EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Lepra en Acapulco (II)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Abril 16, 2020

Con profundo dolor damos hoy el último adiós a dos amigos entrañables, Roberto Abarca Rebolledo y Said Guraieb, ambos ciudadanos ejemplares. Para Medarda y Gloria nuestro cariño solidario, lo mismo que para los suyos.

Dr. Rafael Lucio

Cuando esté aún lejana la cura de la lepra y se mantenga el aislamiento como su mejor profilaxis –1856–, científicos mexicanos sorprenden al mundo con un estudio sobre la endemia. Los doctores Rafael Lucio Nájera e Ignacio Alvarado Álvarez presentan ante la Academia Nacional de Medicina el Opúsculo sobre el mal de San Lázaro o elefantiasis de los griegos. Elaborado con base en las experiencias de una leprosería de Xochimilco, DF, el documento describe por primera vez una variedad de la enfermedad conocida después como lepra lepromatosa difusa tipo Lucio. La más importante aportación mexicana, sin duda, a la leprología universal.
(Veracruzano, Lucio Nájera fue médico personal del presidente Benito Juárez, en tanto que Alvarado Álvarez, capitalino, se significó por un trabajo de campo sobre la fiebre amarilla en el estado de Veracruz).
En Acapulco, por su parte, el doctor Antonio Butrón Ríos, estudioso de los trabajos de Lucio y Alvarado, invertirá recursos propios cercanos a los cuatro mil pesos para construir una nueva leprosería en La Roqueta. Una casa de adobe en la cumbre de la montaña rodeada por amplios y frescos corredores. Los enfermos ocupaban catres de lona cubiertos con pabellones o mosquiteros en tanto que cocina y comedor se ubicaban en una enramada anexa. No faltaba el agua, pues se abrió una noria bajo una arboleda de mangos y ciruelas.
Don Antonio Pintos Sierra, alcalde de Acapulco en 1887 y en cuatro ocasiones más por designación directa del presidente Díaz, hará la inauguración oficial de las instalaciones sanitarias. Lo hará sin séquito oficial, por la negativa de ediles y funcionarios de acompañarlo por temor al contagio. Instalaciones abiertas para hombres y mujeres de toda la región e incluso viajeros de Oriente.
Butrón, mitad gallego y mitad cubano –¡“y acapulqueño entero, coño!”– se ganará por sus acciones filantrópicas y consulta médica gratuita el respeto y cariño de los porteños. Estos, llegado el momento, no dudarán en proponerlo ante los poderes supremos como presidente municipal, una posición que ocupará hasta en tres ocasiones diferentes. Durante la primera, en 1890, el galeno construye un nosocomio en el cerro de Las Iguanas el que, por cierto, dará nombre al barrio del Hospital. El inmueble quedará deteriorado por el temblor de 1909, habilitándosele como cuartel militar. Mucho más tarde se construirá en ese mismo lugar el Hospital Civil de Acapulco. Hoy es parque público.

El doctor Butrón Ríos

El cronista Carlos Adame Ríos, sin ningún parentesco con el filántropo, lo recuerda siempre vestido de blanco –traje formal de fino dril– y portando en la mano derecha un abanico de palma. Recorría la ciudad desde muy temprano en el cumplimiento de sus visitas domiciliarias. Conducía él mismo un carricoche jalado por un nervioso caballo trotador, acostumbrando a tomar sus alimentos en el Hotel del Pacífico, de doña Chuy Ríos (Hidalgo y José María Iglesias).
Don Antonio desposará aquí a doña María Leonel, heredera con sus hijos Pedro y Mariano de la famosa Botica Acapulco. Se localizaba en la propia residencia de la familia, en la calle La Quebrada, una de las más bonitas y elegantes del puerto, No resistirá, por cierto, como muchas otras, el terremoto del 14 de abril de 1907. Reconstruida, la ocuparán mucho más tarde las oficinas de Correos y Telégrafos y la Escuela Secundaria 22
La Botica Acapulco, fundada por el estadunidense Mr. Link a finales del siglo XIX, se localizó en los últimos años del siglo XX en la calle en Jesús Carranza. Fue famosa por su hermosa colección de hermosos tarros de fina cerámica, anotados los nombres de sus contenidos medicinales.

