Adán Ramírez Serret
Marzo 01, 2025
Hace 16 años, allá por el lejano 2009, Leonardo Padura (La Habana, 1955) hizo la entrega de una de las novelas que se han vuelto cada vez más icónicas durante estos primeros 25 años del sigo XXI, y que, además, no solamente marcan un hito particular de una excelente obra, sino que, también, El hombre que amaba a los perros, sigue latiendo, sangrando y sanando en muchas personas que vivieron el siglo XX, aquellos años de grandes sueños; y por supuesto, la novela resuena en todas aquellas personas que se han preguntado si acaso en este nuestro siglo, en nuestra región, Latinoamérica, pudo haber sido un lugar diametralmente opuesto.
Leonardo Padura es una rara avis en muchísimos sentidos, pues es un autor independiente que escribe desde la Habana, PERO, (este va con mayúsculas), publica en las grandes editoriales transnacionales con independencia. Es libre en más de un sentido, pues no es ni un disidente ni un colaborador; tampoco un escritor libre y clandestino ni vendido a las grandes editoriales dándoles la versión cubana o latinoamericana que se vende bien en Europa y en Estados Unidos. Padura ha resistido escribiendo desde la insularidad obligada de Cuba hasta la globalización de los grandes géneros como la novela negra o la persecución intercontinental que vivió Liev Trotski y su asesinato en la Ciudad de México a la que Leonardo Padura vuelve 16 años después, haciendo novelas libres, criminales y apasionantes.
Leonardo Padura es un autor muy leído en México a la vez que es muy cercano al círculo cultural de nuestro país. Nos visita por dos razones felices: la reedición de El hombre que no amaba a los perros con Prólogo del autor y Epílogo de Rafael Acosta y la publicación de una serie de crónicas Ir a la Habana en las cuales vuelve a textos publicados anteriormente en donde el personaje principal no es otro que la capital de Cuba, fenómeno que sucede en toda su obra, ya sea que hable de Mario Conde, de judíos en Cuba o de rusos exiliados, La Habana siempre aparece con su decadencia, belleza y originalidad.
En esta visita a México del 2025, el escritor Juan Villoro acompañó a Padura en la charla que dio el cubano en La Casa Estudio Cien Años de Soledad, a la que asistieron escritores y escritoras en ciernes y de manera virtual llegó hasta Japón en donde el traductor de Padura a esa lengua se presentócomo un espectador.
Villoro hizo una brillante introducción, además de presentar la charla que daría Padura, “¿Cómo escribir una novela?”; el autor de El testigo desplegó el virtuosismo de la carrera de Padura, quien ha escrito periodismo, ensayo literario, novela histórica y policiaca; y Padura”, dijo Villoro, “convierte a sus lectores en una cofradía intelectual”. En efecto, desde allí, la casa en la Ciudad de México en donde a fines de los años sesenta Gabriel García Márquez escribió su más deslumbrante novela, tiene algo de secta, algo de círculo obsesivo que busca estar cerca de aquellas personas que logran esos milagros literarios como El hombre que amaba a los perros y Cien años de soledad.
Leonardo Padura también estuvo en la UNAM. La cita fue el miércoles 26 de febrero a las 18 horas en la sala Miguel Covarrubias que estaba completamente abarrotada.
En esta presentación su anfitriona fue con la directora de Difusión Cultural de la casa de estudios, Rosa Beltrán, quien le dio la bienvenida diciendo, “Leonardo, otra vez, luego del Doctorado Honoris Causa en 2017”. Aquí se trató de una entrevista a diferencia de la charla en la Casa Estudio Cien años de Soledad, en donde hizo sugerencias, relató experiencias y se extendió en comentarios; con Beltrán, Padura habló más de su experiencia formativa, él, amante del beisbol antes que de los libros, dijo: “Empecé a escribir por el espíritu competitivo al ver que todos mis compañeros de la carrera de letras escribían”. Padura habló de su infancia en Mantilla, ese barrio habanero en el que creció en donde “los mangos robados eran los más sabrosos”. Que leyó a Orwell, Rebelión en la granja, en una noche pues el libro era prestado y tenía que devolverlo y que el ejemplar estaba forrado con el Granma, el periódico oficial de Cuba.
El momento cumbre de la charla fue cuando habló de la génesis de su célebre novela: “He regresado al lugar del crimen”, dijo. Contó cómo y sin saberlo, la novela comenzó en su primera visita a México, cuando vio que, “había una cola enorme, inmensa en la Casa Azul y no había nadie en la casa de Trotski”. Comenzó un momento brutal cuando descubrió que buena parte de la historia le había sido censurada y que, por supuesto, no tenía la menor idea.
El público en la sala Miguel Covarrubias parecía escuchar con los ojos, Padura hablaba y las miradas absorbían el sonido. Pero hubo un clímax, un momento en que el silencio se quebró, en el cual las experiencias de crecer en un país socialista dieron paso a un descubrimiento que expresó Padura que trasciende ideologías: “Yo creo que sin libertad es difícil hacer arte verdadero”, el público estalló y fue posible ver que la gran novela de Padura ejerce la libertad: dice la verdad, aunque esta por momentos en la historia, sea un crimen.