó a publicar en México esta joyita. Afortunadamente le llegó su fiesta patronal a este libro que por muchos aspectos rebasa las propuestas comerciales de la narrativa nacional, tanto en tema como en forma.
El camino de Santiago, de 112 páginas, ofrece una mirada intimista a la vida de una jovencita que narra su historia desde la perspectiva de Santiago, o desde la memorable Mina. Dos regentes que moldean la etapa adulta de una mujer anónima, quien intentó suicidarse a los 14 años. La voz narrativa manifiesta una profunda cercanía con lo mórbido, fascinante y turbulento, pero guarda una suspicaz distancia con lo doméstico, lo habitual: vivir en pareja, comprar objetos, ir a un bar, a un restaurante. La protagonista se considera una persona inútil, habitada por dos seres opuestos, uno femenino y otro masculino, quienes motivan los actos emblemáticos de la infancia, la adolescencia y la etapa adulta.
Mina desaparece a raíz del intento de suicidio; Santiago brota en la convalecencia del intento de suicidio. Santiago, para gobernar los pensamientos y actos de la protagonista, utiliza un recurso muy interesante: imágenes, fotografías, filminas y películas que presentan episodios de la vida de la narradora. Con esa premisa, la de reconocerse bajo la mirada del otro, El camino de Santiago hilvana una serie de hechos que refresca las heridas sicológicas, hurga en el daño y en la preocupación vital. Estamos pues ante un thriller sicológico de buena manufactura que representa los diversos senderos de la memoria, las rutas topográficas de la protagonista. Santiago y Mina amoldan un espíritu, el de esa mujer que morbosamente omite su nombre, juega a ser una médium y se agranda en el anonimato. Santiago y Mina son concebidos de manera independiente. Muestran los distintos papeles que ella, la anónima, ha protagonizado en el teatro del mundo.
El camino de Santiago da cuenta de abusos consuetudinarios. Recrea las diversas tragedias, domésticas y profesionales, de una mujer que dibuja su fugaz paso por la vida y analiza, una y otra vez, las relaciones que ella mantuvo con el otro, consigo misma y con el mundo. Un reto para cualquier narrador que intenta ofrecer un buen testimonio estético de su tiempo en apenas 112 páginas.
Guiada por Mina, la protagonista conoció “las delicias del tacto” a manos de un indigente. Esa misma experiencia es recreada de distinta manera por el otro regente. En las filminas que muestra Santiago la protagonista descubre a una niña, sin edad para cruzar una calle, que fue toqueteada por un paletero; además del manoseó la obligó a que le acariciara el pene. La recreación de ese hecho deprime a la protagonista, le aterra tanto la revelación que se niega a salir de casa, pero debe hacerlo. Bajo esa opresión, la de Santiago, la protagonista lleva una vida “siempre flotante, sin poder hacer tierra y convertirme en mí misma, repaso los gestos de los otros cuerpos. Cómo comen, cómo ríen, cómo andan con libros hacia la escuela. Imito a mis compañeras y piso sobre las huellas de los vecinos rumbo a la tienda de la esquina”. Destaco la forma en la que Laurent sondea la construcción de la identidad. No sólo habla de quién está siendo esa protagonista sino que expone cómo ha sido esa mujer anónima y por qué. Leemos instantáneas del cambio; la maduración del yo, digamos. En la trama brotan los conflictos paternos, los pleitos de pareja, los asuntos laborales y los enormes temores infantiles. Al final del texto el lector comprenderá que la identidad es un proceso que nunca se acaba. Justamente como la cosecha de mujeres. Que tengan un sabroso martes.