El fin del mundo

Butrón Ríos será el último presidente municipal de Acapulco del siglo XIX. Le preocupará entonces la angustiosa zozobra de los porteños frente a la conseja popular de que “ahora sí se perderá el mundo”. Se aseguraba que, como estar Dios, el estallido de la Tierra ocurrirá durante la transición de una centuria a otra.
“A fin de levantar el ánimo de la población, los alcaldes Antonio Butrón y Antonio Pintos, saliente y entrante, respectivamente, organizaron una fiesta rumbosa que empezó con un lujoso desfile encabezado por los jóvenes españoles Juan Rodríguez y Marcelino Miaja. Vestidos a la vieja usanza, en soberbios corceles, uno y otro, representaban los siglos XIX y XX.
Atrás de los heraldos marchaban los alcaldes Butrón y Pintos junto con los jefes militares de la ciudad, cerrando enseguida contingentes estudiantiles uniformados como marineros. Por la noche, un gran festejo popular. Jóvenes y viejos bailaban apretando disimuladamente escapularios y amuletos, por aquello de las canijas dudas. El suspiro de alivio de los porteños se escuchará en Conchinchina cuando suenen las doce campanadas y el planeta no haya volado en pedazos. Las tocará el carillón del reloj recién instalado en el Palacio Municipal, donado por una familia italiana”. (En el viejo Acapulco, Lupita Joseph Zetina).
Los habitantes de los barrios porteños apoyarán durante la Nochevieja de 1899 la supervivencia del planeta. Miles de hombres, mujeres y niños harán sonar desesperadamente tambores, campanas, rieles, botes, latas, bacinicas, cacerolas y toda clase de cachapes hasta convertir la ciudad en un infernal manicomio. (Acciones similares se daban y darán durante los eclipses lunares). Luego, la calma y una rectificación no oficial: “el mundo se perderá hasta el año 2000”.
Durante esa última administración de Butrón se produjo el incendio del Casino de Acapulco. Ocupaba los altos de la Casa Hudson-Billings y Cía (hoy Ignacio de la Llave) y era el sitio de reunión de los hombres del poder. Constituía para ellos un remanso de paz por un sencilla razón: no se admitían señoras. La palabra casino, por cierto, no tenía entonces el significado pecaminoso de hoy día. En aquel gran salón se jugaban carambola, ajedrez, dominó y sólo algunos atrevidos albures y conquián. Uno similar se fundará en 1947 en el edifico Pintos de la Plaza Álvarez.

El fin de la leprosería

Francisco Eustaquio Tabares y Lorenzo Liquidano Tabares , autores de Memoria de Acapulco, narran en sus páginas una visita a la Isla Maldita:
A los enfermos se les caían pedazos de carne de las mejillas, la punta de la nariz y las falanges de los dedos de pies y manos. Les aparecían llagas pestilentes y horribles en todo el cuerpo. Era la peor de todas las enfermedades y por ello la población le tenía pavor a ese lugar.
Luego, un salto enorme nos llevará hasta el mes de mayo de 1911. Revolucionarios procedentes de ambas costas asedian a Acapulco, defendido por unos doscientos soldados federales. Las escaramuzas se suceden todos los días y en distintos rumbos del puerto, incluida la plaza principal. La población, aterrorizada, se atranca en sus hogares, sube a los cerros o de plano abandona la ciudad. Entre estos últimos figurarán los encargados de abastecer de comida y medicinas a los segregados de la Isla Maldita.
Sucederá entonces lo imaginable. Desesperados y hambrientos, los leprosos confinados se las ingenian para atravesar el canal de Boca Chica. Unos se refugian en las cuevas cercanas y otros se adentran en la espesura selvática de la Costa Grande. El hecho marcará el fin de la leprosería de La Roqueta, ocurriendo más tarde lo mismo con todas las instalaciones similares del país, acusadas de inútiles, costosas y estígmatizantes, Se dará paso a los Centros Dermatológicos de la SS.

1942-1948

La mitología en tomo a la lepra ha mantenido su peso dramático a través de los siglos. Así sucederá aun frente a las evidencias científicas sobre recursos médicos para combatirla con éxito, la aparición de las sulfonas en 1942 y la creación en 1948 de la dapsona. Hoy se sabe que la lepra es curable ciento por ciento y que su contagio no se da en la convivencia social o laboral. No obstante, su solo nombre sigue comprimiendo el alma y poniendo la piel chinita.
La lepra es producida por el bacilo Mycobacterium leprae, que afecta principalmente los nervios periféricos de piel, las mucosas, los ojos, los huesos y los testículos. Sus complicaciones más severas son la desfiguración, la deformidad y la discapacidad. Se puede curar con un tratamiento multimedicamentoso.
Todo empieza con una manchita más clara que la piel en el rostro o en los brazos cuyo diámetro se amplía progresivamente hasta alcanzar el tamaño de un centenario. Las cejas desaparecen y se cae el vello del cuerpo. Las manos se engarrotan adoptando la forma de una garra de águila y la insensibilidad se generaliza. No era valiente y mucho menos temerario el sujeto que en las cantinas apostaba y ganaba a que podía empuñar una brasa ardiente hasta apagarla. Era leproso.
Hace pocos años un hombre embozado imploraba caridad en las calles de Acapulco. Tras un paliacate rojo escondía el cartílago nasal mutilado –“nariz comida’’, decía la gente– secuela impresionante de la enfermedad de Hansen. Envolvía las manos con rústicos vendajes y sólo obtendrá algunas monedas de quienes no conocían el mal. El resto cambiaba de acera al verlo venir. Un día desaparecerá del paisaje urbano y nadie dará razón de él.

El “acidente”

Graciana Angelito, famosa curandera de la Costa Chica, nunca se atrevió a tratar a un enfermo de lepra. Ella sentenciaba: sería faltarle al respeto a Dios Nuestro Señor, pues él mandó la enfermedad para castigar a los pecadores y él es el único capaz de curarla. Ahí está Lázaro, si no. Luego de un respiro profundo, narraba:
–Hubo una vez en mi pueblo una lazarina; joven y no fea ella. Fue la gente la que le descubrió la enfermedad cuando regresa de los lostadosunido (Estados Unidos). Aunque todos en el pueblo sabíamos que tenía lepra nadie nombraba la enfermedad por su nombre. Alguien mentó la palabra acidente (como cuando un carro choca o se volca–, y de ahí toda la gente llamó “acidente” al mal. Dicen que cuando ya estaba muy mala olía a perro muerto. Yo, para más que la verdad, nunca me le acerqué. Su mamá era mi conocida pero no mi amiga, así que todo de lejitos.
“De que era un castigo de Dios, que ni qué. Y no vaya usted a creer que le llegó por matar a alguien o por andar de cuperquina. Le llegó por desobedecer a su madre, igualito que a la ‘mujer araña’ de las ferias. ¡Como estar Dios en el cielo! No estoy muy segura si se llamaba Eufrosina o Rodolfina, porque le decían Fina. Amanda, la mamá, vendía puros y hojas de tabaco en el mercado.
“La muchachilla andaba noviando con un fumigador del paludismo. Empezando por el apodo –Juan Charrasqueado, por borracho, jugador y enamorado– aquel endevido no podía ser gente de bien. Manche, como le decíamos a Amanda, se cansó de decirle que el hombre no le convenía y que fracasaría si se iba con él. Pero ella, con semejante fogón ardiendo entre las piernas, más se emperraba con el hombre. Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Una mañana el pueblo se despertó con la novedad de que la hija de Manche se había jullido con el del paludismo.
“Amanda juraba que aquel hombre nomás quería a la muchachilla para perjudicarla y después botarla. ¡Y como fue! Antes del año ya estaba de vuelta, toda desmejorada y manchada de la cara. Yo la vi de lejitos, como digo, y fue por eso que no me llegó el jedor. El acidente lo trajo de lostadosunido, donde el maldecido aquél la puso a trabajar como güinza en los cabareses para braceros. Y hasta eso, como digo, no era una mujer de mal ver. Tirándole a morena clara, tenía facciones finitas, los ojos grandes como tizón y un cuerpo bien macizo. Pero lo que más llamaba la atención de ella era una “infundia” (caderas) como de yegua dosañera, con las que traía pendejos a todos los hombres del pueblo. Al final dijeron que Manche se la llevó al monte cuando empezó a descarnarse. Ya no se volvió a saber de ninguna de las dos. ¡Y todo por desobedecer a una madre!